Una generación sin rostro

A los poetas nacidos en los sesenta les tocó en suerte una búsqueda en el vacío. Y en esa conversación anémica, escrita desde la soledad de lo perdido, quizás sea de donde nazcan sus mejores poemas. No hay que olvidar que estos poetas comenzaron a publicar sus libros en los ochentas y noventas, un periodo de crisis culturarles y abulias, parálisis de todo tipo.

Puede que nunca antes se haya presentado una situación tan desgarrada y ambigua en al poesía colombiana, de un descreimiento en las posibilidades del mundo, y, al mismo tiempo, un doble descreimiento en las posibilidades del el lenguaje para reunir o agujerear ese mundo. Sin la esperanza o la desilusión de sus antecesores -quizás sin la aventura y la conciencia lingüística de sus predecesores-, estos poetas se encuentran en la dolorosa medianía de escribir sobre un entorno que saben derrotado, defraudado desde el principio, que en el fondo no les preocupa como conjunto ni para asumirlo ni para trasformarlo, y deben hablar sobre estas cosas en la herida de unas palabras que han perdido su carácter ritual. Cansadas de giros y tradiciones. Gastadas por el uso y el abuso de los medios.

Basta una rápida enumeración para constituir la crónica de un desgarramiento.

Pauperización de la cultura popular en las ciudades y en los pueblos, lo que confinó a la poesía a un dialogo puramente intelectual, sin válvulas de escape en el habla cotidiana. Crisis de los medios y los programas estatales en su atávica confusión de cultura y entretenimiento, lo que llevó a la disolución de la crítica de los periódicos y de buena parte de las librerías. En este sentido la aparición de las nuevas tecnologías sólo ha conseguido una dispersión difusa de las mismas dificultades.

En el caso colombiano no puede pasar de soslayo la alarmante bancarrota de editoriales y periódicos. Revistas y cinemas, cafés literarios o canales culturales. El derrumbe de toda una era latinoamericana que vio en la cultura la posibilidad de otra vida, y terminó en el cinismo de las industrias culturales y el exotismo comercial como eje temático. Este giro le agregó a la ya considerable dificultad de los tiempos una dificultad real para sobrevivirlos dignamente a través de la escritura.

A lo ocurrido en la esfera de lo público habría que señalar un academicismo progresivo de las artes, que entre la muerte del autor –Roland Barthes- y un miedo congénito al compromiso, terminó en muchos casos por concebir el poema como un mero artefacto, sin capacidad de reacción ante la barbarie ni huella de personalidad. El libro de poemas terminó por concebirse como un “proyecto bibliográfico”, y no como el resultado espontáneo de una violenta desconexión con la realidad o la memoria.

Soluciones foráneas como el neobarroquismo o la mal llamada “poesía de la experiencia”, podrían ser dos caras de la misma miseria. Una tratando de sobrevivir a la academia en el autismo del que enrarece las formas, le saca filos a los huesos. Otra en la falsa ingenuidad de una inocencia libresca, confesional, y donde “en cuya elocuencia la honestidad se tornó falsa”, para usar la expresión de Auden. Ambas posibilidades confinarían el lenguaje de muchos de estos poetas a un onanismo exasperante, y ante la masacre y del desgarramiento colombiano me atrevería a decir que este desdén se tornaría reprochable.

¿Cuántos de estos poemas no dejan al final de la lectura esa tremenda sensación de abandono, de algo que pudo ser y se perdió para siempre? Desgano y asepsia de las relaciones. Mierda pop debidamente empaquetada. Mentes de cubeta, a la deriva de ciudades o de aulas. Televisión y más televisión. Un exceso de televisión. Desaparición de cualquier utopía política o humana, personal o colectiva. Al punto que se podría pensar que en este relativismo estético el todo vale del verso sería también el todo vale de la vida misma. No es vano buena parte de esta poesía ha perdido su vocación de crítica para entrar los dominios de una retórica sin protesta, que no tiene la sensibilidad o la imaginación suficiente para dolerse en la andadura los otros, o simplemente para alumbrar en el lenguaje la deriva de sus tiempos.

Los mundos interiores se han vuelto en muchos casos mercancía pública, mera referencia. Simulación del tono en el lugar donde algún día estuvo el alma. La calle terminó por convertirse en una instantánea repetida, y sus vocablos resuenan sin ninguna propiedad, como una película extranjera doblada hasta el cansancio.

Y el hastió de la mirada cobija otras atmósferas: ineptitud generalizada para ver los fenómenos de la naturaleza, su visión instrumental de los temas y las referencias pertenece a la misma lógica que destazó el medio ambiente. Una ceguera libresca, pues el academicismo les impide ver en los libros o en el arte amistades genuinas, y si acceden a ellos lo hacen con la apetencia del que devora cenizas. Quizás sea por eso que la voz de de buena parte de estos libros se escuche desde lo hondo de un pozo. El poeta parece solo, usurpado en su aislamiento. Desterrado del mundo en su desprecio y desterrado de una poesía en la que ya no cree del todo.

Así, sin la incapacidad de verse en los rostros de los otros, ante la imposibilidad de ver en lo poético un espejo perdurable, estos poemas en prosa viven su propia “inflación creativa”, para usar la expresión de Brodsky. Se escriben en cantidad y por todas partes. Se escriben bien y muy fluidamente. Y de pronto esto ocurra porque ya no hay dolor en la cesura de las palabras. Ningún riesgo en las búsquedas que engendraron las imágenes, ni vértigo ni alegría. Sólo la amarga fluidez de lo que ya no tiene vida. Incluso muchos poemas parecen un certamen de ingenio, y desde allí el poeta nos guiña el ojo desde el fondo de la simplicidad.

En medio de este naufragio es que aparecen los poetas del sesenta, tratando de encontrar su rostro en el vacío. Buscándose un rumbo. Inventándose. Como ocurre casi siempre el trabajo de estos poetas es de carácter solitario. No hubo periódicos o revistas que reunieran sus trabajos. Muchos de ellos ni se conocen entre sí. En la deriva de sus voces pensar en un manifiesto o una estética coherente sería falsearlos por completo.

Al revisar voces como la de Jorge García Usta o Ramón Cote, Víto Apushana o Gabriel Arturo Castro, puede que lo que más sorprenda sea precisamente esa dispersión, la ausencia casi absoluta de rasgos de familia. Si existe algo que los reúna quizás sean las condiciones mezquinas de un país y de una época que limita o condiciona sus propias búsquedas, y a las que de alguna manera estos poemas aparecerían como respuesta.

Con algo de ironía, la situación de esta poesía sin rostro coincide con un desconocimiento casi total de estos poetas. De los que prácticamente no se ha escrito nada, y cuyas obras son bastante desconocidas aún en los medios literarios. Sin embargo, no son pocos los rostros que han buscado responder a esté vacío. Muchos de ellos con poemas muy bellos, como es el caso de Jorge Cadavid, Rafael del Castillo, Juan Felipe Robledo, Pablo Montoya, Hernán Vargas-Carreño, Luz Helena Cordero, Antonio Silvera o Luís Mizar Mestre, por sólo mencionar algunos. Ciertos nombres incluso nos sorprenden con libros enteros, que revelan una voz propia o un mundo personal dentro del mundo. Es el caso de Víto Apushana y su Contrabandeo sueños con arijunas cercanos, actualización de la cultura Guayú entre la arena y los sueños, las poemas del Corazón de Dios de Jorge Mario Echeverri, que aparecen como un conjunto de plegarias para un mundo indolente, La quinta del sordo de Nelson Romero, un bella serie de ese latido del mundo que fue Goya, o el caso de el Libros de los metales de Alejandría, colección de misterios forjado con malicia y delicadeza por Carlos Alberto Troncoso.

Todos estos nombres están y guardan su propia resistencia. Pero si se tratara de observar obras, poetas que han venido sosteniendo una voz durante varios libros aun a pesar de las dificultades, que de alguna u otra manera ofrecen un cuerpo como alternativa para la deriva de sus tiempos, quizás cinco nombres sobresalgan: Jorge García Usta, Carlos Patiño Millán, Gabriel Arturo Castro, Ramón Cote y el cubano Alberto Rodríguez Tosca, que aunque no haya nacido en Colombia ha vivido en Bogotá por más de diez años, y merecería ser incluido dentro de los poetas colombianos por su influencia y sus reiteradas alusiones a las circunstancias de nuestro país. A ellos quisiera dedicarle algunas palabras dispersas, devolverles un rostro.

Jorge García Usta

Si tuviéramos que hablar de un heredero directo de la poesía de Héctor Rojas Herazo, su afán de reanimar la vida en las aldeas y los cuerpos, al hombre desde “el barro de la inocencia”, este sería Jorge García Usta, nacido en Cienaga de Oro en 1960, y muerto prematuramente en el 2005 en la ciudad de Cartagena.

Desde sus primeros libros, Noticias desde otra orilla (1985) y Libro de las crónicas (1989), se ve la actitud del que quiere restituirle de los patios y a las calles, al mar y las mujeres de su tierra, la dignidad usurpada por una época sin arraigos. Hacer de sus asuntos y sus propios linajes una épica luminosa: “un patio con nísperos/ donde el miedo y la alegría aleteaban/ como pájaros ante el primer sol”, nos dice en su poema Cédula, o le canta en este otro al gran Alejo Durán, como si de un nuevo comienzo se tratara: “endulzas la hombría mas antigua,/ tu voz recuerda la importancia de los árboles,/ y logra del monte/ un arte de orígenes, más allá de todo hombre”.

El mar. Una muchacha. Conversaciones sobre béisbol. Su patria es la infancia en el Caribe y hacia ella vuelven sus palabras como un mar “que corcovea”. Si se alude a retratos ajenos como Jaques Prevert o Heráclito de Efeso, Paul Klee o Gauguin, se habla de ellos como de antiguos forasteros, visitantes de la niebla, por los que el poeta siente amistad como siente amistad por los árboles y las canoas, los niños.

Tiene razón Rómulo Bustos cuando destaca que en medio de una poesía egótica, clausurada en sus burladeros interiores, la poesía de García Usta se diferencia de las otras por la presencia de lo otro, su compromiso genuino con los rostros ajenos. En estos versos respira la solidaridad del que vino a estas tierras para quedarse, y esto ocurre en un país que más que un mestizaje es un cruce de desarraigos. Dice en el poema a su ciudad natal, Cienaga de oro: “No se si el polvo en algún otro mundo/ será esta cosa triste, festejable./ Vengo de Ciénaga de Oro./ Mi corazón es obra municipal./ Me conformo con músicas baldías.”

Por supuesto, no es esta poesía amorosa la del que exotiza la miseria de sus tierras en realismos mágicos. Que ve lo propio con los catalejos ajenos y falsea la historia en un Caribe de maravillas. Nada de eso. La celebración de García Usta se va poblando de drama con el transcurso de las páginas, como lo señala acertadamente Bustos, evidenciando acaso que su fervor es nostálgico, que sus dominios son dominios perdidos, y “el río no es lo que se ve,/ sino lo que se recuerda”.

Es aquí cuando esta poesía de sabores locales, a la manera de Jorge Teillier, se vuelve una crónica conmovedora de un abandono, una búsqueda dolorosa de un país que se perdió, o que nunca existió plenamente al margen de los recuerdos.

Esta unidad de los propio y lo pasajero, lo épico y lo elegiaco, puede que encuentre su mayor expresión en el que podría ser el más bello libro de García Usta, El reino errante, poemas de la migración y el mundo árabes. Todo el libro es una genealogía conmovedora de los árabes que arribaron a los pueblos del caribe colombiano. Un ajuste de cuentas con los fantasmas, pero ante todo el hallazgo de un lenguaje que es él mismo una errancia por el olvido, cruce de sangres, memoria revelada en las cenizas de lo pasajero.

En sus últimos libros García Usta volcó su mirada hacia lo íntimo. Las huellas de la memoria y del amor en su memoria. Y algunos poemas logran esta inmersión con gran acierto. Pero su fiesta era de este mundo, en la vecindad de la intemperie y de las costas, las plazas y los amigos. Sus mejores poemas aparecen en el mundo del Zinú y de la Cienaga, ese rincón de luz que tuvo que abandonar con su muerte tan prematuramente, y que a la sombra de sus palabras venía siendo masacrado por los grupos paramilitares hacia esos mismos años.

Carlos Patiño Millán

Poesía dura, sin ambages. Nos habla desde la contención más áspera como un adiós de humo. Con estos poemas, como ocurre muy pocas veces, sentimos que la escritura es el último resultado de una amputación dolorosa.

Amputación del pasado y de los sueños perdidos. Amputación con la memoria y con una ciudad. Amputación de un lenguaje que pudo volar y ahora es ceniza, golpe de huesos, esquilas o vestigios de una ansiedad desmoronada: “Destinos del otro, aguas broncas de la inundación, furiosas de miembros arrancados de tajo”, concluye en alguna parte.

Poeta y cuentista. Periodista experto en medios audiovisuales. Carlos Patiño nació en Calí en 1961, y desde 1992 ha venido publicando una obra que ya consta de seis libros de poemas y tres libros de cuentos. Muchos de ellos han obtenidos premios dentro del país. En lo que se puede constatar, su obra ha tenido un carácter propio desde el comienzo, con muy buenos poemas en todos sus libros, especialmente en Hotel Amén, libro que ganó el Concurso nacional de poesía José Manuel Arango, y que fue publicado por la Universidad Nacional en 2007.

Hotel Amén es una suerte de diario pasado a cuchilladas. Fragmentos dispersos de una pérdida. Pareciera que el poeta más que recuerdos o relumbres nos deja una colección de despedidas. Escribe y va sentenciando su distancia de la ciudad: “…ni Juan ni José. El agua se derrama a mediodía.”. Se despide de los recuerdos: “Esa tarde ya no existe. Las sombras y los caminantes van cada uno por su lado”. Se despide del amor bajo un fardo de desilusiones: “ningún otro cielo. Tu enorme cuerpo vacío se encarga de no dejarme ver la luz de la mañana.” Se despide de su mismo lenguaje, lacerado e irónico, siempre irónico, hasta las aguas mas dolorosas del humor negro: “Para el poeta, el idioma ha dejado de existir por más que remede demonios que vomitan signos. Tú ya no puedes, quítate la máscara, deja de confundir incautos; así que me desnudo, para nadie más visible”.

En una generación de poesía con excesos de retórica, la sequedad de Patiño recordaría la honestidad lacerante, verdades desnudas. Quizás en las palabras para hablar de su pérdida hay ecos o rasgos de una perdida generacional, cuanto hay de muerto en todos nuestros asuntos. Puede que lo mejor de su poesía sean esos instantes en que la amputación de sus sensibilidad coincide con un país que está igualmente amputado, que naufraga en una violencia que cercena y olvida los cuerpos sin vuelta o redención. Son estos momentos en que es esta estética de cortes y de heridas se vuelve una protesta encarnada. Una metáfora hiriente del sinsentido. Se dice en el poema Sabanas de Córdoba: “….no son cuerpos. Cosas. Nada…Enterrados, los muertos vivos estremecen la sabana aún horas después de la desbandada de los asesinos”.

Escritura al margen de las palabras. Su lenguaje se sitúa entre el puro decir, sin más pretensiones que el querer decir algo, y una atmósfera indecible que circunda la punzada de estas imágenes. No hay regresos, tampoco consuelo, “las palabras arruinan el poema que no debería ser otro asunto que silencios”. Y sin embargo Patiño escribe. Traza el papel con sus navajas, hiere. Como en su poema del muerto en el río Magdalena, sus trazos en el papel podrían ser esa mano que flota y vuelve a enterrarse, un gesto que detrás de los dolores y el despojo se resiste en secreto a la disolución. Y escribe, dice. Muestra en su áspera despedida que no está del todo muerto, que como lo dice en algún poema, “Muerto. Aun respiro. Me abrazo a mi mismo pues soy lo único que queda”.

De pronto sea por esto que el libro comienza y termina con dos autorretratos. En el fondo esta poesía nos sorprende como una afirmación de la identidad. A la manera de Yannis Ritsos, el poeta se niega a naufragar del todo, quiere buscarse un rostro así sea en los pedazos.

Gabriel Arturo Castro

En el umbral de los misterios, en las regiones de la conciencia en la que moran los hechizos y los salmos, donde lo sagrado y lo profano manan de un mismo crisol alucinado, de ahí nace la poesía de Gabriel Arturo Castro: crítico y ensayista, antropólogo, nacido en Bogotá en 1962, y que actualmente vive en Ibagué.

Aunque su obra no es demasiado extensa, la aleación de sus materiales conforma ya una alquimia original, que se defiende por si sola en libros profundos y decantados. Es el caso de Alquimia de la media luna (1996) y especialmente Tras los versos de Job, ganador del premio Porfirio Barba Jacob en el año 2009.

“Tras los versos de Job”. Como lo insinúa el título el carácter de este libro será el de una colección de salmos truncos. Señales o reclamos que provienen desde lo oscuro, pero que saben que no hay sombra o justicia al otro lado de las palabras, que después de Job ya nadie bajará a darnos consuelo o a responder por nuestras súplicas. Y sin embargo en ese mismo acto de injuriar, imaginar, crear o reclamar, se cifran las posibilidades de nuestra libertad, aún al margen de todas las certezas.

La voz de estos poemas deambula en la duda de los ciegos: “escudriño. En los ojos del ciego está mi sangre/ y la madre de sangre ajena”, asume la poesía como una errancia por el misterio, y de ahí sus enormes posibilidades creadoras, pero también su fracaso al tratar de encontrar en las palabras un sosiego duradero: “podrás oír el ruido de las herraduras cuando hayas depuesto tu cólera”.

Para Gabriel Arturo Castro la libertad es libertad de imaginar, de atreverse a blasfemar desde el secreto de su alquimia, así ya no haya nadie a quien blasfemar. Así estemos del todo solos y la palabra sólo sea un espejo oscuro. Sabe que su lenguaje es falible, impenetrable a la comunicación, pero en su misma fragilidad refleja la huella de secretos ancestrales u olvidados resplandores. A la búsqueda de esas resonancias, navegando en el misterio, la palabra de este poeta se vuelve resistencia mágica. Una suerte de rito fabulado que nos recuerda el poder del lenguaje en nuestras vidas. El papel del misterio en un mundo que en su afán de verdades últimas termino por desangelar el mundo hasta su destrucción.

No hay resultados en las búsquedas, sólo un pausado trasegar en el misterio, pero que nos permite explorar regiones desconocidas de nuestra propia andadura. A la manera de Carlos Obregón, Castro se exilia en sus dominios interiores, sin certidumbres, sin esperar nada a cambio, pero en ese gesto rescata una interioridad que se pensaba perdida, un refugio transitorio para el lenguaje en tiempos en que las palabras viven la enfermedad de los abusos, se dicen y se pregonan sin ningún sentido, alejadas de su poder original.

Muchas de estas blasfemias interiores podrían entenderse como un cuadro simbólico de nuestro propio tiempo, y el exilio de este tipo de poetas sea el de todos los que quieren salvar sus palabras en medio del vértigo. Ante la situación, exilio, y en el exilio una resistencia a los sistemas, como lo recordaba T. W. Adorno en su Minima moralia. En el encuentro de un lenguaje apartado del mundo, en la travesía de un viaje imaginario, existiría la posibilidad de no envilecer en las lepras contemporáneas. Poder navegar en el misterio y así “perdurar de asombro”, para citar a Carlos Obregón.

Ramón Cote

Para estos tiempos de fragmentación y desgarramientos, pérdidas y vacíos, puede que pocas imágenes sean tan sugerentes como esa Bogotá de demoliciones y olvidos que aparece en la poesía de Ramón Cote, nacido en La capital en el año de 1963. Especialmente en los ámbitos de en su entrañable Botella papel (1998), ese “catálogo de las extinciones, liturgia de las presencias desaparecidas”, para usar las palabras al libro del poeta y librero Guillermo Martínez.

Ante los ritmos de una ciudad enferma que todo lo desplaza, que cifra sus dinámicas en demoler lo demolido y luego construir sobre la herida, desterrando a los fantasmas a pica y progreso, el poeta de estos versos contrapone una memoria desde los vestigios. Trata de darle un alma a lo perdido recordando la olvidada heráldica de los oficios en desuso. Devolviendo el fulgor a los escombros. Como los niños de sus poemas comprende “que las casas demolidas son el único lugar indicado para inventar sus ceremonias”.

El repartidor de carbón. La Zapatería. Los vendedores de corbatas. El fotógrafo de los parques o el afilador. Los taxis y las bicicletas de carnicería. La prosa de estos versos, bajo un aire casi caballeresco, devuelve el carácter sagrado a las cosas más cotidianas. Recuerda las infinitas liturgias de lo pequeño. Los rostros y circunstancias de lo que fuimos y en silencio destrozamos, de lo que arrasamos en nuestra propia esquizofrenia. Ante el vacío, Cote Baraibar recuerda la presencia de los fantasmas. Resiste en la imaginación como los brujos o los niños. Y en este gesto devuelve la ternura a una ciudad indolente, como si de un Carl Sandburg se tratara. La diferencia es el que el poeta de Chicago canta y protesta en el vértigo de la construcción, Cote baraibar reza y evoca frente al polvo de las demoliciones, nos recuerda que sobre los vivos, a la manera de Walter Benjamín, pesaría el fardo informe de las desilusiones de los muertos.

Como en su momento lo hizo Luís Vidales, Cote Baraibar vuelve a observar a Bogotá con los ojos de los niños, pero a la vuelta del tiempo sus ilusiones ya no serían los ámbitos cotidianos sino el despojo. Esa actitud nostálgica más que un lamento le ofrece a lo perdido una merecida oración, un reconocimiento, así sea para mostrarnos a todos que también estamos hechos de objetos y presencias abolidas, que lo que a diario matamos podría ser lo que más nos define.

En época de vacíos Cote Baraibar recordaría el papel de las herencias. Este réquiem de lo derrumbes aparece como un espejo reflexivo, podría señalar el origen de la frustración y el desarraigo de una ciudad que derrumba siempre el lugar de sus antiguas ilusiones.

En los Fuegos obligados(2009), ganador del premio Unijaca de poesía, su más reciente libro, vuelve aparecer la dinámica de un tiempo demoledor, su papel en una ciudad: “…de esa ciudad nada queda/, ni el rastro, ni el perdón del recuerdo./ Apenas perdura una carrilera que ni siquiera es capaz/ de llevarme a lo perdido”. Pero antes que nada es este libro un delicado breviario sobre un tema insoslayable en la poesía de hoy y de siempre: la dialéctica entre la memoria y la fugacidad del tiempo. Aquí se destacan varios poemas, especialmente los de la tercera sección del libro, Invierno y una acacia roja, donde el lirismo a veces etéreo de estas páginas encuentra su anhelada sugestión. Todo el libro aparece en el relente, como en la fugacidad de una vida misma. Pero esta poesía no es meramente una “poesía de la experiencia”. Existe una conciencia lingüística que supera lo anecdótico de esta denominación. La conciencia de que somos en un lenguaje ajeno y heredado, -Cote Baraibar habla de la poesía como de la “La Tirana-, y en el que nuestra propia experiencia más que autismo o vaso de recepción es una suerte de deriva compartida.

Tanto Botella papel como Los fuegos obligados, cada cual en su tono, conformarían una poesía que se ha ganado un puesto propio en esta generación. En su búsqueda de la memoria, “entre vestigios y fulgores”, el poeta de estos versos de alguna manera se negaría a decir con Artaud que el “el alma no ha sido más que un viejo refrán”.

Alberto Rodríguez Tosca

A lo largo de estos últimos años se ha señalado muy poco la influencia de este poeta cubano en las generaciones posteriores. El estrago que en ellos han causado sus poemas. Las nuevas miradas que se trajo en sus exilios voluntarios. Frente a una poesía colombiana que más o menos se ha mantenido en una misma gama de registros, Rodríguez Tosca trajo la fuerza de una lengua desconocida, heredera quizá de Virgilio Piñera y de la mejor tradición cubana. En su poesía habría una imbricación entre el habla y la reflexión, el canto y el cuento, un juego de asociaciones de una plasticidad y unos alcances que descontando ciertos casos aislados quizás nunca se habían presentado antes con tanta intensidad.

Rodríguez Tosca nació en Artemisa, La Habana, en el año de 1962, y desde su primer libro, Todas las jaurías del rey, publicado 1987, fue destacado como una de las voces más significativas de la nueva poesía cubana, obteniendo el premio David de poesía. Llegó a Bogotá en 1994 en el marco del Festival de poesía de Bogotá, y terminó por quedarse en la capital sin tiquetes de regreso. Desde entonces ha participado en varios talleres y proyectos editoriales, y ha publicado tres libros de poemas: El viaje (2003), Escrito sobre el hielo (2006) y Las derrotas, que aunque fue publicado en Cuba podría ser el más bogotano de todos sus libros, pues es el exilio del mismo poeta, sus pérdidas y simultaneidades, lo que traza el espacio móvil de este libro extraordinario.

Entre el humor y el drama, el juego y la dureza, pareciera que el poeta de estos versos hubiera creado una nueva dimensión para hablar el dolor. Su tono, una suerte de ironía quejumbrosa que ríe y se retrae, se duele y se sonríe, asume la derrota y se compadece de los victoriosos. Esta capacidad del lenguaje, su aterradora diversidad, aparece de una manera particular en los poemas de Escrito sobre el hielo, pero especialmente en Las derrotas, uno de los libros mas importantes de la poesía colombiana reciente, y me atrevería a decir que algún día será una pieza infaltable para el que trate de comprender la poesía latinoamericana de comienzos de siglo.

Sobre Las derrotas escribe en el prólogo Rafael Alcides, uno de los grandes poetas cubanos del siglo XX: “es tan bueno que asusta. Yo no sabía que se podía escribir así, Alberto, no lo sabía. Ni me lo imaginaba.”. Y no es para menos. El libro, de comienzo a fin, es un ajuste de cuentas con la memoria en el filo de la vida, un esfuerzo del poeta por entenderse en el mundo como el resultado no de los logros, sino de las pequeñas derrotas que lo precedieron. Derrotas vividas y propinadas. Derrotas por lo hecho y hasta por lo no hecho, pues pareciera que aquí, como en la filosofía de Wittgenstein, las posibilidades irrealizadas, acaso imaginarias, acechan tanto como las realizadas

Cada poema un día, el libro, cuatro semanas. Cada poema un tanteo del poeta en las regiones del miedo y del dolor, una errancia por los rostros, los puertos, las mujeres y los afanes, pero que siempre -maldición del marinero- conducen de nuevo al espejo del poeta. Ya lo decía Joyce: “Si Judas sale esta noche sus pasos le llevarán hacia Judas. Cada vida es muchos días, día tras día. Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos.”

Aquí el poeta canta y escenifica a la vez. Se confiesa y luego finge, borrándonos las fronteras entre lo vivido y lo creado, lo leído y lo sufrido. Quizás sea Alberto ese “mentiroso que dice la verdad” del que hablaba Mallarme, “el poeta fingidor” del que hablaba Pessoa, y que nos muestra su yo como una entidad roturada y diversa, a la vida en la ambivalencia que la hace propiamente humana. Tiene razón Alcides cuando dice que este libro, más que un diario, que un enorme testamento del exilio, es un “cataclismo humano”.

Hay una Bogotá violenta, azarosa, que pocas veces se ha visto en los poemas, y que el poeta, quizá gracias a su destierro, puede comprender como la ciudad de huidas y desarraigos que también es. Nos dice en alguna parte “Si, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar”.

Pero también hay, y quizás sea éste el mayor mérito del libro, el hallazgo de un tiempo dentro del tiempo, distinto al de los relojes del banquero y del publicista de esperanzas. Alberto Rodríguez Tosca, como los grandes maestros de la música, nos devuelve la duración de la vida en su horror y en su belleza. Nos recupera una visión de lo temporal que en la complejidad de su secuencia, entre los ires y venires, contrapuntos y cortes, rompe la idea de una historia lineal, de ese hacer fila que es el rasgo más característico de esta modernidad ramplona que borra los rostros hasta el unanimismo.

Hay pues, un tiempo de los derrotados, por oposición al tiempo de los victoriosos que hoy reinan: “emprendedores”, “exitosos”, “ganadores”, “arribistas”, “realistas”, y que en Colombia o en Cuba ya han dejado demasiada sangre, demasiados olvidos bajo las fosas. De ahí que este libro, memoria de unas derrotas personales, autobiográficas si se quiere, sea también un testimonio del siglo ido, de una generación que “he visto izar las banderas y quemarlas después”. Un siglo en el que, como también lo dice Rodríguez Tosca en alguna parte, “las mejores mentes de mi generación dilapidaron en un grito todo el silencio que necesitaron después para salvar la patria de los padres”.

Al leer estos poemas nos queda la sensación de un hombre que escribe con todo el cuerpo, sensibilidad e inteligencia, imaginación y vísceras, intuición e instinto, y es el papel una especie de cartografía sísmica donde las fuerzas danzan. Con los buenos poemas solemos tener la sensación de que se crea un mundo, un eco en el eco de las palabras. Con Alberto tenemos la sensación de que es el mundo mismo el que late en el verso, no un mundo propio sino el mundo. Ese que ronda en torno a esta poesía donde el habla popular y las referencias, la vida y el canto, todo el fantasmario de voces que también nos constituye, pasan por el poema dejando una enumeración derrotas.

Poeta del vencimiento y los trabajos perdidos. Como Beckett, el aire de sus asuntos se alimenta de fracasos. Y sin embargo sorprende que un poeta de restas tenga un lenguaje que funciona por acumulación, por suma y no por abstracción. Alberto Rodríguez Tosca, se podría decir, gana pérdidas y suma restas. Esta situación paradójica encuentra su expresión en un lenguaje que opera como el de los barrocos, en la concentración de los elementos, pero cuyos materiales son los fraudes y las miserias más comunes, no la palabra abstrusa, sino las voces y los enunciados más simples del habla cotidiana. Este poeta colombo-cubano, a su propia manera y desde sus propias carencias, constituye los conjuntos más ricos y complejos con los elementos más pobres y sencillos. Y en ellos el dolor, el miedo. La esquizofrenia de tiempos y de espacios que depara el exilio. Quizá esta época de vacíos y derivas encuentre en este homenaje a las derrotas su máxima asimilación, también su estremecedor diagnóstico.

  • Sabes hubieras colocado las foto de ellos aqui. o sea, para conocerlos

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