La época más especial del año dura casi 4 meses

Pie de foto: Boy holding stocking full of coal. Fotografía de Beau Lark tomada de Corbis

Vuelve diciembre, con su alegre campanear y, al tiempo, los preparativos y gabelas de la “época más especial del año”. Una fiesta tan pomposa y escasa que se celebra solo una vez por calendario, y como el carnaval, pues, siempre se celebra… sin falta.

Es tan especial que en ciudades como Bogotá se celebra durante casi cuatro meses de corrido. Iniciando con la decorosa costumbre de disfrazar las vitrinas desde octubre, generando un conflicto evidente entre renos de calabaza y telarañas de ¡jojojó!

Oficinas, tiendas de barrio, los andenes enteros, ningún espacio público o medianamente habitable, debe escaparse al jolgorio. En la calle, la alcaldía municipal y demás dueños de lo perceptible, adornan con luces cualquier arista en los edificios con fachada visible. Así, alimentamos el instinto de zancudo que tenemos dentro y llenamos nuestra alma de lucecitas titilantes… y nos maravillamos.

Este año la época más especial del año inició a tiempo, como ya es costumbre, poniendo al día de todos los santos (1 de noviembre) como solsticio y quitándole el remordimiento a quien le da play a los inmortales votos fervientes de paz y prosperidad de Caracol y sus oyentes.

Como opción —en la única época soleada en Bogotá—, nos creamos una especie de invierno tropical de icopor y escarcha que comienza muy temprano y acaba a regañadientes en un “¡ay, pero tan lindo que se ve!” a finales de enero.

Una cuarta parte del año, si bien nos va, y para algunos eso no es suficiente. Porque excusas para el anticipo exagerado las hemos oído todas, desde “es que la ciudad es tan grande que no alcanzan a adornarla toda al tiempo” hasta “pues es que los de las tiendas tienen que ofrecer desde antes para que la gente se antoje”… —la gente se antoje.

Pero hay algo entre la nieve de terlenca, los villancicos en midi y los coros —¿por qué los coros solo aparecen en diciembre con repertorio navideño? … ¿Ninguno de los integrantes de estos coros ve Glee?— que no termina de convencerme: ya no decimos nada con tanta felicidad pastosa.

El problema no es grinchiano, el problema es que da pereza ver como el consumismo desmedido de ideología Groupon —ahorras más mientras gastas mucho más— vació por completo algo que podía valer la pena.

Hizo que una excusa para estar en familia y valorar a los cercanos, de mostrarles nuestro aprecio mediante tributos pequeños a gente que queremos, y de atragantarnos la panza de forma colectiva con recetas familiares, se convirtiera en un ritual de centro comercial y sonrisa fingida solo porque es un momento “feliz para todos”. La finalidad del asunto no era vender más caros los tiquetes de avión… ¿O sí?

Sí, sí, Papá Noel rojete y gordito es una construcción de Coca-Cola, blah, blah, blah; pero con esa puerta abierta, la época tan especial ya está saturada de marcas registradas, y entre la vulgaridad que esa afirmación representa, uno creería que la capacidad de recordación se diluirían y ningún mensaje publicitario lograría conquistar su objetivo; pero aún así, un día a finales de diciembre puede asociarse con todas ellas, en simultaneo, sus jingles, madrugones y promociones. ¡Hasta la casa de Norberto Peluquería es marca por esta época (por dios santo)!

Lo digo sin culpa católica, la relevancia religiosa de la fecha me tiene sin cuidado; en el fondo creo que, como todo lo importante, cualquiera que fuera su contenido logró vaciarse por la premisa de que es posible vender más, y lo creímos.

Por ello, no es raro que un año más, en medio de Noviembre, entre el difunto Papá Noel Azul de Comcel, el granito Águila Roja y el resto, nos deseen todas y todas y todas las felicidades.