Maquilas de conocimiento

Algunos derechos reservados por {El Gris}

En el momento en que consideramos que el tiempo es escaso para cumplir con las responsabilidades que asumimos, cuando delegar es la única opción y, por la suerte que nos acompaña, contamos con la posibilidad de hacerlo, de trasladar esa responsabilidad a un peldaño (mucho o poco) menor de la cadena de mando, allí está el germen de una burocracia.

Porque los economistas nos han inculcado la importancia de las economías de escala, utilizando los recursos como la bala que mata dos pájaros sin disparar de nuevo; sinergias dirán los administradores, sinergias.

Solo que, más que la capacidad de delegar, me intriga el momento de la producción, el momento de creación del fondo de las cosas. Ejerciendo una profesión que a si misma se etiqueta como liberal, donde lo que se comercia son creaciones intelectuales, bienes inmateriales (que a mi sentir se trata de comerciar mentiras, pero en otra oportunidad ahondaré en el tema).

Es por eso que los especialistas en vender éste tipo de servicios, soluciones escritas que nacen de la sapiencia del docto (o el Doctó, dependiendo de la posición geográfica), venden como marca su apellido, su buen nombre, y allí está la primera trampa.

Debió existir un tiempo en el que aquel que sabía, era al mismo tiempo quien escribía, el autor. La máquina de mercado en la que estamos inmersos nos demuestra que eso es ahora una vil ilusión óptica. La firma de un papel no demuestra que quién lo apuntala con sus iniciales o un garabato indescifrable, sea quien escribió tal disparate. Hace de notario, da fe de la existencia del documento, casi siempre está demostrando estar de acuerdo con el texto si es que por curiosidad llega a leerlo.

Allí estaría mi punto de intriga, ¿cuánto de lo que leemos (recomendaciones, conceptos, sentencias de las Cortes, libros académicos, estudios sofisticados de renombre) son en realidad producto del firmante mayor? Claro, los nombres venden por good will, son marcas en el más anti-técnico de los sentidos, y detrás de ellos existe un séquito de innombrables poniéndole carne y fondo a textos que, si acaso, el firmante está poniendo la luz al final del túnel.

Espero no me malinterpreten, creo que alguien debe llevar la batuta, que una película sin director no es más que gente con equipos de iluminación y cámaras viendo cómo se ponen de acuerdo para empezar. Alguien debe asumir la bala en el pecho una vez se cuestione la decisión, incluso si la misma bala mata a dos irresponsables sin disparar de nuevo.

El sinsabor real, se materializa cuando el receptor del texto, un texto fabricado por la maquila y ungido por el Doctó, es leído como algo real. Cuando se adoptan las palabras como verdades escritas por el que en realidad sabía, y no como el párrafo maquetiado por el practicante que fue revisado por dos peldaños más hasta la firma para envío; porque muchas veces es eso, un texto escrito por otro(s), que al mejor estilo Warhol, el que sabe le da la pincelada que falta para que pase de ser una cara estampada a una obra de millones.

Sí, sí, Warhol es Dios, sí; también sabía hacer muchas más cosas que reproducciones infinitas, sí, pero lo que digo es que ese modelo está arraigado en muchas otras líneas del conocimiento y no solo en a reproducción de objetos y de obras.

Mi miedo más grande, no es ni siquiera responder cuánto de lo que veo/leo/respiro es conocimiento avalado y no producción en estricto sentido, es responder la pregunta:

¿y desde cuándo esto es así?… y con esa respuesta, toca preguntarse entonces quién sabe algo en realidad.