Fútbol para no practicantes

Pie de foto: Tomada de El Espectador

En medio de la euforia nacional quedamos relegados al borde del circo aquellos que no compartimos la pasión del fútbol. Si bien entiendo el por qué de la alharaca, recibí la noticia de la clasificación al mundial como cualquier otro titular que me es indiferente.

Pero ver el fútbol desde la tribuna que me corresponde tiene ventajas y desventajas.

Es difícil clasificar en cuál categoría cae la improductividad generalizada y la parálisis nacional por las dos horas que dura el juego (u ocho horas si vuelve a llover como en el partido contra Ecuador). Aunque a decir verdad, si Bogotá ha resistido tantos años de incompetencia en la alcaldía mayor, supongo que el país puede resistir esos espasmos de inactividad sin consecuencias graves. Y, una licencia para ser improductivo no cae mal de vez en cuando.

Además, el tráfico antes y durante el partido fluye como en un pueblo fantasma.

Disfruto oír como la ciudad ruge cada vez que hacen gol, y en parte, el putazo colectivo cuándo se atraviesa el palo del arco entre la las ganas y la esperanza de tanto pseudo-infartado en los parques y plazas del país. Pero los pitos de los carros en señal de júbilo son un mal recuerdo de mis despertares abruptos inducidos por los devotos a la Virgen del Carmen.

–Pite mijo, así, eso, ¿no ve que es domingo temprano y tienen que oír cuánto creemos?–

Sin embargo, nunca entenderé la necesidad de caminar en la calle con una camiseta color pollo —varios días seguidos—, de vestir bebés escasamente parlantes con los colores de la selección, ni por qué la maizena se convierte en el arma preferida de la celebración —por unos instantes ésta ciudad se convirtió en un Color Run blanco ambientado con vuvuzelas… con consecuencias que cuestionan la salubridad de cualquier ambiente-. La maizena, en mi mente de no practicante, se convierte en la manera por la que imprimen la celebración en otros, y recrea la fiesta en los días por venir, cuando se sacan de los pliegues de las orejas los grumos de a poco. Los comentarios sobre los efectos neumológicos que puede tener la aspiración masiva de maizena se los dejaré a los expertos.

Pero pienso en junio-julio del próximo año, cuando los reinólogos del fútbol desplieguen todas sus teorías filosóficas de la jerarquía y esperen de Falcao los resultados que lo pusieron (casi) en la portada de Fifa ’14. Algunos disfrutaremos como free-riders de la fiesta colectiva, conservando nuestra salud gástrica intacta mientras los devotos ven como sigue calentando Mondragón, y tanto hincha que quería ir al mundial pero su línea de crédito (y su buen juicio financiero) se los impidió, propician los espasmos de inactividad. Las noticias rebosarán con entrevistas del Pibe, los comentarios de lo que pudo ser, de los que tanto buscan el centavo para el peso. “Los muchachos” llegarán tan lejos como el talento, la suerte y el guayabo se los permitan.

Al final, así Rumania quede en el mismo grupo y les dificulte el caminado, los que no sufrimos por ningún equipo, esperaremos que tarde o temprano los devotos vuelvan a hablarnos de un tema que entendamos (y nos interese). Mientras no se maten, sigan con su fiesta.