Palabras desde la luz

Toda amistad tiene su ruta y aunque parezca diseñada para darse desde un principio, puede tardar en concretarse. La nuestra tuvo que andar más de treinta años hasta el primer encuentro. Pero, le bastó sólo un momento para brotar, para instalar esa prodigiosa extrañeza que une a los hombres.

Héctor Rojas Herazo fue una temprana presencia en mi vida. Yo era un niño cuando mi padre trajo a nuestra casa uno de sus cuadros y lo colgó en la sala. Era la cabeza de un caballo pudriéndose en un pantano. Supe así, muy pronto, que el pintor y mi padre eran buenos amigos. De ahí en adelante, en muchas de las extensas sobremesas familiares le escucharíamos contar numerosas anécdotas acerca de Rojas Herazo. Y en el curso de los años siguientes iría apareciendo con más cuadros, así como con todos sus libros, que aún deben estar en su perdida biblioteca.

Pese a que desde muy joven tuve una idea del personaje maravilloso que era Héctor no pude conocerlo en persona. Mi padre se negó a presentármelo, pues intuía en ello una inconveniente influencia para mí. Obviamente él, que la conocía, nunca quiso para su hijo una vida de escritor. Debí de obrar por mi cuenta, pero cuando ya estuve listo para buscarlo, Héctor había partido hacia España, donde vivió una larga temporada. Por los comentarios de mi padre supe que se había ido para escribir una novela de largo aliento, cuyo título ya era Celia se pudre.

Y, de hecho, aún estaba en Madrid cuando me fui de Colombia, al comenzar los ochenta. Unos años después, viviendo yo en Tepoztlán, un pequeño y extraordinario pueblo cercano a Cuernavaca, supe que Celia se pudre había sido publicada en España. Literalmente corrí a las librerías, pero no pude comprarla, su precio estaba por fuera de mi presupuesto.

Con esa inquietud que hiere a un lector que sostiene entre sus manos un libro que necesita amar con urgencia y no puede tenerlo, hojeé pacientemente la novela en varias librerías de la Ciudad de México, sin atreverme a robármela.

Un par de años después, en un fin de semana en el que fue a visitarme, mi amigo Eduardo García Aguilar me contó que había visto un ejemplar de la novela en un puesto de libros usados, baratísima, a media cuadra de una famosa librería del DF. El lunes siguiente fui hasta allá y la compré. La empecé a leer esa misma noche. A pesar de ser un texto largo, que acobarda a esos lectores anoréxicos que se espantan de un libro por el grosor de su lomo, yo lo fui dosificando cuanto pude y nunca me permití leer más de un capitulo por día. Aún así: lo terminé.

En 1992 visité Bogotá. Uno de mis anhelos era conocer a Héctor. No podía contar con la ayuda paterna, así que indagué entre mis amigos. Resultó que Jorge Mario Múnera hacía poco lo había fotografiado y era él también un entusiasta de su obra. Llamamos a Patricia, la hija de Héctor, y concertamos una cita para mi mujer y para mí.

Fuimos a visitarlo al pequeño apartamento que habitaba, en las cercanías del Hospital Militar. Mi único propósito era agradecerle en persona, contarle de qué manera a mí me había servido leerlo. Sólo quería conocerlo y expresarle mi admiración. Después de tomarnos un té bajo la marquesina del patio nos dejaron a solas y yo le hablé confusamente de Celia, pues el discurso que había preparado se me cayó. Héctor, que ya era un hombre viejo, me escuchó con paciencia y me observó muy seriamente, muy a su modo. Desde ese instante comenzamos a hablar. La amistad había brotado entre nosotros.

Héctor no sólo era un hombre generoso sino de una ternura conmovedora. Ante él uno sentía estar ante un ser humano sin desperdicio. Y, además, era un conversador de primer orden cuyo talento era legendario. Le gustaba hablar porque lo obsesionaba la comunicación, como a todos los que están interesados en el hombre. Quienes tuvimos el regalo de escucharlo, siempre recordaremos el maravilloso espectáculo que era estar ahí cuando él hablaba, no sólo porque poseía todas las galas de un conversador estupendo sino porque, sin falta, en un buen tramo de su charla esquivaba lo frívolo y se adentraba en aguas profundas, con los modos de alguien que ha meditado orgánicamente en todas las cuestiones humanas, porque Héctor lo pasaba todo por el cuerpo, tenía el don de pensar y expresarse utilizando todos los sentidos. Y descargaba en uno una pesada sabiduría, utilizando a conciencia la rica gama de tonos de su voz profunda, adornada por su acento caribeño. Al final, generalmente ante las conclusiones difíciles a las que arribaba, depositaba en su interlocutor una mirada triste, pero de fraternidad absoluta, como la que deben dirigirse dos condenados a muerte que comparten celdas contiguas.

A partir de esa primera visita fuimos amigos. Cada vez que venía a Colombia lo visitaba, de vez en vez me enviaba noticias a través de su hija. Cuando regresé definitivamente al país, en el año 2000, tuve ya la oportunidad de verlo con frecuencia. Es decir fui a interrumpirle su soledad de manera asidua. En muchas de esas ocasiones gocé de la complicidad de Juan Manuel Roca, a quien Héctor quería hondamente. Pues Juan, cuyo padre también fue muy amigo de Héctor, sí tuvo la suerte de conocerlo desde niño. En la relación que ellos dos tenían tuve la fortuna de asistir a una sobria lección de respetos, inusual en nuestro medio.

Después de un largo tiempo de vivir en México, donde sus grandes escritores gozan de merecidos y adecuados privilegios, me sorprendió el abandono de Rojas Herazo. Tras dieciocho años de humanidad yo me había olvidado de lo que es Colombia. No obstante, fue gracias a esa circunstancia que conté con la posibilidad de verlo cuantas veces pude y quise.

Ese hombre que pertenecía al linaje de quienes creen que la amistad es uno de las escasas gracias que nos rescatan, gustaba recibir a las cinco de la tarde. Tanto era así que en uno de sus poemas definía a la felicidad como eso, como un amigo que toca la puerta a las cinco de la tarde.

Las visitas al piso 11 de un edificio blanco, en pleno centro de Bogotá, fueron para mí una cita con la luz. Conversábamos mucho y sin orden, sobre todas las cosas; pero, yo trataba de estar alerta a esos momentos, que siempre llegaban, en que Héctor revelaba algo, descorría un velo y me sembraba, a conciencia, una pista, con la ilusión de que yo la meditara largamente. Él bien sabía, que hacer obra es hacer hombre.

También era frecuente que recordara en voz alta a sus mejores amigos, como Luis Rosales, Félix Grande, Caballero Bonald, Gustavo Ibarra Merlano y Mario Rivero, principalmente. Muchas veces salpicaba su conversación con anécdotas y opiniones de los muchos escritores y personajes con los que había tenido trato. Y era de curso corriente que rememorara su infancia en Tolú, que hablara de Cartagena, describiera la casa de su abuela y se detuviera en la contemplación de la ruina.

Mientras hablábamos bebíamos, aunque él lo tuviera prohibido, pues padecía de diabetes. Y una vez habíamos agotado la charla del día, que por lo general era sobre un solo tópico, nos trenzábamos en largos duelos de ajedrez. Héctor era un jugador incansable y curtido, al que no le gustaba perder, por lo que jamás me dejó salir de su casa sin que los resultados lo favorecieran. Y siempre que los dos jugábamos, rodeados de sus cuadros apilados contra las paredes, sobre una mesa manchada de pintura, la niña Rochi, su extraordinaria mujer, nos rondaba solícita, primero por si necesitábamos algo, luego para vigilar que Héctor no me hiciera trampa y, sobre todo, para recordarle a él todos los datos y citas que se escondían de su memoria y le urgían en su conversación, pues ella se los mantenía listos, como si fueran sus camisas limpias.

La muerte de Rochi fue la estocada final para Héctor. El mal día que ella murió fui a visitarlo. Entré al cuarto donde pintaba y lo encontré cantando a voz en cuello, estaba terminando un cuadro que había prometido regalarle a ella: un gallo de luces retando el amanecer. Lo acompañé en silencio. Cada cual tiene su forma de llorar.

En sus últimos meses Héctor salió poco. Algunas visitas a los médicos y unas cuantas invitaciones a leer su poesía. A estas últimas siempre lo escolté. Llegaba a recogerlo y mientras esperábamos el taxi que él contrataba por horas, yo intentaba influir para que llevara más poemas de los que ya guardaba en el bolsillo, pero sólo cargaba consigo 3 o 4 y nunca leía más de dos. Y razón tenía, no le hacía falta más.

Por esos mismos días mi padre sucumbía lentamente, víctima de un cruel desastre. Héctor y él no volvieron a verse o hablarse nunca. Pero, a estas alturas ambos me usaban de recadero y cada vez que los veía cada cual me interrogaba insistentemente por el otro. Sin embargo, decidieron no encontrarse más, decían proteger el recuerdo. Por esa razón, yo que lo soñaba jamás logré escucharlos conversar entre ellos. Siendo los dos conversadores de alto vuelo. Algo que lamento haberme perdido.

Héctor siguió a Rochi tan sólo unos meses después. Ese día, a las cinco de la tarde, tenía una cita con Juan Manuel Roca y conmigo. Sabíamos que su salud flaqueaba. Al medio día me llamó Patricia y me dijo que su padre no se sentía bien, que él nos pedía que pospusiéramos nuestra visita y fuéramos a verlo al otro día. Le avisé a Roca. Y esa noche me fui para el apartamento de Santiago Mutis, allí conversamos hasta pasada la medianoche, hablamos mucho de Héctor. Cuando regresé a mi casa, encontré en mi contestador un mensaje con la voz quebrada de Alfonso Rojas en el que me decía que su padre había fallecido esa misma tarde. Sabiendo que era la única persona despierta en toda la ciudad, llamé a Santiago para no hundirme solo. Al día siguiente supe que Héctor había muerto poco antes de las cinco, casi a la hora de la cita… Entonces, con todas mis fuerzas quise ser capaz de creer que quien tocó a su puerta, en esa hora, también pudo ser un amigo.

FELIPE AGUDELO TENORIO

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