Temporada de Estatuas

Foto por Carlos Mario Lema

En medio de un “tiempo envilecido”, de estatuas rotas y parálisis de todo tipo, publicamos la bella presentación que hizo Piedad Bonnett a Temporada de estatuas, último libro de Juan Manuel Roca: palabras de una poeta para celebrar la rebeldía y el consuelo de otro poeta.

TEMPORADA DE ESTATUAS

Leí por primera vez a Juan Manuel Roca cuando era muy joven, a los 18 o 19 años, y todavía recuerdo mi deslumbramiento. Su mundo poético habitado por sombras nocturnas, trenes, caballos, sus atmósferas oníricas y su entraña expresionista, poblada de imágenes, no sólo me sedujeron de manera parecida a la de los cuentos fantásticos en mi infancia, sino que impulsaron definitivamente mi vocación literaria y poética. Desde entonces he seguido paso a paso su trayectoria de escritor, trayectoria de absoluta coherencia, pues está sostenida por una de las más poderosas y singulares voces de la poesía moderna en Colombia, una voz única, perfectamente reconocible. Pero esa manera suya de decir es también cambiante, porque móvil es siempre la mirada de los espíritus libres y curiosos, que no sólo están abiertos a todo lo que la vida brinda – amistades, viajes, libros, música – sino que se dejan tocar por el misterio del mundo, por el entramado de símbolos de que hablara Baudelaire en sus Correspondencias. De modo que Juan Manuel a través de sus libros es uno y muchos, un escritor fiel a sí mismo pero siempre renovado.

Temporada de estatuas es un libro pleno de sentidos. Encontramos allí los viejos fantasmas del poeta, los que lo han acompañado siempre, y también su modo peculiar de crear imágenes líricas y sorprendentes. Pero también nos topamos con una voz nueva, más transparente tal vez, aunque también, y paradójicamente, más ambigua y brumosa.

Cuando abrimos el libro nos sorprende un hermosísimo poema, una verdadera ars poética, que pareciera plantear, con gesto imaginativo, que, como en el texto bíblico, en el principio fue el verbo:

Tras escribir en el papel la palabra coyote
Hay que vigilar que ese vocablo carnicero
No se apodere de la página,
Que no logre esconderse
Detrás de la palabra Jacaranda
A esperar que pase la palabra liebre y destrozarla.

De este poema se desprende que la palabra puede crear la realidad; pero, además, conjurar la fiereza del mundo. Es así como concluye con estos hermosísimos versos:

No hay coyote ni chacal, ni hiena ni jaguar,
No hay puma, ni lobo que no huyan,
Cuando el fuego conversa con el aire.

Aunque también puede suceder lo contrario: que la poesía del mundo sea anterior a la palabra que lo nombra:

El agua es ágrafa y sin embargo escribe en la pizarra del río el porvenir del mar.
El viento es ágrafo, pero escribe en el aire un olor de mangle,/ un temblor de trigal.

En la primera parte de este libro los poemas se corresponden con el título. El poeta nos habla de las estatuas, esas figuras con las que tropezamos en parques y avenidas, y que pretenden perpetuar la imagen de los muertos ilustres. Pero aunque Juan Manuel Roca se interesa por cada una de ellas de una manera particular – la de Esenin, la de Pushkin, la de Lewis Carrol, pero también las esculturas de Miguel Ángel, las de los griegos y hasta la imagen de San Frutos- en realidad son un motivo que usa como catapulta para hablar del tiempo, de la memoria y el olvido, de la materia, de la ruina y del vacío, y, sobre todo, de lo que él llama un “tiempo envilecido”.
Llueve agua de luto – nos dice- sobre la estatuaria de los poetas del mundo”.
Pero no se crea que la suya es una mirada romántica y meramente nostálgica: si bien las estatuas, en sus poemas, son a menudo cristalización del olvido, pues (“quedan reducidas a pechos con medallas/ a cuerpos de guerreros con caras de Nadie), son también encarnación de la mentira, de las tergiversaciones de la historia, de la furia de la guerra que quema y decapita, de la desolación de la muerte, y hasta del horror del mal gusto, como aquellas del museo de cera, que en su poema se convierten en patético compendio de nuestra historia.

Pero la estatua en este libro es también camino para introducir una bella reflexión sobre la escritura y el arte, y sobre el vacío y la materia que lo llena:

Miguel Ángel descubrió
Que en todas las piedras del mundo
Hay una estatua dormida,
Que basta con quitar lo que sobra
Para encontrarla.

Dice en Conjuros para hacer una historia. Y en Fundación mítica del vacío:

Hacer una casa es una forma de colonizar el vacío.
Nos acosa la ausencia.

A partir de ahí Juan Manuel habla de los amigos muertos, de los hombres que a diario desaparece la guerra, y de este país, que él evoca como un trozo de cera perdida. Es así como Temporada de estatuas se nos va revelando, aunque muchos de sus poemas tengan cierto aire íntimo, como un libro político, en el sentido más hondo de la palabra. El término temporada nos remite ya a un momento histórico. Y, como en toda su poesía, lo que hace Juan Manuel es señalar, sin patetismos y sin estridencias, un mundo apesadumbrado, el de nuestra sociedad olvidadiza y a menudo infame. Y reafirmar la poesía como un arma de combate, que aunque precaria y a veces casi inútil, es la única que poseemos.

Es así como sintetiza lo que tantos otros sentimos, cuando se pregunta:

¿Qué clase de poeta soy,
Un pobre centinela del lenguaje,
Un lento estafeta que no llega,
Un soldado oculto en un caballo de madera que se queda dormido,
Qué clase de sujeto soy
Que se conmueve al ver las fotos de los mutilados
Mientras vuelve a la mesa de trabajo
Con un maltrecho silencio
Y una bandera de papel como mortaja?

Yo contestaría, en nombre de muchos: eres, Juan Manuel, un artista que da testimonio permanente de que la poesía es un lugar para dudar, incomodar, interrogar, y también para consolar y recordarnos que siempre puede haber belleza en nuestra residencia en la tierra.

Piedad Bonnett

POÉTICA

Tras escribir la palabra coyote
Hay que vigilar que ese vocablo carnicero
No se apodere de la página,
Que no logre esconderse
Detrás de la palabra jacaranda
A esperar a que pase la palabra liebre y destrozarla.
Para evitarlo,
Para dar voces de alerta
Al momento en que el coyote
Prepara con sigilo su emboscada,
Algunos viejos maestros
Que conocen los conjuros del lenguaje
Aconsejan trazar la palabra cerilla,
Rastrillarla en la palabra piedra
Y prender la palabra hoguera para alejarlo.
No hay coyote ni chacal, no hay hiena ni jaguar,
No hay puma ni lobo que no huyan
Cuando el fuego conversa con el aire.

 

PRUEBA DE BALÍSTICA

Siendo un muchacho, un corredor de fondo
En las pistas del vacío,
Entré a trabajar en el taller de un anarquista.

El viejo maestro estaba decidido a fundir toda clase de
estatuas
Para convertirlas en balas
Que llenaran la mañana de un olor a café fresco,
a pan con municiones.

Decía que la estatua de Pío XII
Haría buen pertrecho para dispararle al Vaticano,
Sólo para echar a volar sotanas como negros pajarracos.

Contaba que cuando Rimbaud
Supo que le iban a levantar una estatua,
Dijo que aceptaría si una vez esculpida
Le permitieran hacer balas con su efigie de bronce
Para asediar a los franceses.
En lengua franca, añadía el maestro,
El poeta nos legó su horror a la gloria
Y más aún, su horror a la patria.

Me convenció
De la nobleza de apuntar al Pentágono
Con la estatua de Lincoln convertida en cañón
O con proyectiles de la caballera dorada de George
Washington.

Se relamía como el niño que juega a la Armada Imperial
en su bañera:

“Borraremos los maniquíes de una estatuaria
Hueca como el busto operático del Duce,
Embaucadora como el caballo de Troya”

“La estatua de Gutenberg habría que fundirla
En las imprentas clandestinas de la noche”.

“La de Stalin fue vaciada con una materia ideal
Para fabricar y repartir llaves y ganzúas
Entre los poetas irredentos que enjaulaba”.

-¿Y la de Bakunin, maestro?, le pregunté.
-Bakunin no tiene estatua: no se esculpen los vientos.
BATALLAS DE PAPEL

Es más sencillo desminar el lenguaje,
Esgrimir un lápiz como un bastón para tantearlo
Y que no vuele en pedazos el poema,
Que ver los desmembrados del mundo,
El cortejo de mutilados
Por los comerciantes de la guerra.
¡Qué clase de guerrero soy
Que sólo evita las minas del lugar común,
Las trincheras camufladas de las grandes verdades,
Las heridas de francotirador de un adverbio,
La granada de mano de una errata!
Es más sencillo resguardarse en un estudio
Como en una cómoda tienda de campaña,
Mirar de lejos el campamento enemigo
de los malos poetas
Y desminar el tedio de las horas nocturnas.
¡Qué clase de poeta soy,
Un pobre centinela del lenguaje,
Un lento estafeta que no llega,
Un soldado oculto en un caballo de madera que se
queda dormido,
Qué clase de sujeto soy
Que se conmueve al ver las fotos de los mutilados
Mientras vuelve a la mesa de trabajo
Con un maltrecho silencio
Y una bandera de papel como mortaja!

Juan Manuel Roca (Medellín, 1945-)

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