Palabreros y asociados

Mi oficio consiste en palabrear, al menos los oficios que me gustan. Eso pasa poco ahora; hablando, digo. Cada vez nuestra interacción es más escrita, digital –desde lo dedos– y cada vez menos tenemos que estar hablando todo el día con otros –presentes o no–… a menos que trabajen en un call-center.

 

Los mensajes de texto no están matando el lenguaje, lo adaptan –y de eso se trata a la larga–; ¿pero que hay de las lenguas que nadie deja por escrito? Incluso, queda poca gente que sepa escribir bien. Cualquier correo electrónico o una estadística que tome como muestra los exámenes parciales que entregan mis alumnos puede dar fe de ello.

Que una lengua se extinga, que pase al olvido infinito, es un pensamiento atroz. Como una especie desaparecida que solo conocemos por sus rastros, por el cadáver disecado en un museo o los dibujos improvisados de la reinterpretación esquelética a cargo de un paleontólogo con mucha iniciativa. ¡Hay tantas cosas que inventamos solo que creamos que fueron ciertas!

¿Qué será del español de hoy sin nosotros de por medio?

Nuestra lengua no está en peligro, está muy lejos de eso –los países suramericanos y del caribe deberían reclamar eventualmente un soberanía colectiva sobre la Florida y presentar una queja formal sobre esa practica nostálgica del Miami Herald de seguir insistiendo en publicar su edición en inglés.

La mutación de las palabras no va a terminar nunca.

Soy de los que invento palabras por gusto, y creo que es una actividad compartida entre mis conocidos. Lo hago con dos objetivos, seguir contribuyendo a engrosar las filas de nuestra lengua, así sea utilizando de forma reiterada palabras de otras latitudes hasta hacer las propia –como los grandes– y para matarle un par de neuronas a algún humano del futuro.

Como ejemplo, la semana pasada hizo carrera entre mi combo cercano el verbo contrapiropear, conjugada en la segunda persona del singular del imperativo “¡contrapiropéela!”, que, sea dicho de paso, fue una continuación del uso del verbo “despiropear”.

La segunda razón, está motivada en un morbo proyectado a futuro en el que algún historiador tendrá que revisar la huella digital de algunos de nosotros –¿qué harán los historiadores sin la correspondencia física?– y tendrá los mimos dolores de cabeza que provoca leer cualquier texto de Cervantes y sus contemporáneos con sus uves, íes y efes por todos lados.

[… posible investigación histórica del futuro no tan cercano]

“A lo que el asesor del ministro le contestó por Whatsapp* : “ola ke ase?”

*Nota del Editor: Whatsapp era la aplicación para teléfonos móviles más utilizada a inicios de la década de 2010-2020, en la que era necesario dictar los mensajes utilizando los dedos.

Por una razón o por otra, que las palabras digitalizadas continúen, pero que alguien las guarde –así sea la NSA– la evolución de nuestro palabrerío consiste de los textos efímeros e irrelevantes de todos los días. Así los palabreros seguiremos haciendo nuestro oficio con gusto.

O mejor que se pierdan, no lo se.

Igual, el que las lea sin contexto le pondrá tanto de si mismo en ellas que a la larga nunca significarán lo mismo; y siempre será así.