Las líneas de su mano. Parte II

EL FUEGO

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada
luego en silencio y humo que se pierde
miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida
Y te preguntas si habrá dado calor
si conoció alguna de las formas del fuego
si llegó a arder e iluminar con su llama
De otra manera todo habrá sido en vano
Humo y ceniza no serán perdonados
pues no pudieron contra la oscuridad
—tal leña que arde en una estancia desierta
o en una cueva que sólo habitan los muertos.

José Emilio Pacheco (México D.F., 1939)

MADRE

Dentro de nada,
cuando me den permiso
las estúpidas fieras de mi tiempo,
cumpliré una palabra que nunca me pediste.
Te llevaré a París.
Porque tal vez, entonces,
en los Campos Elíseos
o en las aguas del Sena,
con Notre Dame al fondo o con la Torre Eiffel,
veré de nuevo el brillo
más joven de tus ojos,
la luz adolescente
que baja del tranvía
con bolsas y comercios y saludos
y poco más de veinte años.
Hoy te recuerdo así,
como los días sin colegio,
bandera hermosa de un país difícil,
lluvia delgada de los sábados.
Nunca guardaste mucho para ti.
Ni siquiera una noche,
una ciudad o un viaje.
Tu tiempo se sentaba en nuestra mesa
y había que partirlo como el pan,
entre tus hijos y tu miedo.
Seis veces el temor
a que la enfermedad, el vicio o la desgracia
se quisieran sentar en nuestra mesa.
No vayas a salir, a dónde vas ahora,
hay que tener cuidado
con los amores y las carreteras,
deja ya la política
o la gruta del lobo.
Y sin embargo
lo que no te atrevías a pedir
duerme en el corazón de cada uno.
Porque el amor se hereda
como un abrigo sin botones,
y a mí me gustaría acompañarte
por los pasillos del museo,
más obediente y repeinado,
para encontrar en la Gioconda
el sueño y la sonrisa
de un carné de familia numerosa.
Te llevaré a París
o a la ciudad que duerme
en la taza de té de tus meriendas,
con tu cristalería
de familia burguesa
y más aspiraciones que dinero,
con tus dientes manchados de carmín,
con tus estudios de Filosofía
y Letras, je m`apelle
Elisa, j`ai cherché
la lune, la mer, la vie,
la pluie, mon coeur,
y todo se interrumpe.
Sólo somos injustos de verdad
cuando sabemos que el amor
no pasará factura.
Pero el cauce sin agua
también puede llegar a desbordarse,
como los ríos de Granada,
y a tu lado me busca
esta vieja nostalgia de ser bueno,
de no ser yo,
de conocer al hijo que mereces.
Te llevaré a París. En mi recuerdo
has aprendido algo
de lo que te olvidaste en la vida:
pedir por ti, andar por tus ciudades.

Luis García Montero (Granada, España, 1958)

TERCER MILENIO

Estos son los años
más tristes de la historia.

Nos ha tocado oír el rumor
de la maleza ahogando los maizales,
hemos visto los espacios reducirse
hasta abolir la distancia,
han hecho con nuestros huesos
una tuerca que aprieta el horizonte
donde nadie asoma la cabeza.

Tiempos opacos éstos
cuando lo único cierto es la mayoría
marchando eufórica sobre el cadáver
de la excelencia.

Rafael Arráiz Lucca (Caracas, 1959)

EL EQUILIBRISTA DE BAYARD STREET

Para Roxana y Jorge, que las han visto.

Camina de puntas el equilibrista de Bayard Street,
evita el abismo la mirada y arranca de cuajo toda pretensión,
¿de qué sirven el heroísmo, la grandeza, el entusiasmo?
Poca cosa es la vida para el equilibrista de Bayard Street,
poca la indulgencia de llegar al otro lado y repetir cien veces
la misma operación.

Una mujer lo observa sin asombro,
tras la ventana acaricia el cabello de sus hijos
y turba con su canto los oídos del equilibrista de Bayard Street
Los vecinos lo ignoran, beben latas de cerveza, conversan
hasta altas horas de la noche,
¿quién repararía en tan inútil prodigio?
Sólo los niños señalan con el dedo al equilibrista de Bayard Strccf
ellos lo admiran, contienen la respiración y aplauden hasta
espantar a los gatos.
Una iglesia presbiteriana es el orgullo de Bayard Street;
fue construida a principios de siglo y tiene torre y campanario.
Fija la mirada avanza hacia la iglesia el equilibrista de
Bayard Street.
Su esposa ha preparado una pierna de pollo, ensalada de
tomates y un plato de lentejas,
con suerte harán el amor esta noche y tendrán un instante de
feroz alegría.
Es muy joven la esposa del equilibrista de Bayard Street;
es ella la encargada de tensar la cuerda, la que mide la
distancia entre la ventana y la torre, la que tiene
rostro de heroína de novela de amor.
A nada le teme el equilibrista de Bayard Street,
pero hace varias noches que no duerme;
dicen que soñó que sus zapatillas colgaban de la cuerda
mientras los niños esperaban que se despanzurrara de una
vez el equilibrista de Bayard Street.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960)

GRANADA

A Lucía y a Paula

El norte nos impuso afanes
que el tiempo ha desmentido,
demostrando que no es la línea recta
el camino más corto
entre la nada y la felicidad.

Como el avión que en círculos
se acerca a un aeropuerto
donde no puede aterrizar;

como el barco que espera
atracar en la orilla;
de ciudad en ciudad
buscándole acomodo a un equipaje
que todos ven pasar, pero nadie reclama.

Hasta llegar aquí,
me he sentido extranjero en demasiados sitios.

Javier Bozalongo (Tarragona, España, 1961)

De MURO CON INSCRIPCIONES

Desear
que siga existiendo el mundo para que siga existiendo
toda la belleza del mundo
es una ingenuidad

a la que no renunciamos.

***

Un árbol equilibra la montaña;
las huellas errabundas
de un lince, la playa más secreta.
El ser humano equilibra
también algo, pero no lo sabe.

***

Cuando la realidad es hiperrealista
la poesía no puede ser redundante.

***

Esto es lo real: las viñas, el ciclista,
la caja de tomates, el gato negro y pardo
al que no dejan entrar a la casa. Y el esfuerzo
de éste, de aquella, de ese otro
por vivir una vida sin servidumbre, has donde
se pueda limpia, libre de autoengaño
y que no dé la espalda al misterio de las cosas.

Jorge Riechmann (Madrid, 1962)

DE LA ERRANCIA DE LOS ARBOLES

Allá van los árboles
expulsados del rebaño
de viaje por los campos
Sólo se diferencian de los animales
en que carecen de domicilio
Sobrepasan la noche
y llegan donde principia el día
Algún filósofo naturalista
lanzó la idea escandalosa
de que los ineptos por constitución
para la vida nómada eran los humanos
Desasosegados pero estáticos
nunca entrevieron la velocidad de un árbol
la prisa sutil de su corteza
para ser madera
el ritmo de los frutos
para caer y levantarse
Qué decir del movimiento vertiginoso
de sus raíces para buscar un camino que no existe
y de las ramas alargando sus brazos
espectrales para tantear el infinito.

Jorge Cadavid (Pamplona, Norte de Santander, 1962)

DESPERTAR

En el momentáneo abrazo
hablo de la eternidad.
Las campanas envían su llamada en el viento
hasta las plumas donde descansamos
nuestros rostros dormidos.
Es muy temprano. El aire húmedo corre bajo
los puentes. Las nubes se separan al mínimo
contacto, los edificios, al paso de las golondrinas.
Los granjeros rezan para que deje de llover,
al tiempo, los árboles desisten de sus hojas
para que el cielo se haga todavía más grande.

Son suaves tus manos esta mañana y
suave es la flor de la rugosa almendra.

En la iglesia de al lado
llevan siglos hablando de un amor
que va a sobrevivirnos.

Nikola Madzirov (Macedonia, 1973)

BEATRIZ ORIETA MAESTRA NACIONAL (1919-1945)

Los niños corren y saltan a la comba.

Beatriz Orieta pasea junto a Dante
sorteando los pupitres
en medio del camino de la vida…

Tiene litros de frío mojándole la espalda.

Apenas pueden nada contra él
los míseros tizones del brasero oxidado.

Entran al aula los gritos infantiles,
huelen a tos y a hambre.

Algunas veces,
Beatriz Orieta casi no contiene
las ganas de llorar
y mira las caritas sucias afanándose
en recordar las tildes de las palabras llanas.

Prosigue Dante todo el día musitando
en el oído de Beatriz Orieta
…amor que mueve el sol y las estrellas.

Ella siente de veras
que otro mundo la mira
al lado de este mundo gris y parco.

Contra el lejano sol
del lejano crepúsculo
dos amantes se miran a los ojos.

Beatriz Orieta está
apoyada en su hombro.

Los álamos susurran las palabras de Dante.

Los amantes son túneles de luz
a través de la niebla.

Los besos, amapolas
de un cuadro de Van Gogh.

Pasa el invierno lento como pasa un poema.

Pasan el frío andrajoso, la fiebre y el esputo
y toman posesión del blanco cuerpo
igual que las hormigas invadiendo
esas migas de pan abandonadas.

Sesenta años después, entre las ruinas verdes
leo un descanse en paz envejecido
sobre la tumba de Beatriz Orieta.

El silencio es de mármol.

El silencio
es la respuesta de todas las preguntas.

Unos metros más lejos, hace sólo dos años
yace también el hombre
que, apoyado en el hombro de Beatriz Orieta,
dibujó un corazón sobre un tiempo de hiel.

¿Qué más puedo decir?

Que la vida separa a los amantes
ya lo dijo Prévert

Pero a veces la muerte
vuelve a acercar los labios
de los que un día se amaron.

Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, España, 1973)

PREGUNTAS

Para Joaquín Gianuzzi, maestro indiscutible

Miren los vagones de subte atestados de preguntas. La más repetida es la del tiempo: hasta cuándo, cómo, dónde acaba el recorrido.

Las ruedas chillan: una vuelta sobre el riel más otra vuelta, y la mujer que lee el diario casi apaga su conciencia en ese pedazo de papel.

¡Miren los vagones de subte atestados de preguntas! Alguien dice “hola”, alguien se despide, y el aturdimiento desespera hasta a las luces, a veces constantes, a veces confundidas.

En un andén vacío un viejo está sentado. Ojos severos, tragedia de la espera, perpetua fijación en esa asfixia. Mientras el infinito se apodera del ambiente, mira los vagones de subte atestados de preguntas. Pero está cansado de las preguntas, y está cansado del tiempo. Alguien le dice “hola” y él quisiera decir “adiós”. Alguien le ofrece una esperanza y él la ignora, porque conoce muy bien el tango Desencuentro. Y permanece inmóvil a pesar del impulso. Mira las puertas del subte abrirse, y cuando las ruedas empiezan a chillar, como diciéndole “adiós”, él dice “hola”, y se va para arriba, en un ascenso glorioso.

Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974)

BESO

Abro mi boca
para recibir la tuya
con la misma devoción
de quien recibe la primera comunión.

Betsimar Sepúlveda (Maracay, 1974)

MEMORIAY DISTANCIA (FRAGMENTO)

Puntos de luz recorren la grama,
el viejo sillón verde
que da hacia la ventana
está mullido y suave
y el viento levanta
las ligeras cortinas hasta el cielo.

La puerta de la habitación
trae sonidos del pasado
y casi puedo escuchar
el frío de los árboles
que chocan entre ellos.

Ayer las tinieblas lo invadían todo,
pero este día es diáfano
como el ala luminiscente
de un insecto de otoño.

Roxana Méndez (San Salvador, El Salvador, 1979)

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