Luis Tejada en su tinta

Por: Carlos Vidales

Luis Tejada, caricatura de Rendón, 1924.
Luis Tejada, caricatura de Rendón, 1924.

A la hora en que esta crónica comienza, Luis Tejada era un muchacho nacido en Barbosa (Antioquia) en 1898, que llegó a la culta capital de la república en 1921, caminando desde Armenia en compañía de otro jovencito dos años menor y de nombre Adel López Gómez. Ambos, Tejada y López Gómez, iban a buscar fortuna como escritores, periodistas o cronistas.

Ambos tuvieron, como se verá, un gran éxito. López Gómez no encontró trabajo en la “Atenas Sudamericana” y se fue a Medellín, probablemente a pie, como había llegado. Allí se convirtió en uno de los mejores cronistas que ha tenido el país, como redactor de El Espectador, El Correo Liberal y la Revista Colombia. Más tarde, en 1929 y ya en triunfo, volvió a Bogotá y se integró a la redacción de El Espectador con su columna de crónicas “La hora al viento”. Murió en 1989, a los 89 años de edad, después de una vida de resonantes éxitos, pero nunca pudo volver a ver a su amigo Tejada porque éste había muerto el 16 de septiembre de 1924 en Girardot, víctima de la tuberculosis, dicen unos, o de la sífilis, diagnostican otros, o de alguna inmunodeficiencia, hereditaria o adquirida, que nadie conocía entonces pero que ya existía, pienso yo.

Mi padre, Luis Vidales, recordaba de este modo el arribo de Tejada a Bogotá:

Cuando Tejada vino a Bogotá, ya traía ese característico sello de vagabundaje que lo hacía pasar absorto, por la Calle Real, como si en vez de casas y gente hubiera allí palmeras, y en vez de Calle Real hubiese allí un camino real. Era un hombre rodeado de paisaje por todos los lados, y en sus ademanes y en su andar se sentía la presencia de parajes arbolados y rumorantes ríos. Ya por entonces Tejada tenía ese chaplinismo inconfundible de hombre que había pasado por muchos apuros y por muchos horizontes. Iba siempre con los pantalones de pasar el río. Cuando yo le conocí, ya era el expulsado de la Normal de Medellín, ya había sido polizón en los barcos del río Magdalena, ya había escrito sus “Gotas de Tinta” en algún periódico de la capital antioqueña, ya había estado de aventura y bronca por la Costa Atlántica y ya había visto la llamita fulgurante de los revólveres rastrillados en la oscuridad de la noche, de que habló después en una de sus crónicas. Ya estaba instalado en “El Espectador” de Bogotá, ya había descubierto el calor de los periódicos, que recomendó siempre como lecho insustituible para el abrigo nocturno, y ya había hecho el invento de los cigarros de hojas de eucaliptus, que elaboraba bajo los árboles del parque del Centenario, y que fumaba con delectante y ensoñadora actitud, sosteniendo que todo estaba en la naturaleza al alcance de la mano y que era absurdo creer que se necesitaba dinero para vivir. Ya era el filósofo y el teórico de todas las cosas habidas y por haber que fue la característica central de Tejada. (Luis Vidales: “Cómo nos hicimos comunistas”, Sábado, nov. 10 de 1945).

El éxito de Tejada no consistió en gozar de una larga vida, sino en convertirse en el brevísimo lapso de tres años en el más grande de los cronistas colombianos de todos los tiempos, hasta el extremo de que muchos de sus compatriotas creen que fue el único cronista colombiano que existió jamás.

Pero hay que decirlo desde el comienzo: Tejada no fue el único cronista que produjo Colombia, ni siquiera el único grande. Existe incluso algún hereje que sostiene lo impensable: que hubo un cronista mejor que Tejada. Esto se ha dicho del antioqueño Ricardo Uribe Escobar (1892-1968). A mí estas valoraciones ni me van ni me vienen porque ni la literatura ni el periodismo son carreras de caballos y porque, en fin de cuentas, cuando Tejada llegó a Bogotá ya había leído y gozado las crónicas de Uribe Escobar, así como éste en su hora había aprendido a escribir bien en la fresca fuente de su maestro don Tomás Carrasquilla (1858-1940). La grandeza de un cronista no reside en su mayor perfección de estilo o en su mejor y más depurado manejo de la prosa, sino en su capacidad para sobrevivir más allá de la muerte en la mente y en el corazón de sus lectores, e incluso para resucitar en antologías y publicaciones mucho tiempo después de firmada su acta de defunción. Por otra parte, ningún ningún cronista tiene derecho a llevarse para sí todas las palmas por su obra, desde que su obra es el resultado de un aprendizaje social y de una formación existencial.

Tejada tenía de dónde aprender y en dónde formarse. Sus padres y abuelos por ambas vertientes eran liberales, intelectuales y radicales, publicistas y educadores. Por parte materna estaba emparentado con la familia Cano, fundadora de El Espectador en Medellin y en Bogotá, y cuyas cualidades de librepensadores y liberales progresistas bien conoce Colombia. Su tía, María Cano, “La Flor Roja del Trabajo”, es legendaria como apóstol de las ideas socialistas y de liberación de la mujer en el país. Su padre, Benjamín Tejada Córdoba, fue secretario del general Rafael Uribe Uribe durante los años terribles de la Guerra de los Mil Días y fundó colegios, escuelas y diarios en la región del café. Allí, si se me permite un comentario adicional, fue un miembro muy destacado de la extensa red de amistades intelectuales y políticas que incluía a los progenitores y tíos de mi padre, Luis Vidales, también educadores, librepensadores y combatientes del radicalismo liberal durante las guerras civiles del siglo XIX. Que Julieta Gaviria, esposa de Luis Tejada, fuera prima de Luis Vidales, no agrega casi nada al hecho de que ambos, el cronista Tejada y el poeta Vidales, fueron formados y educados en la misma tradición culta, irreverente, librepensadora, antidogmática, roja, de una red social que fue tejiéndose durante las guerras civiles de 1850 en adelante, desde el norte del Tolima hasta los confines de Antioquia.

Una de las tías de Tejada, María Rojas, se encargó de la educación del muchacho en los primeros años porque en el colegio de los Hermanos Cristianos de Medellín no lo querían tener, lo cual es perfectamente comprensible: si el mismo día de su bautismo se había visto claramente que los padrinos eran liberales y que por esta razón el bebé no tenía derecho al sacramento, mal podía pedirse que la caridad cristiana llegara a tanto como a enseñar a leer y escribir a este pequeño engendro del mal. Aprendió, pues, sus primeras letras, leyendo con su tía El Espectador de Medellín, “Periódico político, literario, noticioso e industrial” que por aquellos años dedicaba íntegramente su primera página a avisos comerciales y culturales de la más variada catadura, pero cuyas inclinaciones anticlericales y librepensadoras eran muy evidentes. Ya en el primer número de su publicación se estamparon en esa primera plana dos avisos del terrible general liberal Rafael Uribe Uribe, uno como “Abogado, especialista en el foro criminal” y otro como autor y distribuidor de un “Diccionario Abreviado de Correcciones del Lenguaje”. Aprender a leer en ese silabario, en que se mezclaban los avisos de los “Cigarrillos Legitimidad”, el “Vino tinto- Saint Julien, tres clases”, las “Gotas amargas legítimas”, el “Tricófero”, los “Revolvers Smit & Wesson finísimos, y cápsulas”, los “Clavos franceses”, las “Mil cosas más (continuará)”, con el aviso de don Miguel Salas, que ofrecía “Para la Semana Santa… magníficos paños negros labrados, y los mejores sombreros de copa que hay en la plaza”, o con el anuncio de “El Progreso, Revista Mensual Ilustrada de Nueva York”, tiene que haber sido más apasionante y más instructivo que aprender a leer repitiendo “Yo amo a mi mamá”, “Mi mamá me ama” y otras sandeces por el estilo.

¿A quién puede extrañar, a la vista de estos antecedentes, que Tejada escribiera una alabanza al revólver, una canción de la bala, un elogio de la guerra y otro número de textos en los que lo prosaico y lo poético son una y la misma cosa, o en los que el humo de un cigarrillo de marca nacional se convierte en una pieza clásica de la literatura? Ninguno de sus temas, ya sea pequeño y cotidiano, trascendental y universal, es ajeno a esta capacidad de poner todo junto, lo pequeño y lo grande, lo sublime y lo terrenal, en una sola y menuda caja de sorpresas: la crónica.

Lo único extraño, casi inexplicable, es que escribiera una crónica sobre El arte de caminar bien. Cuando llegó a Bogotá, Tejada era delgado, pequeño, nervioso, de cabeza bien formada, de frente amplia y nariz recta, de grandes y bellos ojos, de labios un tanto gruesos y fruncidos eternamente alrededor de una pipa de caña recta. Había algo de chaplinesco en su figura porque tenía las piernas flacas y un poco desordenadas y caminaba como un marinero en la tormenta, con un pie en babor y otro en estribor. Pero irradiaba bondad, alegría de vivir y un infantil desparpajo que era mezcla de inteligencia, irreverencia y ausencia absoluta de dogmas y prejuicios. Durante muchos años creí que su andar de galeote era el resultado de la larga caminata entre Armenia y Bogotá, en una época en que los caminos eran trampas mortales para el peregrino, aunque él mismo los haya descrito con bondad, porque era un muchacho bueno: “…esos caminos bermejos, tortuosos y solitarios, que bordean la cordillera o la escalan francamente, que se hunden a ratos entre montes sombríos y a ratos siguen el curso de un río pequeño, que flanquean los páramos ingentes dando vueltas y revueltas…”. Hoy, releyendo sus crónicas, veo con claridad que ese caminar de péndulo era más bien una manifestación sicosomática de su oscilación intelectual entre los dos extremos que dominaron sus ambiciones de cronista: el primero, conquistar “la armonía y la sutileza, las dos cualidades tutelares que busco con ahínco en las cosas”; y el segundo, trabajar por “el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre”.

Para alcanzar el arte de la armonía y la sutileza contó con buenos amigos y maestros. Toda una legión de cronistas extraordinarios produjo por aquellos años verdaderas joyas del periodismo en El Espectador, El Tiempo y Cromos. En 1922, bajo los auspicios del general liberal Benjamín Herrera, Luis Tejada y José Mar fundaron el periódico El Sol, en cuyas páginas aparecieron las producciones de “Los Nuevos” (José Mar, Luis Vidales, Luis Tejada, León de Greiff, Ricardo Rendón y cien más) y se difundieron con entusiasmo las ideas socialistas. Pero fue principalmente El Espectador, trasladado de Medellín a Bogotá para encabezar la gran marcha nacional del liberalismo hacia el poder, el taller donde que se forjaron las mejores crónicas del país en la década de los años veinte. La caminata de Luis Tejada y Adel López Gómez desde Armenia hasta Bogotá en 1921, pues, debe verse como parte orgánica de un proceso político que se había iniciado a finales del siglo XIX, que la Guerra de los Mil Días (1899-1902) y la pérdida de Panamá (1902) habían interrumpido, y que la violencia política conservadora y el asesinato del general Rafael Uribe Uribe habían postergado: el retorno de las mayorías liberales al poder. Por eso se trasladaron a la capital las grandes fuerzas de expresión del liberalismo, desde las combatientes provincias de la montaña. Por eso afluyeron a la capital los jóvenes literatos y periodistas, para cambiar la mentalidad del país y obligar a la nación, todavía dormida en el siglo XIX, a entrar por la puerta grande al siglo XX.

José Mar, cuyo verdadero nombre era José Vicente Combariza, fue tal vez el más notable de esos jóvenes entusiastas. Nacido en Santa Rosa de Viterbo (Boyacá), se integró a la planta de El Espectador a los dieciocho años de edad y se convirtió en inseparable amigo intelectual del director Luis Cano y de nuestro Luis Tejada. Su prosa era ejemplar, con una formidable fuerza y una poderosa capacidad de síntesis. De él aprendió Tejada a manejar la pluma como un arquero que dispara la flecha certera y recobra la presa caída sin alardes ni retórica vana. De él también aprendió el impecable manejo de temas y argumentos cotidianos que fueron compartidos por otros cronistas y poetas. Por ejemplo, el tema del traje y la vestimenta que sería tratado por Luis Tejada y Luis Vidales en sincero esfuerzo de aprendices del oficio, fue introducido por José Mar en estos términos:

El pantalón a rayas, los zapatos relucientes, la camisa tiránica, el alto sombrero, prenda de lores venida a menos, todo se aúna para dar un sentido inquietante que el hombre procura contrarrestar con una sonrisa indefensa de individuo a quien su traje —y con él toda la tragedia de las ceremonias— domina imponiéndole una personalidad nueva y extraña que nada tiene que ver con el hombre que consiguió una novia y alimentó un amor y amobló una casita en un barrio agradable para llevarse consigo a la novia y al amor.

Una especie de impulso subconsciente ha hecho que la humanidad exprese en su indumentaria lo que no ha acertado a expresar en su literatura, en su filosofía ni en sus costumbres sociales: el verdadero sentido de los actos humanos.

Al boyacense Armando Solano (1887-1953) le corresponde, según mi modesto entender, el mérito de dictar la pauta de estructura que Luis Tejada habría de seguir para muchas de sus crónicas. Era ya un veterano periodista cuando se incorporó a la planta de El Espectador en 1918 e inició su columna “Glosario sencillo” que sostuvo durante siete años, en la misma página en que escribía Luis Tejada. Veamos un ejemplo de su prosa:

Hombres que tienen de la vida el concepto epicúreo y sano que yo quisiera ver generalizado sobre la tierra, abrieron en Medellín un concurso de cocina, con el fin de premiar y estimular la confección de manjares nutritivos y sabrosos. El concurso fue declarado desierto, según lo comunicó ayer el telégrafo con su cruel laconismo.

Habrá gentes incapaces de profundizar en el significado de los hechos, que miren esta noticia con perfecta indiferencia. Pero respetando su manera de pensar, o de no pensar, me atrevo a sostener que el fracaso del concurso culinario es un signo tétrico, un síntoma alarmante, algo que sí puede indicar, mejor que ciertas vanas apariencias, una franca degeneración de la raza. Un pueblo que no les atribuye a los placeres de la mesa todo el valor que tienen, no será pueblo que deje huella durable en la historia. El hombre vigoroso, que sabe vivir, es alegre y audaz, necesita alimentarse, no sólo con abundancia sino con pulcritud y delicia. Sin eso, toda tonicidad nerviosa se pierde, y con ella piérdense también el buen humor, el ánimo, el amor al trabajo, hasta la misma voluntad. Y de las multitudes podéis juzgar en lo moral por su género de alimentación. (El Espectador, 28 de octubre de 1920).

En este fragmento podemos descubrir la secuencia de recursos que luego utilizaría Tejada en muchas de sus crónicas:

1- Una noticia cualquiera, un hecho banal, cotidiano.

2- Una simple constatación de cómo se piensa habitualmente ante hechos similares.

3- Una propuesta de interpretación inesperada, sorpresiva.

4- Introducción de argumentos lógicos imprevistos.

5- Generalización o extensión del nuevo modo de pensar a otras categorías o fenómenos.

Con este modelo, Tejada escribirá crónicas para convencernos de que el canibalismo es la mejor forma posible de alimentarse, o para demostrar que el ser humano bien puede ser descendiente de una silla o de un sofá a través de un largo proceso evolutivo, o para aducir pruebas lógicas de que la corbata, los pantalones y las camisas tienen sicología propia y nos dominan sutilmente. Algo de esta estructura se descubre también en algunos de los cuentos cortos de Luis Vidales y en poemas de León de Greiff, siempre para afirmar cosas al parecer absurdas o improbables, lo que prueba que el taller de trabajo de “Los Nuevos” fue la boehemia, la convivencia intelectual, el compartir metáforas y recursos y temas en el alegre oficio de echar abajo todo lo viejo y podrido en la apoltronada sociedad tradicional. Es muy interesante constatar, por ejemplo, que Armando Solano escribió también un elogio de la pereza:

Yo daría mucho de lo que no tengo por llegar a ser el cantor de la virtud nacional, que es la pereza. Yo la llamaría en el elogio que de ella hiciera, con muchos de los dictados que se aplican a la madre de la cristiandad: janua coeli, turris eburnea, consolatris aflictorum, y otros que le caen mejor a la pereza, madre del ensueño, genitora de los pensamientos profundos, en cuyo seno se acendran las resoluciones heroicas, las aspiraciones geniales, las obras artísticas y todas las cosas que merecen algún respeto. (Glosario Sencillo, 1925).

Compárese con lo que dice Tejada sobre la pereza, en la crónica titulada El trabajo:

… el instinto más firme, noble e indestructible en el hombre. Los tipos de la perfección suma que la imaginación concibe –los dioses– son personalidades eminentemente perezosas que, o permanecen estáticas en sus tronos de nubes, o se divierten entregadas a juegos ociosos o a placeres sibaritas. Entonces la pereza es en cierto modo una virtud esencialmente divina; pero ¿qué son los dioses? Son, simplemente, hombres perfectos en un sentido ideal.

Ya he mencionado, al inicio de esta desordenada divagación, al antioqueño Ricardo Uribe Escobar (1892-1968) y ahora es la hora de reproducir una de sus crónicas para que vean los lectores que Tejada no fue el único tejadiano, y que ni siquiera fue el primer tejadiano de Colombia. La crónica se titula Un salto mortal y fue publicada en junio de 1921, cuando Tejada estaba apenas instalándose en Bogotá:

He leído en El Correo que un caballero bogotano se arrojó al salto del Tequendama, que es como decir se lanzó al abismo horrible de la muerte. Es indudablemente el más bello modo de salir de Colombia para siempre: un suicidio poético, épico, heroico, y acuático.

Quitarse la vida es cosa reprochable y pecadora, pero es tan feo dejarse morir en una cama, entre el mal olor de los medicamentos, rodeado de los curiosos del barrio, de los criados y de la parentela, todos con los ojos clavados en la cara del agonizante, viendo los ridículos gestos que uno hace para soltar el alma, con una mosca rebelde en la punta de la nariz, conque dizque lo ayudan a uno a bien morir, y pensando en el hoyo negro, frío y estrecho, en los latines de Leonel y Quintín, en los rezos del padre Henao y en el negro Sapirrias, con sombrero de copa y fumando tabaco, llevándolo a uno a los brincos, en su coche ridículo, al cementerio.

Yo quisiera poder ejecutar mi salto mortal en el mismo salto del Tequendama, tranquilamente, sin avisarle a nadie y dejando una tarjeta de despedida para la Patagonia. De este modo me evitaría todos los inconvenientes apuntados, le ahorraría a mi sobrina el fastidio de las visitas de pésame y los gastos de entierro, no se verían obligados los periodistas a hacerme el suelto necrológico de cliché, ni les daría ocasión a mis amigos de recordar mis faltas y debilidades. Pero ahora recuerdo que no sé nadar…

Y así podríamos seguir, dando ejemplos y más ejemplos de brillantes cronistas y poetas que, conociéndose los unos a los otros, trabajando con frecuencia en los mismos periódicos, emborrachándose –acaso con mayor frecuencia todavía– en las mismas cantinas y a las mismas horas, compartieron temas, se enseñaron los unos a los otros el arte de reinventar la realidad y pusieron al país en rumbo hacia una mentalidad moderna. El genialísimo Clímaco Soto Borda (1870-1919), que firmaba con el seudónimo Casimiro de la Barra, no tuvo la suerte de participar en esas tertulias, pero sí la de influir poderosamente en todos esos muchachos que hicieron del irrespeto inteligente un arma de combate. El santandereano Joaquín Quijano Mantilla (1875-1949) guerrillero de la Guerra de los Mil Días, escritor folclorista y popular, aportó un estilo desfachatado, de pícaro campesino, que hizo las delicias de los lectores de Cromos por los mismos años en que toda una pléyade de jóvenes periodistas ensayaba sus agresiones contra la absurda lógica de la sociedad tradicional.

Se preguntará el lector por qué gasto tanto espacio para demostrar que Tejada no fue el único cronista genial, ni el primero, ni siquiera original en algunos de sus temas. Mi respuesta es: sencillamente porque me río de la llamada “crítica literaria” que quiere ver milagros por todas partes, “casos únicos”, “genios individuales”, productos de la nada, regalos gratuitos de los dioses y otras imbecilidades parecidas. No, Tejada es un producto social. La nación entera estaba cambiando, sacando de sus propias entrañas a toda una generación de rebeldes intelectuales, nuevas formas de organización de la clase obrera, nuevas ideas políticas, nuevas formas de pensar y de actuar.

Es en ese contexto que debe valorarse el empuje de “Los Nuevos”, su decidido afán iconoclasta, su desvergonzado empeño en convencer a las gentes timoratas de que lo imposible es lo posible, lo mágico es lo real, lo maravilloso es lo cotidiano y lo permanente es el cambio. Era necesario ser irreverente, excéntrico, “anormal” en un país en que lo normal era pegarle a los niños para que aprendieran a amar al prójimo. Y la irreverencia pasaba por cuestionar todo lo establecido, por obligar a la gente a pensar lo impensable.

Por ese camino transcurrió el proceso intelectual de Tejada, su peregrinaje del radicalismo liberal al comunismo y a la fundación del partido. Recuerda mi padre:

Tejada y yo siempre andábamos juntos, lo que hacía que nuestros amigos me llamaran “l’enfant gáte” de Tejada. Por las tardes siempre nos citábamos para irnos a casa. El trabajaba en El Espectador y yo en el Banco de Londres. Una tarde, mientras yo lo esperaba en la esquina de la catorce con la séptima, salió del periódico y se vino precipitadamente a mi encuentro, diciéndome sin saludarme: “Aquí en esta casa está en este momento un ruso que quiere hablar con nosotros. Ahí hay una reunión de obreros liberales, que lo han citado para que los oriente sobre la posición de los trabajadores en las próximas elecciones. Subamos. Cuando termine nos vamos con él y charlamos. Esto puede ser muy interesante”. La casa de que hablaba Tejada era la misma en que hoy está “La Cigarra”. El ruso no era otro que Silvestre Sawinsky.

Sawinsky vivía en la vieja y amplia casa que queda inmediatamente después de lo que hoy es la plaza de San Martín hacia el norte. Allí entramos. Recuerdo que en el vasto corredor nos llamó la atención ver numerosos cueros colgados, y Sawinsky nos dijo que se había dedicado a la curtiembre, para ganarse la vida. Nos presentó a su esposa y nos instalamos en la amplia sala ante una gran mesa, cubierta con una gruesa tela de terciopelo verde, y sobre la cual una caparazón de tortuga con una caja de metal incrustada servía de cenicero de agua. Pronto comenzamos a menudear las tazas de té, de las cuales tomamos como diez, a la manera rusa, mientras planeábamos el nuevo partido. Como a las nueve de la noche salimos de allí, después de haber dejado un cerro de colillas dentro del recipiente de la tortuga. Habíamos trazado el esquema para la formación del partido comunista en Colombia. Llevábamos la lista de los nuestros, que se redactó de mi puño y letra, y a la cual habíamos agregado algunos nombres que juzgábamos adictos a nuestra causa, entre otros, Luis Cano, Armando Solano y Alfonso Villegas Restrepo. Digo esto, porque nadie sabía cómo se fundó el partido comunista de entonces, es decir de dónde partió la idea, y he oído muchas versiones contrarias a la realidad, de gentes que desean hacerse pasar por personas actuantes (el subrayado es mío, LV). No. Aquella noche no estábamos presentes sino Sawinsky, Tejada y yo. De allí convocamos a una reunión, en la cual quedó constituído el nuevo partido. No está por demás decir que ni Luis Cano, ni Armando Solano, ni Alfonso Villegas Restrepo concurrieron nunca a ninguna de nuestras reuniones.

Pronto nuestro partido se encontró con muy serios problemas que nosotros no sabíamos cómo resolver. La cuestión orgánica y nuestra conexión con las masas eran cosas al rojo blanco sin la solución de las cuales podríamos subsistir. Ni Sawinsky ni nosotros sabíamos nada en cuanto a los procedimientos. Ignorábamos por completo cómo se hacía un partido comunista. Era aquella una época en que el resplandor de la revolución rusa iluminaba el universo, y todos los hombres libres del mundo querían ir por esa senda, lo que no significaba necesariamente que quienes así pensaran fuesen teóricos consumados. El conocimiento de Marx y de los métodos revolucionarios de los rusos no se habían generalizado. En la prensa todavía se leía que el general Soviet se había tomado al sur de Rusia una importante ciudad llamada Lenin. En estas circunstancias, nosotros resolvimos como mejor pudimos nuestros embarazantes problemas. Le dimos al partido, por proposición de Moisés Prieto, una secreta organización tipo masónico, por grados, con sus signos, sus convenciones, sus palabras claves para los momentos de peligro. Y en cuanto a programa, yo traduje con Sawinsky el programa del P.C. ruso y echamos diez mil copias en mimeógrafo, que fueron a parar al río Magdalena, a los cuarteles, a las organizaciones obreras, etc. Su distribución fue tan completa, que todavía se acuerdan de haberlo recibido los obreros de muchos lugares del país. No abandonamos tampoco el trabajo en el ejército, y fue por nuestra labor de hojas sueltas, al frente de la cual estaba Sawinsky, que el buen ruso, más terrorista que bolchevique y más niño que hombre terrible fue expulsado del país.

Un día me llamó Tejada con mucho sigilo para decirme que habían inventado un grado superior, el último al que sólo tenían acceso los elegidos, pues había ciertas cosas que no se podían tratar delante de algunos camaradas, en los cuales no se tenía la suficiente confianza. Me advirtió que mi iniciación allí se había fijado para una sesión especial, como en efecto ocurrió. Por entonces Tejada ya vivía en una casa de la calle doce, casi contra el paseo Bolívar. En un cuarto oscuro, iluminado apenas por una vela de sebo, se efectuó la ceremonia de mi ingreso al más alto grado. De pie, en torno de una mesa, se hallaban Tejada, Sawinsky, José Mar, Moisés Prieto y Diego Mejía. Sobre la mesa reposaban los símbolos de la purificación y la fe del comunista, consistentes en la constitución rusa, el programa del partido y, encima, una pistola, alegoría de la violencia revolucionaria y a la vez del castigo que esperaba al traidor. El juramento consistía en un largo interrogatorio escrito, que Sawinsky leyó aquella noche, con su particular acento ruso. Se hablaba en voz baja. Tejada se transfiguraba por completo, y a la escasa luz de la vela se le veía poseído de la más intensa emoción. A Sawinsky le temblaba levemente el labio inferior. La respiración de todos parecía contenida. El interrogatorio llegó a aquello de “jura usted no hacer diferencia de razas?”, y yo respondí: lo juro; “jura usted no hacer diferencia de nacionalidades?”, y yo respondí: lo juro. Pero cuando se me dijo: “Jura usted no hacer diferencia de sexos?”, dí inmediatamente el grito, separándome del grupo. “No, me es imposible jurar eso”, exclamé. La estupefacción se apoderó de todos. Tejada me miraba con angustia escrutadoramente. “¿Por qué no juras?”, me dijo con un tono de ruego. Yo les dije “Lo de la supresión de la diferencia de sexos no lo juro, porque por pepiciego que uno esté siempre sabe quién es hombre y quién es mujer”. Todavía oigo las carcajadas de José Mar y las recriminaciones de Tejada, que no concebía que se llevara ningún espíritu ligero a semejante ambiente de solemnidad y de misterio. (Luis Vidales, “Cómo nos hicimos comunistas”, Sábado, nov. 10 de 1945).

Hace ya muchos años, en 1975, escribí un pequeño ensayo sobre Luis Tejada (publicado dos años más tarde), titulado Magia y Revolución. Sostuve entonces, como sostengo ahora, que las grandes transformaciones políticas a que aspiraban “Los Nuevos” –la revolución social– solamente podían ser concebidas mediante una ardiente fe en las potencialidades ilimitadas del ser humano. Dije así:

El comunismo de Tejada era el de Maiakovski: nada tuvo que ver con la fría y estrecha fórmula del sectario que asesina a la imaginación y declara ilegal a la fantasía. En aquella hora turbulenta del mundo, burgueses y proletarios, estudiantes y poetas, madres y vírgenes, niños y viejos asistían estupefactos al espectáculo de una revolución que arrojaba del trono a la centenaria dinastía de los Romanov y entregaba el poder sobre la sexta parte del planeta a “un gobierno de mozos de cuadra y cocineras”, como decía el decano de la prensa británica. Tejada, que en los días de estudiante había confesado su ambición de seguir los pasos del que “sabe encontrar siempre algo de maravilloso en lo cotidiano; el que puede hacer trascender lo efímero; el que, en fin, logra poner la mayor cantidad posible de eternidad en cada minuto que pasa”, no podía ser ajeno al subyugante influjo de la epopeya rusa. Porque este muchacho bohemio y humorista, de imaginación desbordante y de fe sin límites en las potencialidades mágicas del mundo material; este jovenzuelo que buscaba “con el júbilo cruel del creador, el alma múltiple del universo”; este adolescente genial, era de algún modo hermano de aquellos que, en el otro extremo del mundo, poseídos de loco afán y de ciega fe, derribaban obstáculos gigantescos para poner la mayor cantidad posible de eternidad y de grandeza en las manos rústicas y sencillas de los parias.

¿Cómo podría ser de otro modo? Si yo creo que aquella muleta del rincón “va a andar; va a salir traqueteando por las habitaciones, rediviva, ambulante, fraternal”, y va a hacerlo porque “tiene insuflado, coesenciado, el espíritu y la vida del que la llevó”; si, además, opino que “el sombrero nos demuestra gráfica e irrefutablemente que si el alma existe, es ahí, en ese adminículo espiritual, donde debe tener su residencia o refugio”; si, a mayor abundamiento, sostengo “la inminencia de esa mañana prodigiosa en que mi corbata va a salir arrastrándose onduladamente detrás de mí, como un pequeño animal amaestrado”; si afirmo que “en el interior de las salas cerradas, en las largas noches solitarias, los muebles ceremoniosa y cortésmente se reciben la visita”, y que “quizá asomándose uno por el hueco de la cerradura los vería accionar con parsimonia y los oiría hablar de política, o de economía, o de no sé qué cosas graves y abstrusas”; si declaro que tal vez “el taburete sea el tipo degenerado de una gran especie que vivió en remotas edades o el principio de evolución de una especie que vivirá en el porvenir”; si agrego que “quizá se podría formular una teoría en que se probara que el hombre desciende del taburete; teoría ingeniosa y verosímil que tendría tanto éxito como las otras que tratan de probar que el hombre desciende del mono o del caballo”; y si, en fin, reconozco que el hombre no sólo puede transferir sentimientos, actitudes y pensamientos a las cosas, sino que de hecho lo hace a cada instante, llenando de dignidad y de humanidad a los objetos inertes, es porque no tengo la menor duda de que el hombre puede dignificar y humanizar al hombre. Creo en la revolución porque creo en la magia o, lo que es lo mismo, porque creo en la ilimitada potencialidad del hombre. (Carlos Vidales: “Magia y revolución – Las crónicas de Luis Tejada”, Revista UN, mayo de 1977, N° 15).

Por eso, entre la escritura de sus crónicas, las alegres tertulias, las calaveradas del amanecer con sus amigos Vidales, Rendón, de Greiff y José Mar, este reformador de las mentes colombianas se daba tiempo para buscar a los obreros de las fábricas y los soldados de los cuarteles, reunirse con ellos y predicarles la buena nueva de la revolución proletaria.

Tejada era un comunista convencido. Indudablemente, nuestro movimiento, en el fondo, era un movimiento liberal, como lo fue en gran parte, años después, el movimiento socialista revolucionario. El partido liberal, con la pesada herencia del fracaso de la guerra civil iba de mal en peor. Nadie creía ya en que pudiera levantarse de la postración en que se encontraba. Y en estas condiciones se buscaban sustitutos, otras formulaciones y otros medios que se suponían más eficaces para el derrocamiento del conservatismo. Mucho de eso había en nuestro movimiento. Pero no en Tejada. Tejada era comunista, con la visión de una sociedad mejor y más equitativa para la humanidad. De ahí que yo no juzgue a Tejada como obligadamente lo juzga la gente: como un cronista que ha producido Colombia; el mejor, en una abarcadura más ancha, del habla española, que aún no ha sido superado ni igualado aquí ni fuera del país. Porque Tejada era más que eso. Tejada era un apóstol, un líder incomparable del proletariado. Murió en el momento en que se estructuraba ideológicamente en el marxismo, cuando ante sus ojos de visionario la escritura del viejo alemán le abría las puertas de un mundo amable para todos, en el cual había soñado siempre. Amó a la humanidad con un amor entrañable. Amó a los humildes, y supo con toda claridad que ellos serán poseedores de un paraíso aquí en la tierra. Por hacer más próximo ese paraíso, luchó hasta su último aliento. (Luis Vidales: “Cómo nos hicimos comunistas”, Sábado, nov. 10 de 1945).

La década de 1920 fue decisiva para la evolución política del país. En su transcurso se definió la decadencia y el fin de la hegemonía conservadora; se desarrollaron los primeros sindicatos modernos; surgió la prensa obrera, socialista y comunista; se fundaron las primeras organizaciones campesinas; se formó el primer grupo comunista; se trazaron las redes de los ferrocarriles; se industrializó la vida de las grandes ciudades; se iniciaron las obras de comunicaciones en los territorios selváticos; y se modernizaron muchas de las viejas estructuras del estado. Pero, por sobre todas las cosas, surgió una nueva mentalidad, una nueva perspectiva intelectual, una nueva racionalidad, y las gentes comenzaron a descubrir que todas las verdades y todos los postulados tenidos por lógicos y sensatos desde la llegada del conquistador don Gonzalo Jiménez de Quesada eran locuras, absurdos ridículos y delirantes, necedades y supersticiones que era preciso olvidar para siempre. En cambio, las gentes comenzaron a sospechar que, en efecto, una nueva realidad es posible desde que sea posible imaginarla. Así fue surgiendo la insensata y maravillosa idea de que se puede concebir un futuro y trabajar por construirlo.Y esta revolución mental se produjo en gran medida gracias al trabajo de los jóvenes intelectuales de esa década, entre los cuales brilla por su inteligencia, por su audacia, por su generosidad y su imaginación, nuestro querido Luis Tejada.

Las últimas crónicas de Tejada fueron más políticas, más concretas, más apegadas al combate social. Pero sería un grave error decir que ellas representan una “maduración política” o un “mayor compromiso político” comparadas con las delirantes elucubraciones de los primeros días. Mírese a fondo el asunto y se verá que Tejada está siempre cuestionando lo intocable y, de este modo, rompiendo los andamiajes del sistema establecido, tanto cuando se burla de la lógica oficial como cuando denuncia los crímenes del gobierno o pone al desnudo la dictadura de clase.

Yo pienso, por otra parte, que muchas de esas crónicas tejadianas al parecer absurdas y exóticas son de una tremenda lógica y que todos deberíamos aprender a vivir, al menos un poquito, como el cronista propone. Por ejemplo, en su crónica titulada Resurrección, Tejada nos cuenta el caso del general Clodomiro Castillo, a quien le dio por resucitar en febrero de 1924, después de nueve años de estar muerto, amortajado, velado y sepultado. Aunque Tejada es discreto en estos asuntos, podemos imaginar la estupefacción de su viuda, el desencanto de sus herederos y el desconcierto de la Caja de Pensiones del Ejército Nacional. Unos dicen que se trata de una farsa y que el general simplemente había simulado su muerte. Otros dicen que es efectivamente una farsa, pero que el general está muerto y un impostor pretende tomar su lugar y sus bienes. Sólo Tejada, precursor de la Ley de Resurrección, sostiene que es posible, lógico y verosímil el retorno a la vida, como un hábito que había caído en desuso desde tiempos inmemoriales y que el general Castillo ha resuelto poner otra vez de moda. Tejada prevé incluso que las resurrecciones llegarán a ser tan frecuentes y naturales, que en las páginas sociales de los periódicos podrán leerse avisos como el siguiente: “Esta mañana a las 11 resucitó en el cementerio de la ciudad, el general Fulano de Tal. Con ese motivo, la familia del exdifunto dará esta noche un té bailable a sus amistades”. Pues bien, yo opino que es una desgracia que no se haya puesto en práctica la saludable sugerencia de nuestro cronista. Sería, por ejemplo, maravilloso, asistir a la resurrección de los trabajadores de las bananeras, ametrallados en 1928, apenas cuatro años después de la muerte de Tejada. O declarar una campaña nacional de resurrecciones para volver a la vida a los cientos de miles de humildes compatriotas asesinados a lo largo del siglo XX en el curso de nuestras violencias políticas.

Tal vez podamos ver y vivir eso algún día. Y tal vez el propio Tejada se aparezca algún día entre nosotros, resucitado en cuerpo propio o ajeno, para explicarnos una vez más que la magia de la revolución solamente es posible cuando trabaja por “el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre”.

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