Álvaro Mutis. Epifanías de la lluvia.

El poema como una epifanía.  Si el autor de los días de Mutis hubiera sido un novelista, Proust por ejemplo, y no el Señor de los “desastres” y la “descomposición”, la narración habría comenzando con las lluvias de su Nocturno: “esta noche, ha vuelto la lluvia sobre los cafetales./ Sobre las hojas del plátano, sobre las altas ramas de los cámbulos,/ ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima/ que crece en las acequias y comienza a henchir los ríos/ que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales”.

Llueve en Bruselas, donde el poeta estudió cuando era niño. Llueve sobre los eucaliptos de la Sabana de Bogotá, vistos por la ventana de un tren amarillo. Llueve en los sesentas mexicanos, contando las horas muertas del presidio de Lecumberry: “la lluvia caía ya torrencialmente. Lavaba el piso del campo y saltaba entre el lodo fresco y humeante… tendido de espaldas en mi litera, sin poder dormir, tuve la impresión de que el penal había comenzado a navegar sobre las aguas innumerables y nutridas y que viajábamos todos hacia la libertad, dejando atrás jueces, ministros, amparos, escribientes….”.

Llueve una lluvia sensual, afuera, pero parece que lloviera dentro de nosotros mismos. En la memoria más profunda de cada uno de nuestros sentidos, devolviendo los tiempos perdidos de un pasado remoto, el miedo, los trenes y su rumor de agua. Por un momento no oímos la lluvia; somos su caída: “y entre el vocerío vegetal de las aguas/ me llega la intacta materia de otros días/ salvada del trabajo de los años.”

 

Quizás esto ocurre porque  llueve en Europa, en México, en cualquier otro rincón de los exilios, poco importa el lugar específico. Para el poeta, sus climas interiores, siempre caerán las gotas en las regiones de la infancia. Sobre los cafetales de Coello, la hacienda que quedaba en “las tierras calientes” del Tolima colombiano, y de donde nace buena parte de esta poesía. Coello es la pequeña patria del viajero, es la Combray de Álvaro Mutis. En las hojas sonoras de  estos cámbulos ya estaban los materiales de su asombro, las redes por donde habrían de tamizarse el resto de sus días.

Mutis publica sus primeros poemas en 1948, y con un tono más decidido en 1953 cuando aparecen Los elementos del desastre. Hay que decir que nunca antes había sido la poesía colombiana tan compleja en sus sensaciones, tan hondamente material.  Había otro país en estos versos, pleno y abúndate. Una América brutal, si se quiere, pero también maravillosa, aunque ya sabemos los usos y abusos que le han traído estas palabrejas a las letras latinoamericanas.

Eduardo Carranza había hablado antes de gualandayes y de sietecueros, de una riqueza natural con nombres propios. Aurelio Arturo, otro maestro de Mutis, elevaba los paisajes colombianos a las esferas de lo mítico. Pero nunca con estos olores, con estos sabores que, en el mejor de los casos, llevan al lector al borde de las náuseas, “la hiel de los terneros que macula los blancos tendones palpitantes del alba”, “la boca enorme brotada como la carne de un fruto en descomposición”.

Estos poemas, entre el sueño y la catástrofe, recuerdan como ningún otro autor latinoamericano a Saint John Perse. Esas evocaciones que se ubican en la delgadísima línea que separa a la ceremonia de las intimidades, la violencia de la naturaleza y de los sentidos que aparece en estos poemas orilleros, y que supo traducir al español con tanto acierto el poeta Jorge Zalamea, maestro y amigo del propio Mutis.

Si se quiere una prueba de que el paisaje de estas literaturas no es el prodigio exótico donde todo cabe, una especie de trópico hiperbólico, siempre complaciente para la exportación, está la poesía de Álvaro Mutis como el mejor ejemplo. Lo que hay aquí es una visión ecológica en su sentido amplio, nada de mariposas amarillas o de balnearios para el turista. Un recorrido que pasa por la putrefacción y la degradación de los elementos, para mostrarnos al hombre y a la naturaleza en sus relaciones más intrínsecas. Aquí, hombre y naturaleza, están hermanados por un mismo tiempo corrosivo, por una fuerza que pasa oxidando los objetos, las casas, descomponiendo los cuerpos y las plantas. El mundo de Mutis se sucede en la “guerra”, y es en el conflicto donde se revela el papel de los seres en este universo: “nada cambia esa serena batalla de los elementos mientras el tiempo/ devora la carne de los hombres y los acerca miserablemente a la muerte como bestias ebrias”.

Quizás sea por esto que dice José Miguel Oviedo, crítico y ensayista peruano, que el paisaje de esta poesía, más que un fin en si mismo, es un “ámbito al que el poeta articula una desagarrada visión de la aventura humana”, o que diga Héctor Rojas Herazo sobre el primer libro de Mutis con su habitual lucidez: “los elementos del desastre, parece decirnos en estos cuadros sonoros, son nuestros elementos, Estamos hechos de destrucción y duda. De cosas que nos reclaman para morir en nosotros”.

En estas circunstancias, el hombre es una entidad transitoria, sometida a las fuerzas que lo corroen. Un sujeto a la deriva de su temporalidad, y que encuentra en el viaje y sus “tribulaciones” la mejor metáfora para describir su existencia pasajera. No debe sorprender que esta condición temporal del ser humano, de la naturaleza y sus fenómenos, coincida con unos espacios que casi siempre son lugares de paso: hangares, puertos, barcos u hoteles, que la mayoría de los personajes que pasan por estas páginas sean unos viajeros sin término.

A propósito de los espacios no cabe duda que en los hospitales, más que en ningún otro sitio, es en donde esta guerra de los elementos se hace más intensa. En los hospitales el tiempo se expresa en degradación. La vida, en el decir de los románticos, se reconoce ella misma como una enfermedad. En los hospitales nacemos y morimos, marcan los sórdidos paréntesis de nuestra vida. En ellos es donde el hombre moderno adquiere una conciencia definitiva de su estado material.

Tal es el espíritu de Reseña de los hospitales de ultramar, segundo libro de Mutis. Mostrar el ser humano en sus límites materiales, a las tierras calientes en su plenitud sensorial: “El techo de cinc reventaba al sol sus blancas costras de óxido…el sol hería los ojos hinchados y cubiertos de de blancas natas…”. Todo el libro podría ser un inmenso purgatorio de cascadas, cuadros de fiebre y vagones abandonados. Una metáfora del hombre arrojado, en el goce sensorial de los elementos pero a merced de ellos. O como lo escribe Octavio Paz en su ensayo sobre el libro: “teoría de males, sucesión de visiones, lento despliegue de paisajes suntuosos y malsanos… la desolación americana, la monotonía del llano, la fantasía –abigarrada, sórdida, delirante- de las tierras calientes. Paisajes insoportables. Amor y venganza a un tiempo: el poeta nos obliga a reconocernos y, así, a soportar nuestra realidad”.

Hay en los poemas de Mutis un eco de esas teorías cosmológicas del renacimiento, y que profesaban que las partes del cuerpo, del mundo y del texto, estaban  dispuestas bajo los mismos códigos, que una misma armonía regía todas las cosas sin importar el orden de sus esferas. Hablar del orden de un texto era hablar del orden del cosmos. El cuerpo estaba organizado con la misma lógica de las estrellas. Aquí, como en estas doctrinas herederas de los pitagóricos, existe un mismo orden que dispone al texto, al hombre y a la naturaleza desde sus mismos elementos. Pero esta armonía integradora se presenta, paradójicamente, bajo las melodías de la disonancia, en la aceptación de que los seres, consciente o inconscientemente, viven o se reúnen en el espectáculo paciente de su propia destrucción.

Guillermo Sucre, el célebre ensayista venezolano, identifica las pulsaciones de toda esta poesía con el verso “una  fértil miseria”. Fértil es la naturaleza de las tierras calientes, como fértiles son sus habitantes que a pesar del tedio, la inercia, no tienen más remedio que copular mientras “vigilan los insectos”, expresar su erotismo hasta los niveles orgiásticos de La mansión de la Araucaima, para usar un ejemplo del Mutis prosista. Fértiles, la naturaleza y los hombres, pero también miserables, pues toda esta abundancia es esclava de un tiempo que todo lo merma, todo lo empobrece con una voracidad superior a la de otras latitudes.

Esta dinámica paradójica, en la interpretación de Sucre, también cobijaría los dominios del lenguaje. El poeta sabe que sus palabras son ampulosas, ricas en significados y en atmósferas, pero también es conciente de la incapacidad de estas mismas palabras para volver a convocar los elementos en su furia, para representar lo poético que ya habitaba en las cosas antes de la llegada del poema: “de nada vale que el poeta lo diga…el poema está dicho desde siempre”, como lo afirma Mutis en el poema “Los trabajos perdidos”.

Si la vida en las tierras calientes seria una miseria fértil, lo mismo podría decirse en cuanto al drama de nombrarla: “Poesía:… Comercio milenario de los prostíbulos.”

Esta razón desesperanzadora se encarna en la figura de Maqroll el gaviero, heterónimo y protagonista de esta escritura. Una especie de antihéroe que recuerda esos personajes de Conrad que, siempre contrarios a Macbeth, no quieren dar el paso del deseo a la acción. Y hablo de la desesperanza con toda conciencia de que el propio Mutis, en varias entrevistas, confiesa que en esta y no en otra palabra estaría la clave de su escritura. En una conferencia que precisamente se titula La Desesperanza, señala Mutis los cuatro rasgos de esta actitud. Creo que estos rasgos también serían las cualidades de Maqroll el gaviero: Maqroll es lúcido, solitario, es un incomprendido –precisamente por su lucidez-, y a pesar de las esperanzas transitorias que mueven su alma, tendrá una firme conciencia de su propia muerte. Esta razón sin esperanza, solitaria y consciente, será la gavia desde la que esta poesía observa al mundo. Los catalejos oxidados por donde se vislumbran estos mapas de enfermedades y viajeros, objetos abandonados al sudor y a la herrumbre.

Poesía del calor, todo se reúne en estas tierras calientes: húsares y trenos, espartanos, cafetos, orquestas y capitanes, mitologías. Todos los caminos conducen hacia Coello,  y es la palabra –pobre, desgastada- la única alternativa para reunir el vértigo, la última y desesperada cartografía en donde sobreviven estas memorias. La palabra en Mutis es una resignación de la memoria, un muestrario de despojos. Quizás sea por eso que el poeta, en una suerte de juego cervantino, se nos presenta tan sólo en su faceta de transcriptor, como el que ordena y compila unos manuscritos dispersos o salvados del naufragio.

Tras la lectura de estos documentos –fragmentos, trozos, codas y otra vez, “elementos”-, queda la sensación de que estos papeles son sólo una parte de la historia, los sobrevivientes de una realidad que es mucho más basta, y que se ha perdido sin que sepamos mayores detalles del cataclismo. Los vacíos son tales que no sabemos con claridad qué es historia o qué es fantasía, si de lo que se habla es de personajes literarios o de fantasmas del pasado.

Con Los elementos del desastre la poesía Colombiana se contagia de literaturas. El libro, que desde su publicación despertó la sensación de nuevo tipo de escritura, coincide con esa tendencia tan fructífera de una poesía latinoamericana que se reconoce, abiertamente, como juego de versiones y fabulación creadora. Que abre sus aguas a la inmensidad de la imaginación, poniendo en entredicho nociones antes incuestionables como la unidad cerrada de un libro de versos, la verdad referencial de las confesiones, aquella regla de que el autor y el “yo” de los poemas eran una y la misma persona.

Ya en León de Greiff, el poeta modernista, se vislumbraban estas posibilidades, y se hablaba de personajes de la ficción dentro de los terrenos de lo lírico, un género que en el siglo XIX estuvo reservado para la solemnidad de las confidencias. Pero en Mutis, de una manera más definida que en de Greiff, se adoptan estos recursos en una demostración de humildad lingüística, no sólo para asumir el juego por el juego, el desdoblamiento de voces por un amor formal a la polifonía. Mutis, como buen lector que es, sabe que la literatura ocurre en los dominios del lector, que es él, en definitiva, quien tiene las últimas palabras sobre un texto. Como ocurre con Borges, el poeta ha bajado de las alturas de la revelación, su contacto directo con los dioses, para restituir la poesía a las manos del lector, volverla juego y pregunta desde la incertidumbre, demostrarnos cuánto hay de literatura en nuestras vidas y cuanto de fabulación en nuestras propias memorias.

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Hacia finales de los cincuenta, tras dos libros publicados y una obra que se iba apreciando con fervor por los mejores críticos, a Álvaro Mutis le llegó el presidio. Contaba el poeta desde la cárcel de Lecumberry, en entrevista con Elena Poniatowska: “estos diez meses de encierro –y los que aun me falten- los considero como una terrible pero fecunda experiencia humana, que me ha acercado a mi corazón y a mis asuntos”, y agrega después con la sinceridad y la inteligencia que hacen de buena parte de sus entrevistas verdaderos textos literarios: “éste ha sido un trance importante, doloroso, pero se han abierto una cantidad de puertas a la sensibilidad y creo que por primera vez, sé lo que es el contacto humano verdadero”.

Y puede que los poemas reflejen este cambio. Los dos libros anteriores, desde sus búsquedas literarias, señalaban los elementos del desastre en un tremendo teatro de sueño, atravesado de hazañas y relatos trasfigurados. Ahora el poeta, a fuerza de los acontecimientos, es parte dolorosa del juego que antes nos señalaba. Previo al presidio nos decía: “miren al hombre, arrojado, exiliado de todos y de sí mismo”, ahora es cuando el poeta recorre su propia soledad, y realmente habita en la desesperanza que predicaba Maqroll.

Antes se hablaba de la miseria, en la naturaleza y en la poesía, ahora se reconoce en ella como ante su única “gavia”: “Cala tu miseria,/ sondéala…”. Hablaba el poeta del exilio como tema literario, casi de una manera inocente entre marineros y húsares, ahora lo experimenta en carne propia con toda sus durezas: “Y es entonces cuando peso mi exilio/ y mido la irrescatable soledad de lo perdido/ por lo que de anticipada muerte me corresponde/ en cada hora/  en cada día de ausencia…”.

Los trabajos perdidos, poema tras poema, se sucede como las cuentas dolorosas de un rosario del exilio. Es un catálogo de elegías que va desde Matías Aldecoa, un personaje de León de Greiff, hasta ese extraordinario poema para el legendario Capitan Cook. Pasa por el Breve poema de viaje, donde la muerte llega como un llamado al final de los trenes y de la espera, termina en la muerte de las ciudades y sus batallas olvidadas, doblemente muertas entre el olvido y la ruina.

Exilio y muerte, las dos palabras casi siempre vienen juntas, no se relacionan de manera gratuita. El exilio es un corte forzado -aún más si es en la cárcel-, mientras la vida verdadera ocurre en otra parte, es otra forma de la muerte, entre distancias y fantasmas. No en vano escribe el crítico palestino Edward Said, otro exiliado en aquel siglo de diásporas y refugiados políticos: “el exilio es como la muerte, pero sin la promesa de un descanso hacia el final”.

En el exilio, Mutis medita en los caminos de lo vivido. En las hazañas no vividas o simplemente aplazadas, y que en su carácter fantasmal remueven desde el fondo, como la amputación de un destino. Escribe el poeta preso en su conmovedora Canción del Este.: “A la vuelta de la esquina/ te seguirá esperando vanamente/ ese que no fuiste, ese que murió/ de tanto ser tu mismo lo que eres”. Es aquí cuando el hombre comienza a recordarse, a recordar en silencio para salvar algo de la vida ante la inminencia de la muerte; “buscando, llamando, rescatando, la semilla intacta del tiempo,” como el Proust de su poema. Cuenta Poniatowska que el único cuadro que tenía Mutis en la celda, el único, era un pequeño retrato del autor de A la busca del tiempo perdido.

Algunos años después del presidio, escribe Mutis una pequeña reseña sobre Proust en la que recuerda, memoria de sus lecturas, la frase que escribió el francés en alguna de sus cartas: “la vida, la verdadera vida, la realmente vivida”. No encuentro una mejor frase para describir este tránsito, la transformación que le implicó al propio Mutis su experiencia de Lecumberry. El exilio fue para el poeta entrar en esa “vida, la verdadera vida, la realmente vivida”. En la cárcel, aislado de los suyos, recuerda los trenes que entraban a la Sabana, entre los eucaliptos de su infancia. “El tren es mi madelyn”, dice en alguna de sus entrevistas. La lluvia lo devuelve a las tierras cálidas del Tolima, no sólo para hablar de su fértil miseria, síntesis prodigiosa de abundancia y descomposición, sino para recobrar los años sagrados de la infancia, los tiempos perdidos que sólo se pueden recobrar por obra y gracia de la literatura, en la invención de una palabra que imagina los viajes en las celdas, vidas posibles en los vacíos y en las fisuras.  

*

 

Con Los trabajos perdidos, se cierra un ciclo que el propio Mutis denominó como Suma de Maqroll el gaviero. Suma de sus tres primeros libros y de algunos poemas sueltos, y que junto con sus entrevistas y sus prosas, los textos críticos sobre su obra, conforman ese maravilloso volumen que editó Colcultura. “Suma de voces”, para usar la expresión de Sucre, de voces propias y ajenas que consolidan entre los viajes, la desesperanza, los ríos de Coello y las lecturas, uno de los mundos más propios y originales que haya dado nuestra poesía.

Conocido es el Mutis novelista. Ni hablar del escritor de relatos breves como La muerte del estratega y El último rostro, aquella pieza maestra sobre el libertador Simón Bolívar. Pero, ¿qué decir de la poesía posterior, la que escribió después de un silencio poético de más de quince años?

Existe un cambio drástico. El poeta de las tierras calientes, que hacía una poesía fundamentalmente americana, mueve su centro de gravedad hacia la España de los Asburgos. Se denomina monárquico en los poemas, cuando antes sólo lo hacía en sus entrevistas, y entre viajes y desilusiones, reinas o pantomimas, encuentra sus arraigos en Cádiz, cerca de los reyes y muy lejos del Tolima.

Desilusión ante una realidad hostil, que en no pocos casos alcanza a defraudar hasta a la sensibilidad más fiera. Derrota del país y de su intento por comprenderlo, de la naturaleza en el fracaso voraz de nuestras sociedades: En las Nieves del Almirante, primera novela de Mutis, aparece la imagen de unos aserradores para acabar con cualquier esperanza. Lo que ocurre en la poesía posterior quizás sea el más dramático de los exilios: el poeta ha sido desterrado de un lenguaje poético, de un paisaje americano que fue su aventura, materia de su asombro y de buena parte de sus pulsiones afectivas. La dispersión de los libros finales sería la dispersión de un poeta que ya no encuentra casa, que ha dejado de creer en lo que ha perdido y que ha tenido que perder lo que creía querer. “Aquí se frustra toda empresa humana”, dice el Bolívar del Último rostro  viendo a su América derrotada.

Ese Mutis rotundo, que hacía una poesía de lo concreto, ¿es el mismo escritor etéreo, de leyendas librescas como las que aparecen en Caravansary? El poeta que hablaba de la poesía como de “un trabajo perdido”, y que desconfiaba del valor musical de las palabras para privilegiar su expresión material, ¿es el mismo poeta que compone Líderes? ¿Líderes, que son la quintaesencia de la  poesía lírica de la que antes renegaba, y más si son inspirados por Schuman -entre Schubert, Mahler y Brahms- el más lírico de los compositores de líderes-?

¿Es el segundo Mutis un nuevo poeta? ¿Una voz que se acerca a un cierto misticismo fabulado y que su autor, a fuerza de sus esfuerzos narrativos, no llevó hasta sus últimas consecuencias? La poesía del final es de gran factura, no queda duda, pero más que un nuevo lirismo lo que podría estar ocurriendo es un comercio demoledor: el primer Mutis amaba una realidad, y pagaba su precio con “palabras pobres”, incapaces de devolverle a la memoria su furia sensorial. Ahora es la realidad la que se ha convertido en un “trabajo perdido”, y ante el peso de las ruinas, el corte afectivo con un paisaje, trata el poeta de animar unas palabras en las que nunca ha creído por si solas. Lo que podría estar escondiendo este cambio sería un duelo poético: por las ilusiones perdidas y por el poema ido, una lenta sustracción de la materia prolongada y dolorosa. En adelante, lo que hay es un cortejo de memorias como fantasmas fatigados, el relumbre de un esqueleto, lúcido y musical, donde antes la vida de los versos.

Téngase la idea que se tenga sobre esta poesía, se diga lo que se diga sobre sus últimos libros, lo mejor del Mutis poeta ya estaba en La suma. Por su franca materialidad, porque que esta poesía, como ocurre en muy pocos casos, revive el milagro del que reside en la tierra.

Y hablar de Neruda y de Mutis es como hablar de dos viejos conocidos. A su manera y desde sus propias obsesiones, los poemas de la Suma conforman una personalísima Residencia en la tierra. Son una hacienda de voces que se puede recorrer, sentir desde sus aromas en una experiencia casi táctil. No en vano Enrique Molina, un poeta muy cercano a los afectos de Mutis y de su propia poesía, le escribe un poema a Maqroll en el que se refiere a esta poética como a una “casa”, “una casa” que, escribe Molina, “se abre hasta el hueso de la tiniebla/ entre la risa de los cafetales, tierna y despótica/ como toda presencia amante”.

De los poemas del final, agrupados después en varias compilaciones, quizás sea Visita de la lluvia el que más nos recuerda al primer Mutis: “Llega de repente la lluvia, instala sus huestes, minuciosos guerreros de seda y sueño. Salta gozosa en los tejados, desciende por los canalones en precipitada algarabía.” Este poema es en encuentro con los reencuentros, como si el poeta, ante la vejez, regresara a esas estancias que nos había dejado intactas, esperando su correlato desde los años sesenta.

Sus palabras –no podría ser de otra manera-, tratan sobre la lluvia y sus caídas. La lluvia que trae el recuerdo entre los plátanos y los cafetales, que vuelve a caer sobre los tejados de la infancia, cristalizando toda una vida en una sola imagen. Lluvia que vuelve a bendecir la tierra que exaltaba Aurelio Arturo, “Ocurre así la lluvia”. Y la elección de este epígrafe del nariñense no es gratuita, marca el retorno de Mutis a la entroncada paradoja de lo americano, sus derrotas y aventuras.

Todo el poema tiene el tono de una esperada reconciliación, con las voces del pasado y con un paisaje, pero ahora, en las postrimerías del último viaje, la lluvia no es sólo el recordatorio de la infancia, lo que salva del olvido a los materiales del pasado. La lluvia, testigo de los años, se ha convertido en la prolongación ausente de los pasos del viajero: “recordemos siempre esta visita de la lluvia. Cerrados los ojos tratemos de evocar su vocerío/ y  asistamos de nuevo a la victoria de sus huestes que, por un instante, derrotan a la muerte”.

Y algo hay de profecía en estas palabras, de una herencia que supera las páginas y se vuelca en las entretelas la realidad. Se ha dicho varias veces que todos los poemas nos despiertan memorias, y que otros, muy pocos, logran apoderarse de las imágenes hasta hacerlas sus recuerdos. Cuando caiga la lluvia sobre los cafetales a muchos nos será muy difícil, acaso imposible, que en medio del vocerío de las aguas no aparezca la imagen de Álvaro Mutis para acompañarnos.

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