Las líneas de su mano. Parte I


Foto: afiche las líneas de su mano

 

ARS POETICA

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir
brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame
la impostura, restriégame la estafa.
Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.

Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930)

 

CUANDO DIJO SU NOMBRE

 

Cuando oí su relato del exilio
supe que la impiedad no tiene nombre,
y el recio sol caía como un hierro
sobre nosotros, y entendí la muerte.
Cuando dijo, inocente, el hombre es sólo
cero a la izquierda, cero a la esperanza,
movió mi carne un blanco laberinto
de amor, y creció el tiempo de la culpa.
Ciegas palabras en la tarde dieron
su lucha contra el mar, y el sol rodaba
como una purulenta rosa oscura.
Cuando oí su relato del exilio
vino la gran desolación, el luto
que movía los pasos en la sombra,
y la trampa del sueño, interminable.
Él pronunció su nombre, ya una larga
soledad comenzaba a separarnos.

Giovanni Quessep (San Onofre, Sucre, 1939)

 

POEMA DE INVIERNO

 

Llovió toda mi infancia.
Las mujeres altas de la familia
aleteaban entre los alambres
descolgando la ropa. Y achicando
hacia el patio
el agua que oleaba a los cuartos.
Aparábamos las goteras del techo
colocando platones y bacinillas
que vaciábamos al sifón cuando desbordaban.
Andábamos descalzos remangados los pantalones,
los zapatos de todos amparados en la repisa.
Madre volaba con un plástico hacia la sala
para cubrir la enciclopedia.
Atravesaba los tejados la luz de los rayos.
A la sombra del palo de agua
colocaba mi abuela un cabo de vela
y sus rezos no dejaban que se apagara.
Se iba la luz toda la noche.
Tuve la dicha de un impermeable de hule
que me cosió mi padre
para poder ir a la escuela
sin mojar los cuadernos.
Acababa zapatos con sólo ponérmelos.
Un día salió el sol.
Ya mi padre había muerto.

Jotamario Arbeláez (Cali, 1940)

 

FORMAS BLANCAS

 

En un baldío,
sobre el polvo y la

hojarasca

un pájaro moribundo

aquieta sus alas.

Una nube, impasible,

juega
sus formas blancas.

Al final también mi boca se llenará
de tierra,

al final siempre se besa

aquello que desertamos.

Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942)

 

ESCRITO EN BLANCO

 

Nieva esta nieve
como a veces se hablan
hombres y mujeres.
Continua

mente

instantánea

nieva por primera vez siempre
como se miran los que se aman.

Nieva como la única cosa
real que sucede.

Y corren los niños para tocarla
y tras ellos las palabras
frágiles como la nieve
pendiente
de una mirada.

Eduardo Mitre (Oruro, Bolivia, 1943)

 

EL VIAJERO

 

                                                 para Javier Egea

Te acompañaban siempre los violines.
Tus poemas estaban en ti como los peces
en el fondo de un río.

Eso es lo que vi en ti:
peces en el desierto,
música amenazada.
Te vi hacer bosques y subir montañas,
te vi cavar abismos con tus manos.
No supe dónde ibas.

Te vi buscar la sombra entre la luz,
te vi buscar la muerte entre la vida,
y no pude entenderte.

Yo no sé qué has ganado, pero sé qué has perdido:
tu música,

tus peces,

tus montañas azules.

No puede ser feliz quien entierra un tesoro.
No puede ser feliz
quien envenena el agua de su vida.

Benjamín Prado (Madrid, 1961)

 

DEMOLICIONES

 

Esta es la provincial más saqueada, la princesa impotente sepultada entre las zarzas. Este es el territorio del eco, el espacio elegido por la pasión heráldica de la humedad para trazar con la punta de su espada el inicio de todas las destrucciones.

Sólo los niños comprenden que las casas demolidas son el lugar indicado para inventar sus ceremonias y convierten los lavaderos sin pedir permiso y con los ojos abiertos hasta la tiniebla, en improvisados altares de sacrificio. Reúnen ladrillos como si participaran de algún rito iniciático y se sientan alrededor de los escombros con la seriedad exigida en los templos. Y le asignan a la escalera desolada, a su aturdido caracol de madera, el poder de un observatorio.

Aprovechando la llegada de la noche amontonan los desperdicios arrojados por los vecinos, recogen el pasto seco desdeñado por los jardineros y encienden una fogata con ese resto milagroso de alcohol que empapa las botellas vacías. Para algunos será el primer recuerdo del fuego. El ardor de su nombre pronunciado en la combustión de las llamas.

Sobre la pared huérfana, descubierta y desprovista de la casa vecina, más allá de los restos de azulejos de los baños y casi a punto de tropezar con el cielo, se arrastra una línea diagonal que marca el perfil de la casa desparecida, como una cicatriz brutal y dolorosa. Los nuevos propietarios de apresuran a levantar, como una lápida intrusa, la valla que anuncia la empresa encargada de la demolición y el torpe dibujo a colores del próximo edificio.

Ramón Cote Baraibar (Bogotá, 1963 )

 

NUBES

 

Formaron cabezas de caballos,
fueron ijares y escudos,
una piedra que nos mira desde el fondo de un pozo.

Siguieron un camino trazado mucho antes,
en una época en la que todo se decidía en un billar.

La iglesia gris que vio pasar estudiantes confusos sigue vacía,
nunca sonó la campana en ella.

El atento salmodiar de los vendedores de pizza
no ha molestado el lejano rumbo de las nubes.

Pero nuestro corazón no cede.

El curso de la eternidad se dirimió en esta oscura barraca,
y así como arriba, abajo el día es de los navegantes que el cielo respetan,
y, de vez en cuando, miran otra cosa, una lejana.

Juan Felipe Robledo (Bogotá, 1968)

 

MINIATURA ASOMBROSA

 

Alguien puso unas semillas en mi mano:
treinta árboles mañana,
un bosque cincuenta años más tarde;
aves encontrarán el sur en esos árboles
y lobos encontrarán cobijo
y las hormigas crecerán como un cuerpo
entre las raíces ciegas y soñolientas
y alguna vez una casa y otra casa
construirán esas maderas
y el invierno bajará en sedimentos
y el otoño con su total hastío
pondrá sus pies pesados
sobre los troncos gruesos y no los vencerá.
Nada hará que se quiebren.
Y dentro de cien años cien hombres
serán hombres felices amando a sus mujeres
bajo esos techos amplios,
un perfume de bosque flotara todavía
en los hijos que lleguen,
el mundo será el mundo y la noche la noche
las lechuzas de entonces tendrán ojos más grandes
y comerán gorriones lo mismo que alacranes
y el ratón será mínimo como un insecto extraño,
su pálida pelambre lo volverá invisible
de noviembre a febrero, y no tendrá enemigo:
ni el águila ni el hombre, si acaso, la serpiente.
Treinta árboles mañana,
flores malvas y rojas creciendo en ese bosque…
Ayer, unas semillas que alguien puso en mi mano
y que yo lancé al cielo.

Jorge Galán (El salvador, 1973 -)

 

101

 

Y él le dijo “estoy cansado, Marta”,
pero quería decirle en voz alta
que hubo un tiempo, una edad, un día
en que sus plegarias fueron escuchadas.
Y ella fingió que no estaba ahí,
que estaba en el cuarto del lado,
porque temía a los ruegos ajenos
como a las conjeturas del futuro.
Y el frío detuvo a la noche
hasta las dos de la madrugada
a la espera de un consuelo
que sólo nos llega cuando niños.
Y alguno de los dos dijo en voz baja
“son las dos: es hora de acostarnos”
convertido en el único adulto
en esa oscuridad incuestionable.

Ricardo Silva (Bogotá, 1975)

 

LOS PÁJAROS

 

Los niños de Managua venden pájaros.

Saben cantar canciones en medio del invierno,
no conocen el frío, apenas han oído hablar del mar,
imaginan la nieve como un momento hermoso
imposible en sus vidas,
conocen el temblor bajo los pies,
cuentan historias tristes mientras la gente huye,
hacen cantar sus pájaros de barro,
hacen sonar el viento como quien pide ayuda
en medio de un naufragio.

Pero todo es naufragio.

Los ahogados, sentados en las plazas,
reconocen la paz que el tiempo ha sometido,
una paz de bandidos y tiranos,
de lunas humilladas en la noche,
de balas que mordieron las espaldas
de algunos hombres pobres. ¿Justos?

Los niños de Managua sueñan con ser pelícanos
y buscan un océano,
y golpean sus rostros contra el agua
hasta perder la vista.

Los niños de Managua
tienen las manos llenas de colores,
miran al cielo y vuelan hasta San Juan del Sur,
pierden el miedo al miedo,
logran ser como pájaros
que abandonan las manos de la muerte,
las sucias manos pobres del desierto.

Fernando Valverde (Granada, 1980)

 

PUERTO QUEBRADO

 

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros,
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

Andrea Cote (Barrancabermeja, Santander, 1981)

 

(POBRE VALERIO CATULO)

 

A quién darás hoy tus versos, infeliz Catulo?
sobre qué muslos posarás la mirada? Qué cintura rodeará tu brazo?
cuáles pezones y cuáles labios habrás de morder inagotable hasta el hastío?
Termine ya la dolorosa pantomima: fue siempre Lesbia,
exquisito poeta, caro amigo,
un reducto inexpugnable.
A qué recordar su mano floreciente de jazmines o aquellos leves gorjeos
sonando tibios en tu oído?
para qué hablar del amor o del deseo si ella es su imagen misma?
por qué evocarla y consagrarle un sitio perdurable en la memoria? por qué Catulo?
por qué?
Que tus versos no giren más en torno a sus jeans, a su blusa sisada,
que tu cuerpo se habitúe a esa densa soledad absurda y prematura,
que su nombre y su figura de palmera y su mirada de gladiola
se pierdan, poco a poco,
ineluctablemente y de modo irreversible,
en el incierto y doloroso
ir y venir de los días.
Y que a nadie importe si se llamaba Denisse, Clodia o Valentina
qué caso tiene pobre Valerio Catulo? qué caso tiene?

Alí Calderón (Ciudad de México, 1982)

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