Los idiotas y las normas


Imagen tomada de El púlpito apócrifo

La iniciativa de la Alcaldía Mayor de Bogotá para reducir el robo de celulares, la califico como “curiosa”. Para los regentes, no debemos usar el celular en la calle, para no tentar a los ladrones… sí, los culpables somos nosotros, como siempre, ¡oh impíos y pecadores!; según el Alcalde, el Scotland Yard sugirió lo mismo y les pareció una idea buenísima. Lo que seguro nos pasa es que no sabemos apreciar un consejo de sentido común.

Este tipo de recomendaciones, justificadas en la obviedad del peligro, van muy ligadas aquellas argumentaciones del impulso humano con las que se predica que las mujeres no deben ponerse mini-falda porque las violan, pero tampoco están muy lejos de la lógica Peñalosista de que no hay trancón si la gente no saca el carro.

Curioso en realidad, porque los abogados y políticos –que no son lo mismo pero en su oficio son muy similares– se encargan de promover conductas, así sean carente de eficiencia, como si fueran el culmen de la sapiencia humana. Es por ello es que ahora todas las piscinas tienen que estar acordonadas o tener un cerramiento cual SeaWorld, para que los niños no se ahoguen, porque todos nosotros nos ahogamos cuando chiquitos, porque cuando no sabíamos nadar jugábamos al lado de la piscina –y no falta el que cuenta que hasta metió la bicicleta a la piscina del conjunto residencial porque ganó (sic) una apuesta… y sobrevivimos —nací en Bucaramanga, con tanta convivencia con las piscinas casi me dejo crecer las branquias—.

El peligrosismo de la existencia ligado a la regulación nos lleva  a conclusiones como las de la Alcaldía, Scotland Yard o del que quieran… es que vivir es nocivo para la salud (diría @PakikoP) señores, “and the night is dark and full of terrors.

El problema real es que los humanos somos idiotas y envidiosos, ni siquiera por instinto sino por gusto, tomamos decisiones que trasgreden a otros, y nos ponemos en riesgo porque queremos (p.ej. Stupid White Men Doing Backflips), y solo por el hecho de existir privamos socialmente a otro humano de ocupar nuestro espacio, consumir nuestra agua, respirar nuestro aire, ocupar nuestro cargo, asistir a cierta reunión, etc.

Pero confundir el mero acto de existir como un acto riesgoso solo imposibilita la capacidad de vivir.

Phillip K. Howard, aparte describir los beneficios utópicos de un mundo sin abogados advierte cómo la hyper-regulación puede llevar también a un estancamiento de la sociedad, ni siquiera en términos de progreso económico, sino el sentido literal de promover la estupidez por exceso de normas de conducta que petrifican (sic) a los que quieren hacer algo por miedo a hacerlo mal e incentivan al que trasgrede la norma solo por ver los índices de impunidad —esto último es mío, no de P.K. Howard—.

La solución debe estar más cercana al fortalecimiento de la educación y promover el cambio de conductas a atacando factores de conflicto social. Regular y regular en la obviedad de la obviedad promueve “lo correcto” pero yerra en el móvil… aunque a la larga “la clase dirigente” tiene que vivir de algo ¿no?

Solo espero que el Ministro de Trabajo se abstenga de montarse en la misma ola —la cual no discrimina a ninguna ideología—, porque a este paso no demoran en sugerir que para arreglar el problema del déficit fiscal causado por las pensiones la gente debería no envejecer.