Diez poemas para una contra-historia

Más que en ninguna otra época, nos hemos habituado a las antologías y a las muestras, haciendo que estas pierdan su verdadero propósito: lograr una reunión de almas comunes para entender y entendernos. El ejercicio del que mira una tradición desde la altura, y a la distancia, con la serenidad que permite una reflexión crítica –la palabra crítica viene de “criba”–, trata de encontrar en sus tamices la posibilidad de otra historia, menos vertiginosa y criminal.

Existe una desconfianza hacia el estrago de un solo libro, especialmente si es de un autor contemporáneo. En un mundo saturado de información, que escribe sobre todo y en todas partes, sobreviviendo a su inflación creativa, precisamos de la selección para no ahogarnos en sus flujos. No de otra forma podríamos darle rostro a los fantasmas que nos rondan. Sin embargo, en el acto del que escoge y desecha, pareciera perderse todo lo demás que es la unidad de una persona, acaso la máxima afrenta de la poesía frente a una sociedad cada vez más fragmentada y unánime.

Nos queda el consuelo del poema. Él mismo una botella de náufrago, capaz de abrir un tiempo dentro del tiempo y de fundar nuevos espacios. Devolverle a un lenguaje lastimado su carácter de ceremonia integradora, como una sustancia misteriosa y explosiva que en secreto nos encuentra.

De ahí la importancia de este ejercicio al que nos invita la revista Luna nueva: un relicario de poemas a la medida del puño, disperso y escaso, sí, arbitrario, pero que si se mira de cerca, reunidas todas las voces invitadas, podría lograr una suerte de contra-historia, o al menos la podríamos rastrear.

Una memoria velada del país, y que en paralelo con los días, la inercia, se ha separado de nuestros afanes para poderlos señalar en su marasmo, nombrar todo aquello que olvidamos o usurpamos, desterramos, pero también para hacer de estas crisis un correlato soportable. Para un colombiano, de esta o de cualquier década, quizás no exista nada tan difícil como pensarse en un pasado. Volver la vista atrás es como verse reflejado en aguas pútridas. Convertirse en estatua de sal, cómplice y aterrada, como le ocurre a las mujeres de la Biblia cuando desobedecen los mandatos de la amnesia.

Quisiera pensar que para un escritor, o al menos de mi generación, la poesía colombiana es mucho más significativa que un ejercicio arqueológico. Para nosotros, conscientes de que heredamos una palabra habitada, estos poemas se han convertido en un hilo para sortear las pesadillas: una manera de quedarse en el país cuando todos se han marchado. Asumirlo en sus lenguajes, sin que ello nos implique envilecer entre el laberinto.

Cualquier selección es un retorno hacia nosotros, y más cuando nuestra afinidad con estas voces no es mera necrología. Así hemos leído a poetas como Luis Vidales o Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara y Álvaro Mutis, Héctor Rojas Herazo, Jorge Gaitán Durán, Óscar Hernández y Carlos Obregón. Así hemos leído a Mario Rivero y Jaime Jaramillo Escobar, a María Mercedes Carranza y José Manuel Arango, a Juan Manuel Roca, entre otros. Voces insoslayables desde donde quiera que se les mire, y que de algún modo han cifrado nuestra aventura como un linaje en el viento.

Todos estos nombres están y guardan su hazaña en la memoria. Difícil sería que escogiéramos un solo poema, su compañía nos demanda otro cuidado, y ya viene siendo hora de que asumamos estas voces como acontecimientos de una obra. En tiempos recientes, se suman a esta nómina los casos de Luis Aguilera y Piedad Bonnett, Rómulo Bustos Aguirre y Horacio Benavides, cuatro voces lo suficientemente sugerentes como para aspirar a la metáfora de un mundo personal.

Por eso quisiera tomar la dirección radicalmente opuesta. Antes que escoger los diez poemas colombianos que sienta más cercanos –y que seguramente son muchos más que una decena–, presento a la inversa diez poemas recientes, y que en su sola escritura, ignorada por muchos pero en plena actividad, de la misma manera que sus mejores antecesores, vienen planteando en sus lenguajes una historia alternativa: la posibilidad de otro país desde sus reversos más íntimos.

1. Lucía Estrada (Medellín, 1980): “El aire se abrió lentamente con el sonido de las camapanas, y en los cuartos…”

2. Felipe García Quintero (Bolívar, Cauca, 1973): “Viajo en un tren de veintiún vagones…”

3. María Clemencia Sánchez (Itagüí, Antioquía, 1970): “Antes de la consumación”.

4. Ramón Cote Baraibar (Bogotá, 1963): “Demoliciones”.

5. Jorge García Usta (Ciénaga de Oro, Córdoba, 1960 – Cartagena, 2005): “Balada de Teresa Dáger.”

6. Robinson Quintero Ossa (Caramanta, Antioquia, 1959) “Trabajan tanto los constructores de ataúdes en mi país”.

7. Mery Yolanda Sánchez (Guamo, Tolima, 1956) “Últimas páginas”

8. Gabriel Jaime Franco (Medellín, 1956): “La Tierra exultante III”

9. Omar Ortíz (Bogotá, 1950): “Héctor Fabio Díaz”.

10. Santiago Mutis Durán (Bogotá, 1950): “José Asunción Silva”.

EL AIRE se abrió lentamente con el sonido de las
campanas, y en los cuartos,
cada cosa ocupó su lugar y su nombre.
Todo era posible bajo esa luz de invierno en la que
señalaste un jardín cerrado,
un estanque vacío esperando por mis ojos. Era preciso
mirarlo con atención antes de que se diluyera en la sombra.
Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardín
venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su penumbra.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente lo que
para nosotros
ha perdido su misterio. Aquí están todas las cosas recién
descubiertas,
y el mundo, cada vez más pleno de sí mismo,
cada vez más verdadero.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí también encontrarás presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino. “El resistir lo es todo.”

Lucía Estrada (Medellín, 1980)

VIAJO EN UN TREN DE VIENTIÚN VAGONES
conducido por todos mis muertos. Miro a través del cristal roto de la
ventana una batalla de mariposas por el cielo quemado
de mis cinco años.

Converso con lo árboles de la intemperie que desaparecen
en mis ojos; los que no tienen camino, con los pájaros
que son ya recuerdos del viento.

Yo tampoco sé qué tierra es ésta.

Felipe García Quintero (Bolívar, Cauca, 1973)

ANTES DE LA CONSUMACIÓN

Este signo representa el paso del invierno
Al tiempo fértil del verano.

I king, Hexagrama 64

Esta es la sepia genealogía.
¿Qué otro árbol podría encontrar?
Antes de la consumación
La belleza que dicta
El antiguo oráculo
Es otra en verdad.
Diré que todo ha sido dolor,
Una manchada noche
En que el padre se fue
Sin decir a qué
Cielos daba su sí.
Aquí fue haciéndose la fotografía
Que no entendimos en principio
Y que más tarde revelaría
El gesto de la tristeza
Que nos vino adherida.

Ella mira de frente al fotógrafo,
Apoyado apenas su brazo izquierdo
A una mesa adusta, fríamente decorada.
En la mano contraria
Una gérbera ya casi marchita,
Atrás un artificioso velo que
Emula una tarde barroca.
Una mano que pasa por encima
De su hombro, la del abuelo, supongo.

¿Qué otro árbol podría encontrar?

El gesto triste, detenido, de la abuela,
Su mirada de una infinita nostalgia,
Y una flor en su mano.

¿Qué otra genealogía podría importarme?

La suprema y verdadera despedida del padre,
Y la mirada de esta mujer, su madre, mi abuela,
Detenida en la imagen sepia de una tarde sin cielo,
Son aquello que digo ahora entender:
La consolación de la belleza revelada para mí.

María Clemencia Sánchez (Itagüí, Antioquía, 1970)

DEMOLICIONES

Esta es la provincial más saqueada, la princesa impotente sepultada entre las zarzas. Este es el territorio del eco, el espacio elegido por la pasión heráldica de la humedad para trazar con la punta de su espada el inicio de todas las destrucciones.

Sólo los niños comprenden que las casas demolidas son el lugar indicado para inventar sus ceremonias y convierten los lavaderos sin pedir permiso y con los ojos abiertos hasta la tiniebla, en improvisados altares de sacrificio. Reúnen ladrillos como si participaran de algún rito iniciático y se sientan alrededor de los escombros con la seriedad exigida en los templos. Y le asignan a la escalera desolada, a su aturdido caracol de madera, el poder de un observatorio.

Aprovechando la llegada de la noche amontonan los desperdicios arrojados por los vecinos, recogen el pasto seco desdeñado por los jardineros y encienden una fogata con ese resto milagroso de alcohol que empapa las botellas vacías. Para algunos será el primer recuerdo del fuego. El ardor de su nombre pronunciado en la combustión de las llamas.

Sobre la pared huérfana, descubierta y desprovista de la casa vecina, más allá de los restos de azulejos de los baños y casi a punto de tropezar con el cielo, se arrastra una línea diagonal que marca el perfil de la casa desparecida, como una cicatriz brutal y dolorosa. Los nuevos propietarios se apresuran a levantar, como una lápida intrusa, la valla que anuncia la empresa encargada de la demolición y el torpe dibujo a colores del próximo edificio.

Ramón Cote Baraibar (Bogotá, 1963 -)

Balada de Teresa Dáger

No hubo mujer bajo estos soles
como Teresa Dáger:
mitad cedro, mitad canoa.

Era bella, inclusive, al despertarse
y después de comer ese pobre trigo
nativo.

En las esquinas, a su paso,
hombres sudorosos
interrumpían las liturgias del comercio
y maldecían la muerte.

Era una forma ansiosa.
Procedía de una furia vegetal.

No la salvó tampoco su belleza.
Ahora, a los 80 años,
a diferencia de otras que fueron feas y
felices,
Teresa Dáger sueña sola en el piso quince,
rodeada de zafiros derrotados.

Y solo piensa en ese arriero de Aleppo
que el 7 de Agosto de 1925
la miró con ganas y en silencio
tres segundos antes que su padre
la enviara al destierro de la trastienda.

Jorge García Usta (Ciénaga de Oro, Córdoba, 1960 – Cartagena, 2005)

TRABAJAN TANTO LOS FABRICANTES DE ATAÚDES DE MI PAÍS

A mañana y tarde
en día laboral y festivo
sin vísperas
miden
trazan
cortan

Sin importar para quién
sin importar si es el propio
cofres lisos
unos
y ásperos
otros

Como peones a la orden
del más severo Señor
taponan
pulen
empañetan
aprisa

En las noches oímos
sus garlopas que alisan
tabla a tabla
sus martillos que oprimen
clavo
a clavo

Con las manos llenas de polvo
con los rostros sucios de aserrín
cantan:
¿son más lo de arriba?
¿son más los de abajo?

De sol a sol trabajan
los carpinteros en ataúdes
en mi país.

Robinson Quintero (Caramanta, Antioquia, 1959)

Últimas páginas
Has tenido suerte, caíste en el patio donde crecen los niños que no piden un nombre sobre la tierra. No has podido contar los años que llevas descalzo. Te encontrarán con la tierra de tu patio en el rostro. Una que otra hormiga se deslizará por tu ceño dolido. Una fruta traerá un poco de ti. Tu madre volverá a lavar culpas en las piedras del agua que te habló por primera vez de primavera. Y tú habrás olvidado que te llamabas Carlos y que las lluvias te han dejado sin color.
Mery Yolanda Sánchez (Guamo, Tolima, 1956)

LA TIERRA EXULTANTE, III

Y es que un día supimos,
mientras íbamos a la busca de dioses más benévolos,
que también nosotros éramos hijos de la guerra,

que nuestros padres habían escapado de la muerte
en una noche oscura,
extensa de pájaros sin sombra,

que su duro aprendizaje fue la huida,
el aplazamiento y el desplazamiento de la esperanza.

Supimos que habían huido protegiendo a sus cachorros,
abandonado sus cotos de caza, los campos roturados,

con el corazón a punto de estallar
y el vientre oprimido por el miedo,

sin provenir, des-olados,

sin tiempo y perseguidos por la muerte.

Y vimos las cruces anónimas

las decapitaciones

los empalamientos

las migraciones

las aguas míticas enlodadas de muertos

los campos en los que habría transcurrido nuestra infancia,

cultivados por la muerte.

HÉCTOR FABIO DÍAZ

Llevo encima el traje azul, la corbata naranja,
la camisa que tanto gusta a Margarita, la del 301,
los zapatos negros recién lustrados, una pinta de hombre,
como dijo mi madre después del beso ritual de despedida.

En la Kodak me tomaron la foto para la solicitud de empleo.
Pero de pronto me empujaron a un auto.
Me pusieron dos armas en la cabeza y acabé tirado en una pocilga
donde me preguntaban por gente desconocida.
No señor, decía y me pegaban.
Si señor, respondía, e igual me pegaban. Duro, lo hacían,
como si no tuviera carne, ni huesos, ni sangre, ni alma.
Ya no tengo traje azul, ni corbata naranja,
no puedo abrazar a Margarita.
Ahora soy una desteñida foto que mi madre
lleva a cuestas en plazas y desfiles.

Omar Ortiz (Bogotá, 1950 -)

JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

Para Enrique Santos Molano

Durante más de cien años
has sido víctima
de nosotros tus amigos,
de nuestras fantasías y prejuicios
de nuestros complejos y necesidades
Conciudadanos intelectuales admiradores funcionarios
te hemos arrastrado por nuestras carencias y necedades

Hicimos de ti
-un hombre de carne y hueso-
una caricatura a nuestra
imagen y semejanza -pobre
y soberbia-
Tus contemporáneos
te herían -en tu ausencia-
con banderillas de oro y apodos rojos
Se te admiró por lo que nunca fuiste
Se te castigó -ya muerto-
dándote una historia
que no fue la tuya

Te acusamos de dilapidar
una fortuna que nunca tuviste
de dandy
de donjuán
de incestuoso
de enamorado de la muerte
de raro
de exótico
de inepto para la vida

Debilidades y defectos
que son secretas venganzas
A lo largo de cien años
hemos luchado porque al fin te parezcas
a nosotros -dueños de tus cenizas
Tu integridad
nos irrita y avergüenza
Tu dignidad
ofende
a quienes han preferido
otros caminos
Tu discreta grandeza
es un tesoro
que adorna ocultas ambiciones
de nosotros tus herederos.

Hicimos de tu historia
una historia negra y rosa

Te ridiculizamos
para no tener que esforzarnos demasiado
para derrochar fortunas y virtudes -ajenas
para que no vean que estamos muertos
Te aplaudimos te rechazamos
te abucheamos te celebramos
te elogiamos te derrotamos
te suicidamos…
hipócritas y satisfechos

¿Qué música afligía tu alma
qué verdades intuías
qué alta estrella
quemaba tu sangre
para que hiciéramos de ti tal enemigo?

Tendríamos que arder
en tu vida -que es sólo una vida
para saberlo

Santiago Mutis Durán (Bogotá, 1950)

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