El peligro de votar

Alguien inventó que era posible votar bien, y allí perdimos del todo. Votar es un peligro, porque, así uno quiera, es imposible de anular el riesgo de votar mal.

Votar es un acto egoísta de elección, es seleccionar aquello con lo que me identifico: una idea, un discurso, un personaje, la indiferencia, el -ismo de turno. Pero solo lo que a mi gusto es conveniente, mi voluntad en forma de gota, en pro de MI bienestar. Elegimos por lo que percibimos pero preferimos ignorar el trasfondo.

Quiero dejar claro, siempre he votado -desde que tengo la edad que me habilita para ello- y siempre he votado a consciencia. Pero he tenido varios problemas a la hora de votar.

Por culpa de mi voto han sucedido cosas terribles e imperdonables.

Las listas al congreso son el ejemplo más notorio –rara vez elegir presidente es motivo de orgullo, y ni hablar de elegir alcalde para Bogotá– nadie vota bien por sus representantes. Es sencillo, las listas se conforman por múltiples factores, desde afinidad con el que la arma, hasta el músculo político –o financiero– del contrincante, pasando por la cantidad de votos que tiene –o que ha demostrado tener si “se ha dejado contar”–; hasta ahí, todo normal.

Luego los organizan, como quien define el orden de las canciones de un álbum musical, por importancia, apellido, sex-appeal-electoral; y aquí es donde está la distorsión.

Olvídense de las promesas, los eslóganes cursis y las vallas con photoshock (sic).

El orden de los factores en una elección sí altera el producto. La cabeza de lista hace que sus gabelas se vuelven relevantes, pero no por su “eligibilidad”, ni por lo importantes que se sienten en las fotos donde le dan la mano al que consideran importante, son relevantes por el daño colateral que llevan consigo, por la cantidad de curules que arrastradas, por ser potencialmente elegidos así no voten tanto por ellos.

De acuerdo, en una democracia a la larga gobernará alguien por el que no voté, y tendré que respetar su decisión –y la de los que lo apoyaron– hasta que se cumpla su periodo (por esta misma razón no votaré la revocatoria de Petro, considero que es un arma de doble filo y prefiero mi conciencia limpia), pero ¿quién puede nombrar a más de tres congresistas por bancada del congreso actual?

¿Alguien sabe realmente los programas de partido en qué van y quiénes votan por qué?

(o más próxima)

¿sería capaz de votar por más de cuatro personas de una mismo partido con el mismo entusiasmo?

Uno vota por una persona, y elige cinco más si le va bien… ¿quién garantiza que esos cinco son afines a mis motivos y no una manada de pillos?

Los últimos años muchos han hecho campaña muchos bajo la bandera de ser diferentes a “la clase política” tradicional, y son a la vez su sustento y su garantía de perpetuidad.

El cociente electoral hace imposible votar bien.

Sin importar qué motive el voto, alguien querrá votar por Uribe sin votar por José Obdulio, votar por algún Gonzalo Arango sin votar por otros en sus mismas filas, o votarán por un conservador que sientan cercano e igual elegirán a Gerlein, confiarán en Claudia López y les meterán algún gol del Partido Verde. Con tomates o sin ellos, por un acto egoísta nos convertimos en culpables.

(Alguien votará por el MIRA, y el chiste se cuenta solo)

Todos hemos elegido un parapolítico, de manera directa o indirecta, todos hemos contribuido en las campañas de alguno que llena el pabellón de altos funcionarios de la picota (nunca dejará de sorprenderme que ese pabellón exista -R Sur-).

Votar más que un deber es un riesgo, algo que tratamos con respeto sin entenderlo, como el mar.

Eso sí sería votar a consciencia. Votar con la convicción de que es imposible acertar. Visitar las urnas seguros que esta vez también nos vamos a equivocar.

La democracia es entrópica, por virtud, no compremos algo diferente.