Santa Fe & Bogotá

SANTA  FE  &  BOGOTÁ

“Para el hombre de letras la expresión es… un problema de conocimiento… [Su] palabra es a la vez el instrumento y el producto del conocimiento: solamente conocemos aquello que podemos nombrar, solamente podemos nombrar aquello que hemos hecho nuestro, que ha entrado a formar parte del patrimonio de nuestra intimidad. Este movimiento dialéctico del conocimiento y de la expresión es uno de los más memorables secretos del espíritu… [Los] escritores críticos… tienen en el mundo del espíritu una función tan elevada como la de los creadores…”
JORGE ELIÉCER RUIZ

“Deseando hablar de Joseph Conrad sin saber por dónde acometer tamaña empresa comparable al intento de recoger el mar en un balde, considero prudente limitarme a explorar un cuento poco voluminoso, si bien característico de los designios del narrador

ERNESTO VOLKENING

Al llegar a Bogotá, a sus 26 años de edad, Ernesto Volkening escogió para establecer su primer domicilio “uno de los sitios tradicionales de la ciudad, cerca de la Cervecería Germania, en el barrio de Las Aguas”. Cuarenta y dos años después (1976), Volkening se pregunta:

¿Cómo era Bogotá… ?

“Tenía alrededor de 375.000 habitantes.

“Visto de lo alto de los cerros, el corazón de la ciudad guardaba casi intacto su aspecto colonial de gran uniformidad: un mar ondulante de tejados rojos, con pocas verticales e islotes formados por las torres y cúpulas de las iglesias, el Banco de Bogotá (en la esquina de la carrera 8ª con calle 13) y el Royal Bank of Canada, a la sazón los dos edificios más altos de Bogotá; el resto: casas de uno o dos, cuando más, de tres pisos.

“Todavía se conservaban muchos especímenes notables de la arquitectura española de los siglos XVI, XVII y XVIII, que entre tanto han desaparecido: la iglesia barroca y el hermoso claustro de Santo Domingo ubicados en el sitio que hoy día ocupa la mole del edificio Murillo Toro; el antiguo Hospicio de la calle 18, costado norte, entre carreras 7ª y 8ª y en la esquina de la en ese entonces angosta carrera 10ª con calle 12 una bellísima construcción con balcones de madera, tal vez el ejemplo más extraordinario del arte arquitectónico de la Colonia.

“Más que los monumentos históricos, en su gran mayoría modestos, sobrios, mucho menos vistosos que, v. g. los de Quito, Lima, Arequipa, Cuzco, lo impresionaban al recién llegado –y he aquí un rasgo nunca bien ponderado– el conjunto armonioso, cerrado de la vieja urbe, en el cual ni siquiera habían logrado hacer mella las construcciones levantadas hacia fines del siglo pasado y a comienzos del presente, por la sencilla razón de que la pobreza de la ciudad le impedía abandonarse a la furia edificadora (y, por ende, demoledora) tan característica de esa época en otras regiones del mundo…

“En fin, se produjo en el transcurso de cuatro siglos una síntesis de factores histórico–culturales y otros de orden natural que, obrando en concierto con la índole peculiar de los moradores, le dieron a la ciudad su fisonomía inconfundible… época la cual halló su fin asaz brusco en la vehemente explosión de reprimidas energías sociales, popularmente denominado el “bogotazo” del 9 de abril de 1948, y a la que siguió otra, de efectos aún más decisivos para la transformación cada vez más acelerada de las estructuras urbanas” (4).

Quiso don Ernesto publicar este estudio sobre “Los barrios antiguos de Bogotá”, al que también nombra parcamente como observaciones, en la revista del Instituto Colombiano de Cultura, porque hacía en él una cuidadosa y completa enumeración –que comprometía al gobierno– de nuestro recorrido –personal, profesional y oficial– en la labor de vivir, conservar y destruir (como no la hizo entonces, ni tampoco antes o después ningún otro escritor) la ciudad en la que vivía. Este era uno de sus temas esenciales: la Ciudad, así se tratara de Bogotá, Gante, Brujas o Amberes. Hace aquí don Ernesto un análisis minucioso y lúcido, y extraordinariamente razonado, de la vida de la ciudad de Santa Fe y su lenta y después abrupta transformación en Bogotá, estudiando, lamentando, celebrando y cuestionando el comportamiento y el saber de urbanistas, restauradores, demoledores, dueños de capital, constructores… y entidades encargadas de nuestro futuro, pasado y presente. Algunos de los elementos de este pensado y penetrante análisis deben ya formar parte de nuestra cátedra universitaria de arquitectura y urbanismo, aunque según vamos han sido totalmente inútiles, pero Volkening los encadenó en forma tal que alcanzan toda su gravedad y maravilla; es decir, encarando las consecuencias humanas de todo cuanto hemos pensado –o dejado de pensar– al elaborar un plan de reordenamiento o una maqueta, exponer un “proyecto”, trazar una avenida o ganarnos un jugoso negocio en construcción; y esto último es en lo que hemos convertido la Ciudad, en un becerro de oro, un negocio rapaz, en vez de ser la máxima concreción de la Cultura.

Así como don Ernesto se ocupó de la silenciosa penumbra de una vieja casona del viejo barrio de Chapinero, escribió un largo ensayo sobre “Literatura y gran ciudad” –donde le dedica buena parte al Bogotá de los primeros cincuenta años del siglo XX y a la obra de ese huraño, oscuro y nunca bien valorado escritor bogotano Osorio Lizarazo–, llevó también “registro” literario en sus cuadernos a lo largo de los años de significativos destellos de la vida de la ciudad, y así publicó este estudio sobre la transformación de la ciudad, que naturalmente no es un ensayo urbanístico, o sociológico, literario, sicológico, ni tampoco de crítica estética, sino un tratado sobre nuestra condición ineludible de ciudadanos, enamorados y perdidos en su tiempo, donde llevamos la única vida que tendremos.

Hace don Ernesto un lento y agudo recorrido –características de muchos de sus escritos– para llegar a conclusiones asombrosas, por su profunda humanidad, responsabilidad y por lo vivo de su pensamiento y de su crítica, que si bien provienen de innumerables fuentes –y eso es lo mejor en él–, han madurado en las entrañables sombras de su propia cava. Esto último ha hecho también que don Ernesto sea inclasificable; como quien dice –por decir lo menos, y lo más torpe–, de lectura no obligada: la diversidad de sus fuentes, es decir, su honda riqueza, en una actualidad que si bien dice comenzar a intentar entrecruzar los distintos conocimientos, los mantiene aislados, haciéndolos inútiles para la Cultura, convirtiéndolos incluso en su amenaza: “una época caracterizada por la atrofia de la substancia vital”. Mientras tanto, la ciudad crece:

“El formidable aumento de natalidad” (que rompe la armonía entre los tiempos de la civilización y el que la naturaleza requiere para su recuperación), el éxodo “de la provincia y del campo a la capital en busca de empleo”, la “concentración de capitales, la hegemonía de la banca”, la industrialización “que trae consigo no sólo la formación de un proletariado… [sino también una] profunda transformación estructural de la antigua clase media, la atomización social manifiesta en un individualismo tendiente a disolver inveterados vínculos familiares, el empobrecimiento de aquellos estratos sociales que no logran adaptarse a las nuevas condiciones económicas y con frecuencia se ven desalojados de sus antiguas moradas: por último, la separación en el espacio entre el puesto de trabajo y el hogar del trabajador”. Las consecuencias de crear esta movilidad de masas (“masas” que son hoy un gran negocio), para las que hay que ensanchar vías y abrir nuevas avenidas que atraviesen los barrios tradicionales “a modo de cuchillo” rompiendo la “vinculación orgánica entre la parte alta y la baja del casco urbano”, crean una serie de problemas que don Ernesto califica de siniestros para el “peculiar estilo de vida” al que atropellan y para “el carácter de la ciudad antigua”, generando un grave desarraigo.

En el centro de Bogotá, que es su corazón dice don Ernesto, se ha iniciado el “proceso patológico” que rompe incluso “la rítmica alteración” entre el día y la noche, a la que ha convertido en un “yermo lunar”, lejos de ser su silencio la “expresión de un organismo vivo” para ser una “letal inmovilidad” sepulcral: deterioro, desasosiego, “casi pavor”, dice don Ernesto ante el “paradójico espectáculo de una ciudad que cuanto más crece… más frenéticamente se abandona al impulso tanático descrito por Freud”.

La “hipertrofia de sus zonas periféricas a expensas del núcleo central” lo hacen temer que Bogotá “haya entrado” en un “ciclo involutivo” que caracteriza ya la vida urbana en “la mayoría de las metrópolis del mundo”, relegando al limbo “el ambiente de gran ciudad”. Todo dirigido por una ciega “rentabilidad”.

Descripción cruda de la realidad, “sin forjarnos ilusiones”, dice Volkening de sus propias reflexiones, y sin “parar mientes en lo que ya está perdido”: pero que “su contemplación sirva… para salvar lo que queda –y es bien poco- hasta en barrios privilegiados como el de La Candelaria”.

Cualquiera que sea el “tema” que trate don Ernesto, siempre será el mismo: exaltar una suerte de plenitud interior en donde podamos ahondar en su condición de ser humano, en su espacio y su tiempo, desentramando la compleja urdimbre que nos confunde con ese organismo vivo que es toda urbe: la novela, la pintura, la poesía, la sicología, el lenguaje, la historia, la filosofía, la arquitectura, la “ecología cultural”…

Cuando Bogotá trajo a Le Corbusier –¡nada menos!, exclama Volkening– para estudiar la ciudad “y luego elaborar planes”, su propuesta desconcertó a quienes se creían tan modernos como él: “conservar la ciudad antigua y construir el Bogotá moderno ab ovo en otro sitio”, y salvar así de la ruina, dice don Ernesto, “un complejo de edificaciones cuyo valor histórico y estético supo apreciar Le Corbusier con tino artístico”.

Pero cabe “preguntarse si, de haberse realizado los vastos proyectos contemplados por Le Corbusier, no se hubiera acentuado todavía más la tendencia disociadora, de suyo inherente… hasta el extremo de originar la ruptura definitiva entre el corazón de Bogotá… y una inmensa zona periférica de ultramoderna configuración”, convirtiendo a Santa Fe en una especie de “museo arquitectónico”, en lo que también han pensado quienes desean conservar, un museo con el peligro de serlo de sólo “joyas arquitectónicas y de monumentos históricos”, laudable concepto que conserva, “aun cuando carezcan de valor artístico”, documentos “del pasado de la Nación”, pero un concepto que “pierde de vista el medioambiente… y no para mientes en… la destrucción, alteración o desfiguración del contexto”. De este espléndido aislamiento, se llegó a pensar en conservar también su propio medio, “en función del conjunto orgánico” que se ha ido formando con el transcurso del tiempo. Conservar no sólo “lo singular y excepcional”, sino “conjuntos arquitectónicos cada vez más extensos”, para proteger el corazón de la ciudad. Se “ha comenzado a reflexionar sobre la función que le corresponde al Bogotá antiguo dentro del conjunto incomparablemente más vasto de la urbe moderna en pleno desarrollo… reconciliar en alguna forma el espíritu de conservación con el empuje de fuerzas dinámicas de índole socio–económico…”.

Después de analizar detenidamente las diferentes concepciones de la conservación en Bogotá –dando los casos más esclarecedores–, y de señalar qué es lo que cada una de sus corrientes quiere conservar, restaurar o remodelar, y de manifestar su satisfacción, por ejemplo, con la reconstrucción, “piedra por piedra”, de la Capilla del Sagrario (con la “barbaridad que no tiene nombre”, “el delito” de haber reemplazado “los tejados de barro de la cúpula por otros de cemento”), y la “restauración fiel” aplicada, por ejemplo, en la calle 11 de La Candelaria, un conjunto arquitectónico con los “grandiosos detalles de miradores, balcones y postigos de madera” –la noble modestia de antaño–, don Ernesto da su punto de vista de tan extraordinario problema, para el que acuñará, en su momento, el concepto de ecología cultural.

“Basta con echar una mirada al anárquico conglomerado de rascacielos en el propio corazón de la ciudad para que uno se dé cuenta del grado de alienación [pérdida del alma] a que hemos llegado”. Para “salvar una casa”, una calle, una manzana, un “barrio en trance de ser arrasado por la niveladora del desarrollo urbano no basta con ponderar la belleza”. En este trance, algunos creen haber encontrado un aliado en el turismo, que es “una creación… de la llamada sociedad de consumo”; y para vender la ciudad hay que preparar la mercancía, “aderezarla, embellecerla”, es decir desfigurarla: “Santa Fe maxfactorizada de acuerdo a lo que el turista del Norte se imagina que ha de ser the Spanish tradition”; como quien dice, sumir la ciudad en un clima “enteramente artificial, inaccesible a la corriente tonificante de la que se nutren las comunidades vivas”. No puede “uno menos de prever con cierta aprensión el momento en que del barrio de La Candelaria hayan desaparecido los últimos sastres y zapateros remendones, el último tallercito de imprenta [en los se hacía la magnífica revista Eco], la última tienda frecuentada por los parroquianos… amanezca remodelada… y por todos lados no se vean sino tiendas típicas… sin pasado, sin presente y sin porvenir”. Se trata es de “llegar a una concepción total y radicalmente nueva en que puedan apoyarse los esfuerzos por conservar y mantener vivo el legado espiritual representado en los barrios viejos de Bogotá”. El argumento “sobre el cual ha de haber conformidad” entre “quienes abogamos por la conservación de los barrios antiguos”, es “el histórico–cultural: para la vida espiritual de la urbe (y de la Nación) reviste capital importancia la continuidad, o sea una estrecha vinculación del presente al pasado, la continuidad de los vivos y los muertos…”.

“Hoy día ya no estamos muy seguros de poseer –en este [la belleza] y en otros dominios- la verdad canónica, ni sabríamos decir a ciencia cierta si lo bello nos importa del todo. Antes bien, nos inclinamos a negar que existe tal cosa…”. Pero “tanto más vagas, evasivas y teñidas de emotividad suelen ser nuestras enunciaciones valorativas sobre una cosa, cuánto más hondamente arraigado está su valor para nosotros en una zona vital de nuestro ser”. Y para llegar a esta realidad humana de un paisaje urbano, hay que “descubrir su arraigo en las capas profundas de la sique, vitalizar esa experiencia”, de lo que Volkening infiere que la defensa de su integridad representa “una necesidad de vital importancia para el equilibrio de la estructura sicofísica y espiritual, tanto de la comunidad en general como de los habitantes de tales zonas, o dicho sin ambages, que ha de contribuir a la conservación de la salud mental de las generaciones contemporáneas y venideras”. Se trata de “un todo superior a la suma aritmética de sus partes”. En general, “cabe preguntar si lo arquitectónicamente bello concebido en la acepción más amplia del término acaso responda a un arquetipo prefigurado en la estructura sicofísica del ser humano y por lo mismo trascienda las categorías estéticas. Las enseñanzas de la sicología de profundidades, sobre todo la de cuño jungiano, la medicina sicosomática de Von Meizsäcker… y otros, y el estructuralismo de Claude Lévy–Strauss permiten contestar afirmativamente…, aún más, nos llevan a la conclusión de que la alteración que como consecuencia de saneamientos radicales, demoliciones, remodelaciones torpes u otras intervenciones similares se produzca en determinado conjunto arquitectónico, puede afectar seriamente a nuestra organización biofísica, e incluso desequilibrarla en la medida en que contribuya a embotar nuestra sensibilidad estética enraizada en estratos profundos del organismo humano”. Desequilibrio al que hoy todos estamos expuestos con los planes de “Mejoramientos de las condiciones de movilidad, seguridad y conectividad vehicular y peatonal – Disminución de los tiempos de recorrido – Mejoramiento del entorno y calidad de vida… etc.” (la verdad que desconocen u ocultan estos proyectos “altruistas” parece aflorar sólo en los avisos que dan comienzo a las obras: “PELIGRO – HOMBRES TRABAJANDO – Ministerio de Obras – Alcaldía de Bogotá – Presidencia de la República…”); que no son más que implementaciones de la rentabilidad, ahondar en el aturdimiento y la polución, y acelerar el ritmo que nos separa de un tiempo verdaderamente humano, fecundo y esencial, al cual se agrede con los prestigiados eufemismos de ese espejismo del Progreso, que hoy sabemos desemboca en el calentamiento global. Se acabó el espacio, / … … aquí / no espanta la muerte sino el porvenir (Alberto Girri).

El hombre de la gran ciudad “se ve expuesto hoy día en creciente escala a toda clase de agresiones ópticas… táctiles… olfativas… acústicas… Cuanto más inexorablemente tienden a multiplicarse tales atentados contra nuestro sistema sensorial y nervioso, tanto más perentoria se torna la necesidad de crear zonas inmunes a tan deletéreas manifestaciones, en fin, de descubrir en un océano de clamores estentóreos e insoportables disonancias ciertas islas de paz y sosiego…. Para satisfacer esta necesidad vital (fuerza nos es subrayar el aspecto biológico del problema que en trascendiendo consideraciones de índole estética las presupone e incluye) se ofrece como remedio “ideal” la conservación de los barrios antiguos” para asegurar “la paz del alma que, consciente o inconscientemente, anhela todo el mundo. ¡Desengañémonos!”.

Todo, el paisaje, el mundo, nuestra ciudad… están siendo reducidos “a la dimensión del presente”, dice Volkening en Los paseos de Lodovico, no ya porque el dinero haya sepultado bajo ambiciosas realizaciones de jóvenes urbanistas nuestra propia infancia y a nuestros padres y abuelos, no, sino porque han cerrado la mágica puerta que daba al pasado, han tapiado la visión, la posibilidad, la verdad, la realidad de nuestra “dimensión de lo histórico”. Los caminos que aún quedaban abiertos, uno a uno los hemos clausurado: “los lazos que vinculaban la ciudad a su pasado” han desaparecido. Jorge Luís Borges decía que “los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis”; pero esto ya no es cierto, hemos perdido ese privilegio; año tras año hemos ido cerrando esa visión, hasta quedar atrapados en un instante que con su luz nos deja ciegos.

Y aquí es donde don Ernesto acuña el concepto de “ecología cultural”: “El interés que despierta hoy en día la ecología… se explica en gran parte como fenómeno de reacción a los peligros que para el hombre, la fauna, la flora y su medio natural entraña el crecimiento industrial incontrolado… El dinamismo inherente a las fuerzas productivas desencadenadas por la economía capitalista (tanto la privada como la del Estado) tiende a disolver inveterados vínculos orgánicos que aseguraban la supervivencia…, a transtornar el equilibrio entre los distintos elementos constitutivos del medio ambiente, a sacrificar irremplazables valores materiales e inmateriales en aras… del consumo…: la segunda revolución industrial que presenciamos crea valores sustituibles a expensas de otros que… no pueden sustituirse.

“El proceso que nos es dable observar en los dominios de la naturaleza, más exactamente, en el medio natural de las especies, revela ciertas analogías asaz significativas con el que… tiene por escenario el medio cultural… [el] medio ambiente cultural… [el] espacio vital de una sociedad existente…”.

“La existencia de un biotopo presupone un estado de equilibrio entre sus distintos elementos constitutivos, cierta disposición que, mientras subsiste, asegura su bienestar y supervivencia en óptimas condiciones vitales. Al alterarse el equilibrio… se producen graves transtornos, tanto en la economía del biotopo como en el organismo de las especies… que lo componen”. No pretende don Ernesto, por supuesto, trasponer las enseñanzas de la ecología sobre nuestra movediza agrupación humana, “hasta cierto punto libre de escoger su hábitat”, sino que, “partiendo de George Simmel, dice, podemos establecer la categoría sociológica de la vecindad”; y, “en último análisis, han de interpretarse a la luz de la totalidad mayor… la ciudad vista de conjunto… o sea, la que abarca toda la vasta, compleja y complicada urdimbre de relaciones entre la urbe moderna y la de cuño santafereño es imprescindible en vista de que, si concebimos esta última como fenómeno aislado, cual si fuera un cuadro absolutamente cerrado, suerte de museo inmune a las influencias del tiempo y del espacio, nos privamos de toda posibilidad de hacer frente a los peligros que de afuera, desde la misma zona incontrolable en donde arraigan las infraestructuras socio–económicas de una gran ciudad, constantemente la amenazan…”. Aunque don Ernesto, por supuesto, no desconoce la desproporción de fuerzas entre la ecología y los intereses exclusivamente económicos, ni la arbitrariedad de estos últimos, que han convertido la Naturaleza y la vida de los seres humanos en cosas negociables, apela contra ellos al conocimiento, a la razón y, sobre todo, a la Cultura, como siempre: “La necesidad de buscar en estos dominios una orientación radicalmente nueva, que responda a las urgencias del momento y, a un tiempo, quede a la altura de los descubrimientos en el campo de la bioantropología… se nos hace tanto más imperiosa cuanto más omnipotentes se tornan las fuerzas destructivas y niveladoras que por doquier desencadena la economía capitalista… Ya que ni el humanismo de viejo cuño ni la estética tradicional se han mostrado capaces de sacarnos de tales apuros, hay que cavar más hondo, hasta llegar a las propias raíces vitales de un problema que requiere una solución suficientemente amplia para hacer accesible la infraestructura biológica subyacente al ámbito cultural, y también lo bastante sólida para resistir, siquiera, la acometida ideológica del régimen económico imperante: si el experto (que en nuestra época ha reemplazado al “ideólogo” del siglo pasado) se empeña en demostrar que la aplicación práctica de principios ecológicos resulta económicamente imposible, sólo cabe replicar que en casos de conflicto entre las necesidades vitales del hombre y las de la economía han de prevalecer las primeras por estar arraigadas en la propia base de la existencia”.

Como diría uno de los ensayistas de la revista Mito, Jorge Eliécer Ruiz, en un tono tal vez ajeno al de don Ernesto, pero justo y urgente: “no dejar que el mundo recaiga en la animalidad”.

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