Desconexión Jatsoluta

 

Ilustración de Chad Saffer, tomada de Corbis.

Desconectarse del todo está en nuestras manos, es una opción. El problema está en ponernos retos imposibles, diría mi pesimismo. Porque en un mundo donde un choque de vehículos en Buenos Aires —sin ninguna espectacularidad cinematográfica— es noticia del medio día en Colombia, pues, desconectarse es una especie de Nirvana. Ojalá existieran días sin noticias.

Y pude saborearlo, el Nirvana.

Asaltado, en mi estupidez —quizás—, dejé el celular desatendido luego que máquina de rayos-x lo descomió en la mesa de los objetos peligrosos. Diez minutos, de pronto menos, fue lo que duré cruzando las cápsulas de tele-transportación que (no) funcionan a la entrada de los edificios oficiales de Bogotá. Cápsulas que incluyen su propia banda sonora —que nada le envidia a melodía estéreo— e informan a los potenciales malhechores que dejen sus monedas en la bandeja de entrada, porque las monedas son peligrosísimas si se llevan sueltas en los bolsillos. Conservé mis monedas, perdí mi teléfono.

Mi idilio duró exactamente tres días, aunque debo reconocer que fue más una obligación que una opción. Una vez perdido mi portal hacia el mundo de lo banal, corrí hasta el local de mi operador de celular más cercano a satisfacer mi deseo de una manzana de cuarta generación (s)… quería un iFoam para mí; pero fracasé —por unos días.

Porque una vez tu destino te permite sentir de nuevo la libertad, busca cómo organizar el mundo para mantenerte fuera de él. La barrera que el destino me impuso fue de carácter ontológico. Fracasé, en repetidas ocasiones, en demostrarle a Datacrédito y sus preguntas aleatorias sobre mi historial financiero que yo era yo mismo, que yo era quien decía ser, con cédula en mano, licencia de conducción, firma, huellas completas, retina escaneable y voluntad suficiente para un examen de orina sin poner mayor resistencia.

— Vuelva mañana — dijo el vendedor que me atendió — el sistema lo bloqueó por el resto del día. —

Se sentía la misma incertidumbre que fallar un CAPTCHA varias veces seguidas (¿Are we human or are we dancers?). Fui perdedor cuatro veces en el reto Datacrédito, y una vez más en el de “no que pena, se nos acabaron los cuatro heces (sic), pero si quiere lo pongo en (una larga) lista de espera.”

Aunque valió la pena la tardanza, por ese tiempo cerré por completo la oficina, sin responder correos, ni leer los mensajes que me ofrecen descuento en aguardiente a domicilio, tampoco supe qué hora era, como si estuviera de vacaciones, porque ya no cargo reloj si puedo ver qué hora es en la pantalla del aparatito de bolsillo. Entre amigos, nos sorprendimos de lo larga que podía ser una conversación sin que nadie revisara si algún ausente trataba de comunicarse. La falta de ansiedad por vibraciones inesperadas hizo que mantuviéramos nuestra atención por más de tres minutos.

¡Bah!, a la mierda, al final, conseguí el iFoam; porque está escrito: si llega el día en el que logres estar tranquilo con lo que tienes, el capitalismo salvaje te regalará una tarjeta de crédito.