Carlos obregón, las plegarias del trashumante

Parte I

Estuario  

Errancia en el misterio

Frente a la imagen de Carlos Obregón no hay palabras definitivas. Su obra es un viaje soterrado por las regiones del misterio, un tránsito sostenido hacia el exilio total, como la planta que, al dar sus mejores hojas, se disuelve en el vértigo, dejándonos la incógnita en el lugar donde alumbró la vida.

Buscó, creyó. Viajó por el mundo y a través de sí mismo. Dejó una estela de fragmentos como único testamento, y luego alcanzó el camino del silencio. Pareciera que el poeta, coherente con la estética de sus poemas, nos hubiera dejado tras su paso una oleada de misterio: que las circunstancias de su vida estuvieran cifradas en los versos difusos de sus poemas. Contrario al resto, Obregón deja el registro de sus viajes interiores como la única prueba de sus andanzas por el mundo. Borra los accidentes de una vida para dejarnos la esencia: sacrifica la anécdota y la máscara para legarnos su plenitud existencial.

En pocos momentos como en este, la trashumancia de un poeta, el fervor que supo imprimirle a cada uno de sus viajes interiores, se transforma, en la escritura, en una compleja demostración de la trashumancia del lenguaje. Entender su vida sería un ejercicio más cercano a la poesía que a la historia: habría que recomponer los materiales a través de los vacíos. Imaginar o elucidar, desde las huellas y los despojos, las circunstancias definitivas de aquella colisión.

Parece que el sentido último siempre se nos escapa. Que el intento por comprender estas palabras termine por decirnos que no había nada por comprender. Vida y poemas, cuerpo y lenguaje, entablan una conversación secreta con el enigma. Frente a este poeta, tenemos la rara sospecha de que hemos llegado a los límites, vitales y poéticos; que la lengua ha alcanzado su máxima tensión expresiva. Profundizar en sus búsquedas sería toparse con la inanidad o la locura, perpetuar el suicidio del poeta con el suicidio de nuestra reflexión.

Quizá sea por esto que su obra, definitiva y deslumbrante, haya sido ignorada por buena parte de la crítica. La dificultad de estos procesos vitales y lingüísticos pondría en entredicho hasta el ejercicio mismo de la interpretación. Diluye o curva los espejos,  obliga al crítico a pensar y a escribir de otra manera. Si la poesía es un ejercicio de la transmutación, del lector y del mundo en una misma danza, esta definición se aplicaría a Obregón como en muy pocos casos.

La geografía interior.

La Obra de Carlos Obregón, su singular imbricación de un tiempo y de un espacio, podría ser leída como una lenta y progresiva geografía interior. Y esto se vislumbra desde los títulos de sus libros: “Presencia del mar”, “Distancia destruida, “Estuario”. Tras una primera lectura, quedaría descartada la idea de una poesía paisajista o meramente descriptiva. Tampoco habría en estos títulos una simbología heredada, pues de por sí son bastante inusuales. Lo que podría ocurrir en la poesía de Obregón es una secreta comunión de lo interior y lo exterior; la naturaleza y la cultura, en un estado de conciencia que los religiosos -del judaísmo a Hegel-, han denominado en sus escritos como Espíritu.

En la experiencia del Espíritu el monje se duele en el dolor de los demás. Siente la voz de su dios en los ecos de las cosas. Oposiciones como sujeto y objeto, yo y otros, material e inmaterial, se elevan en la oración hacia un momento de unidad que derriba las fronteras conceptuales.

Imbuido en estas regiones del espíritu, el poeta sería consciente de que el lenguaje no es enteramente suyo. La palabra lo encuentra en sus meditaciones como una red secreta, que envuelve a las cosas y a su alma, a la naturaleza y lo sagrado, en un momento de plenitud y comunión con lo otro. Sólo en estos instantes de gracia ocurriría el poema, cuando un estímulo exterior –epifanía-, o del adentro –autoconsciencia-, sacuda los velos de lo que consideramos “el mundo”, y nos permita elevarnos a una comprensión más plena de nuestro entorno.

De ahí el título que escogió Obregón para sus primeros poemas: Katharsis. La poesía, en un principio, sería el momento donde ocurre esta anhelada clarificación de la conciencia: “regreso a ti después de mi Katharsis”. Una vez acontecida, el poeta se sabe en comunión, con lo divino y con la naturaleza, no ya como un ente suelto en la deriva de la historia.  “Distancia destruida” o “Estuario”, más que metáforas o símbolos, serían imágenes que expresan un espíritu, una reunión de voces al interior del poeta.

De ese primer proyecto, “Katharsis”, sólo conservaríamos un poema que se titula “Presencia del mar”, y sabemos de él porque fue publicado en el periódico El Tiempo en 1952. Creo que este primer poema es fundamental para entender las obsesiones de Obregón, y aparece en el marco de esta obra como un preludio que determina el resto.

Presencia del mar

El mar: ese arsenal interminable de metáforas. Como muchos otros poetas –Baudelarie, Montale y Paul Valery, por ejemplo–, Obregón comenzó por concebir la poesía como un diálogo renovado del hombre con el mar. El mar como la imagen por excelencia para hablar del tiempo: del misterio en el tiempo. El mar como metáfora de las fuerzas naturales, de una memoria que en secreto nos precede.

En el caso de Obregón, este mar heredaría unas connotaciones bien particulares, de anhelo y distancia. Y aquí no se puede olvidar la ciudad desde donde el poeta escribe: Bogotá, una de las capitales más alejadas de la costa en todo el planeta. Ciudad situada a 2.600 metros sobre el nivel del océano, y en la que sin embargo, ocurridos los flujos de españoles y de esclavos africanos, de aventureros locales y extranjeros, desde sus comienzos se fue consolidando como un refugio para los náufragos. Un gigantesco abandono del mar, y esto, desde la perspectiva geológica, hasta los dramas migratorios.

Bogotá es la ciudad de los guaqueros del Dorado, marineros que encallaron sus tiendas ante el fracaso de una promesa. Lugar de paso de los habitantes costeros que, huyendo de la violencia y la miseria, llegaron al interior para no devolverse nunca. Aun hoy, la ciudad aparece entre los cerros como el epicentro del desarraigo: sus barrios improvisados en la búsqueda de oportunidades, pensados para el rebusque y la economía de sus arrendatarios más que para el disfrute de sus propietarios. De los cuatro millones de desplazados que hoy tiene el país, más de la mitad residen en Bogotá.

A la deriva de estas circunstancias, todo auguraba la génesis de un símbolo. En Bogotá el mar es remoto y cercano: la imagen del fracaso y del camino no tomado. En su distancia nos habla a todos de un despojo colectivo, empotrado en las montañas. Sobre esta figura, en “Presencia del mar”, Obregón podría estar cristalizando una suerte de retorno a la unidad perdida, tanto en lo simbólico como en lo social; una unidad ancestral que nos reclama en nuestra ausencia. Al hablar de un mar en presente, se suscita la idea de innumerables reencuentros, voces perdidas que por ensalmo de la música, vuelven a las atmósferas del poema.

Aquel reencuentro se advierte desde las primeras líneas del poema: “Te canto ¡oh mar! Hermano de mi alma…mi voz halla su eco en tu profundo abismo/ y yo me encuentro en tus entrañas”. “Vengo de ti hacia ti me dirijo”. “Todo lo abarcas, mas pretérito y futuro/ y en mis actos y en mi vida te proyectas”.

Así como Aurelio Arturo se había fundado a través de la poesía, por medio de una morada de palabras que actualizaba su memoria, en un principio Obregón vería en el lenguaje esta capacidad de habitar mundos. Pero su morada ya no será hecha de recuerdos sino de misterios. Su lenguaje, la posibilidad última de habitar las lejanías: esos dominios ancestrales de la existencia humana, y que perdimos al mismo tiempo que el paraíso. Obregón vería en el poema la posibilidad de habitar en el misterio, de edificar su casa en lo extraño. De ahí el carácter trascedente de sus alabanzas: “Mi espíritu está en tu lejanía/ altiva y eterna”.

Frente al mar ocurre el reencuentro del poeta con sus Ritmos primordiales; un regreso a las pulsiones mas primitivas del sentido: “ritmos tuyos ¡oh mar!”, “ritmos son de mi verso”. A la manera de Yeats, el hombre encuentra en esos ritmos un verdadero rostro, antes de que el mundo fuera creado: “Me arrastraban tus raíces potentes/ agarradas a tu piel submarina/ como huesos de mi raza nacidos en tus voces”. El mar es la posibilidad de una experiencia más plena con el entorno. De una sensualidad mucho más amplia que la que permiten los sentidos, “eres como una ráfaga de sexo multiforme”, y es la palabra esa pulsión erótica que nos envuelve y nos retrae en sus mareas.

La vuelta a lo divino sería para Obregón otra manera de la libertad, de ahí su unidad entre fervor y sensualidad: “vengo de ti y hacia ti me dirijo –solitario y todo lo mío incólume en mi ser (…).” “(…)Yo anárquico en ti/ como galerna en ti”. Si los sumerios hablaban de la libertad como de una “vuelta a la madre”, Obregón vería en el retorno a lo perdido una realización libre, sensual y, espiritualmente, un volver a las danzas primordiales que mueven el universo.

En “Presencia del mar”, desde un comienzo, estarían los rasgos de buena parte de la poesía de Obregón. La palabra como esperanza de recobrar una unidad perdida. Una poética del sentimiento en su sentido más amplio, que vincula la totalidad del ser en la experiencia del verbo. Un lenguaje “proteico”, que se despliega y se transforma como el océano, continúa y renovadamente. La escritura como un rito de alabanza entre la armonía y el delirio.

Pero si bien aquí ya aparecen estos tópicos, en Presencia del mar no hay todavía una aceptación de la pérdida, y por eso mismo no habría una consciencia plena del lenguaje: de su capacidad de animar o consolar en la distancia. Obregón mantendrá la esperanza de una morada en el misterio, pero con el tiempo será consciente de que sus palabras, a diferencia de las de Aurelio Arturo, no pueden actualizar los dominios perdidos. A fuerza de usos y de abusos, en sus propias limitaciones, el lenguaje del que disponemos ya no puede ser un médium para acceder a lo sagrado, tampoco una satisfacción perenne sobre la tierra.

Entre la derrota de las palabras y un mar espiritual, ocurrirá el exilio del poeta, un abismo entre los anhelos y sus alcances que hace de la “Presencia” una “Distancia destruida”. En esas regiones purgatoriales de la conciencia, de un lenguaje que es víspera y promesa, ecos o vestigios de un estado más pleno, se situará toda la poesía que Obregón escribió después. Tras la aceptación de las limitaciones, exiliada de lo absoluto, su palabra encontrará un tono particular y necesario, un lenguaje que es queja y promesa en los umbrales del misterio, y no ya una realización efectiva –Katharsis- en las cartografías del poema.

Distancia destruida.

Poco o nada se ha escrito sobre este libro, editado en Madrid hacia 1957. ¿Cómo podría hacerse a un lado una poesía tan sugestiva, que inaugura una aventura tan honda y necesaria? El abandono frente a estos poemas, sus búsquedas, podría tener su explicación en las circunstancias vitales del poeta, publicado en Colombia hasta 1985. El misterio de su vida terminó por exiliar su obra de manera insospechada: sus publicaciones, sus circunstancias y sus temas. A todo esto se suma la dificultad de estos versos. Si el libro ha sido dejado a un lado, ahora que se conoce, sería por su inusual complejidad.

Distancia destruida es un libro intrincado, de una consciencia lingüística muy pocas veces vista en América Latina. Para leerlo hay que entender la legitimidad del misterio, despedirse de las certezas o de lo meramente anecdótico. Librarnos del prejuicio muy arraigado de una poesía confesional, siempre preocupada por producir efectos agradables o nombrar los asuntos más inmediatos. Estos poemas, alejados de esas tendencias, serían el resultado de un desgarramiento vital y espiritual, y que encuentra en las palabras su escenario de crisis. Aquí el lenguaje es problema y acontecimiento, búsqueda o derrota fervorosa y no una mera herramienta.

Esta escritura redefine nuestro papel como lectores. Redefine la relación con el sentido. Frente a ella, asistimos al caso de un poeta reflexivo que ha encontrado en las palabras su última aventura, y canta –buscando su rostro en un agua oscura–, en los dominios inestables donde hasta las imágenes naufragarían en el vértigo, advirtiendo el papel movedizo del lenguaje en la configuración de nuestra realidad.

Obregón llega al poema, como el que encuentra en los versos el último fuego de un rito olvidado: la posibilidad de acceder a unas regiones primigenias, y que le darían sentido a la existencia. Pero ahora es consciente de la derrota de sus búsquedas. Que su esperanza lo sitúa en los umbrales de la revelación y, al mismo tiempo, en los abismos del fracaso. Sabe, pues, que sus palabras son huella y vestigio, viaje y promesa, pero también son sólo palabras y nada más que palabras. Moradas vacías. Búsqueda sin término dando vueltas en redondo.

En este punto, Obregón es un místico sin certezas últimas. El resultado de una fe que se sabe no correspondida, o acaso fabulada. Su poesía, “un peregrinaje hacia un templo ignorado”, como se dice en alguno de sus versos. Con esta escritura proteica, dispersa en su condensación, el peregrinaje del poeta sería también el peregrinaje de las palabras; la situación única en que el exilio de un poeta viajero, sus viajes y sus paisajes, coincide en el poema con el exilio del lenguaje. Un lenguaje que ha sido expulsado del paraíso y de la verdad, y que indagando, dando vueltas sobre las cosas, busca en el poema un sentido que valide sus fervores.

Precisamente, de esta condición de destierro, –vital y lingüístico, poético y biográfico–, es donde nace la metáfora de la “Distancia destruida”. “Distancia” a la que se enfrenta el poeta en sus anhelos de retorno: la situación del lenguaje como un puente ilusorio. Y es “destruida” en la consciencia de que su pérdida es definitiva, pues las palabras son sólo queja y lamento; versos arrojados que nada podrían hacer ante la imposibilidad de los regresos.

Desde los versos que abren el libro se evidencia esta consciencia escindida, apartada de sus dominios: “Silenciosa visión de un mundo sumergido/, la forma de mi pensamiento la he perdido/ y tu imagen lejana me refleja/ un bosque de paz desconocida”. El pensamiento, exiliado del sentido, se busca una forma y una morada, una unidad con lo perdido, pero no hay más que sombras y fulgores, “mundos sumergidos” al otro lado de su esperanza.

La poesía de este libro es búsqueda y fracaso: imágenes que alumbran en su belleza y desconsuelan por su distancia. El poeta sabe que su imagen se parece a la del “payaso fantasma”, “que baila un ritmo nocturno y mira una luz sin alma”, un hombre solo, a la espera de una revelación incierta, pues su búsqueda es una “búsqueda en la nada”, de lo que no es o nunca ha sido. Y sin embargo, se niega a abandonar el tesoro de la promesa. Ve en todas las cosas del mundo sus huellas y vestigios, intuye en la música sus ecos primordiales. Ante la insatisfacción del presente, el poeta quiere fundar su casa en lo extraño: desandar todos sus caminos para encontrar un momento inaugural, el punto donde se sentenció el ahora.

En estos poemas, el tiempo se muestra como inercia. El resultado de algo que comenzó en la lejanía, y de lo que nosotros somos su maltrecha oleada: “Pasa gente –gente vaga y soñolienta caminando pasa, / sin descifrar el lento sonido, anonadada y torpe, / pululada de ausencias, contingencias o mitos, / en una inercia lasa, suspendida en el aire”.  Si antes se hablaba de una “presencia de mar”, ahora se muestra en estos versos un doloroso naufragio. Seres enrarecidos por la pérdida, arrojados. El hombre como un huérfano del mar, buscando las marcas de su nacimiento en las palabras y en los objetos, y que sin más remedio que la fantasía, imagina un retorno hacia lo incierto en el viaje de las palabras.

Desde esta concepción, nuestro lenguaje sería un simple eco de la palabra primordial, cáscaras rotas en la distancia del árbol. Nuestros cuerpos, las huellas sensuales de una existencia anterior, lavas dispersas de un volcán abolido. Criaturas que han olvidado el nombre de su creador, pero que saben que sus actos y sus gestos, son la infeliz conjetura de unas manos superiores.

Pareciera que los versos, iluminados y difusos, se hubieran dislocado en la misma pérdida de la que los poemas son queja. Las imágenes se suceden como resultado de una inercia, son movedizas al sentido. Aparecen en las páginas como un flujo que avanza, torna y se desprende ante nosotros, ocultándonos su propósito.

El viaje y el exilio se vuelven en esta poesía una metáfora total. Viaja el poeta lejos de casa, buscando en las palabras una “morada trascendental”, para usar la expresión de Luckacs. Viaja el ser humano a la busca de un paraíso, lejos de lo absoluto, la memoria en su afán de lo sagrado: “Y ya nunca el dios que en ti proyecta/su lejanía apenas soportable”. Viajan las palabras a la búsqueda de un lenguaje primordial, usurpado desde sus propias limitaciones, el hombre que escribe, y que se ha visto apartado de su amada Marion: “eres lejana y plena como torre de guerreros y ángeles…esa eres tu Marion, en el recuerdo/ esa es tu alma”.

Como en Aurelio Arturo, la amada y la tierra se trasponen, plenitud y sensualidad son los dos rasgos de una misma pérdida. La diferencia estaría en que a Obregón, apartado de la esperanza, no le basta la poesía para alumbrar los dominios perdidos: en la deriva de sus exilios no hay tiempos recobrados ni bálsamos que resistan. El desgarramiento del que nace su arte es demasiado doloroso para aspirar a los consuelos del amor. Los cuchillos de su verso abren vetas en lo antiguo, paisajes, pero también hieren sus manos en el desconsuelo de sus búsquedas.

Sin embargo, como en la poesía mística de la que Obregón es heredero –San Juan de la Cruz, Hopkins–, a pesar de la inercia y la distancia, existirá el anhelo de hallar un tiempo dentro el tiempo, la esperanza de redimir esta herencia volcándose en las esferas de un mundo espiritual: “Yo me existo hacia adentro/ y en mi existir arrastro los árboles  y cerros/ que conocen mi tacto, Sus raíces son siempre/ raíces en la tierra, garras, voces esbeltas/ de un proceso que azotan mis viajes/ para extender los días –verticales, distantes-/ integrando en su golpe la voluntad del mundo”.

Es claro que este “adentro” no es simplemente una dimensión interiorista, íntima, una memoria personal. Como lo mencionaba antes, con esta dimensión del alma Obregón se estaría refiriendo a un universo más amplio, que cobija a la naturaleza y a los hombres en un mismo flujo, a la memoria personal con una reminiscencia ancestral, suprema, y que los místicos han denominado como Espíritu. Desde Heráclito, incluso antes, se ha visto en el interior una huella cosmos. En el alma del creyente estarían los ecos de la voz sagrada, y en esa dimensión espiritual, común a los devotos, el hombre de fe tendría un reencuentro con la divinidad. San Agustín hablaba de una “ciudad de Dios” en las meditaciones del creyente.

En esta esfera espiritual se situaría Obregón. Busca en el adentro una comunión más plena con la morada que perdió; un punto de contacto con las cosas y con el todo, y que le permita sortear la distancia. Desde esta dimensión, el lenguaje sería el escenario donde tiemblan las plantas, se renuevan las mareas, y manan las voces de la conciencia y la promesa de las aves. Al interior del poeta, la palabra es una enorme geografía donde se buscan y se reflejan los seres; donde habla y se interroga el universo a la búsqueda de un sentido.

Mirándose hacia adentro, ad portas de una revelación que nunca llega, pero de la que todo es promesa, la poesía de Obregón funda una estética de la víspera. Escribe en su meditación sobre los bosques: “fabulas primordiales entre el murmullo de los bosques/ surgidas de la materia antigua de la vida”; sobre los campos de sembrado: “Estación de la espiga, apenas se despierta/ el campo, la brisa canta su canción perdida/ y la voz exiliada busca su distancia”. Escribe sobre el mar en la belleza de estos versos: “Absorto el mar en su distante mediodía/ llegaron las palabras a una morada irreductible/ como un pueblo errante viviendo de su propio destino/ hacia el santuario del viento y de las horas”.

Entre la iluminación y la oscuridad, cada poema de este libro es una queja sostenida, que pregunta y se lamenta en los umbrales. El poeta quiere perderse en un salmo pero no puede. Desearía asumir el devenir con la risa pero tampoco ha encontrado esa salvedad, pues en su adentro continúan esos anhelos como heridas fulgurantes. Quien canta en estos poemas es un ser abandonado, pero que busca la libertad lejos del mundo. Imagina en sus cultos los reencuentros, redenciones posibles al margen de la memoria: “Entonces liberados de toda lejanía podremos saludar/ el advenimiento del fervor vegetal…alianza de los bosques, / horas y cuerpos que se escapan/ hacia otras islas redimiendo/ la extensión impalpable del silencio, la libertad de un viaje sin origen.”

Las palabras son queja, pero también ritual. Incluso el tono del lamento se va aminorando con el paso de las páginas, y desde el poema XX en adelante hay una voz distinta, que quisiera fundirse en los aires de una plegaria. Una plegaria trunca, al fin y al cabo, pero donde el poeta expresa sus anhelos de habitar en la abundancia: “toda palabra es un retorno hacia el silencio del mar profundo que la crea. Abundancia ignorada…”.

Hacia el final del libro, la voz del poeta quiere que sus palabras, duras y dispersas, sean la feliz encarnación de una verdad suprema, mensajeras de lo primordial. Quiere fundirse en el flujo de lo vivo, gozar de las secretas liturgias que hay en las cosas más sencillas. Pero sigue la derrota y sigue la distancia. Sabe que todos sus anhelos son construcciones imaginarias. El hombre seguirá siendo un “extranjero de una ciudad derruida”, mientras afuera sigue el tiempo de la vida horadando entre la inercia: “para siempre el silencio persevera/ en las piedras, destruye los instantes, habita/ el mundo desolado donde los cuerpos buscan/ la respuesta esperada, la morada perpetua.”

Como lo señala Víctor López Raché, ningún verso de Obregón expresaría esta condición peregrina con tanto acierto como el siguiente: “terrible navegar en el asombro”. El poeta navega en el asombro de sus promesas, a través de sus moradas imaginarias, pero la incertidumbre de la distancia esconde la faz de lo terrible. Como el ángel de Rilke, lo bello es soportable en sus promesas, terrible y desgarrador en la esperanza.

Exilio de las palabras y del poeta. Viaje a través del espíritu y de nuestro propio despojo. En Distancia destruida no hay todavía una aceptación de la deriva. Un aprender, en el dolor del exilio, que los ídolos y las certezas tenían que derrumbarse. El poeta se sitúa en el “estuario de un lenguaje ignorado”, pero no asume vitalmente ese estado que es la aventura obligada de los modernos. De ahí la alteración en la respiración de estos versos, su alumbrada agonía que en ocasiones, desde la soledad de sus noches, recuerda el desgarramiento del mejor romanticismo. Obregón tendrá que esperar a su segundo libro, para asumir el “Estuario” en su milagro. Aceptar que en la espera estaba la revelación y el disfrute de la vida, no en las moradas definitivas o en los reencuentros.

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