Mas mamón que un meme

 

 

 

 

Foto: @tintaimpresa ; Meme: @Zoordo

El universo facebookístico colombiano ha sucumbido ante una de las epidemias de internet: los memes, (o memes [mims] en un correcto inglés). Estos han reemplazado las cadenas que vaticinan enésimos fracasos amorosos y otros destinos desafortunados si no las envías; cadenas que, según muchas de ellas, empezó a enviarlas Jesús, y que, hasta hoy, llegan a ti en su versión de PowerPoint.

Memes como pequeños lugares comunes de la vida de todos, frases recurrentes (como una buena marca), o imágenes repetidas de la cotidianidad que pocas veces tienen algo que aportarnos; también hay videos… sólo que no se comparten tanto.

Facebook no los inventó, ni tu amigo exhibicionista que actualiza de forma frenética su cuenta y comparte hasta sus lecturas poco ortodoxas por Yahoo News, y no, tampoco fue 9gag; hay memes dando vueltas desde el 2009 (The Annoying Orange).

[Nota post: Hay registros de memes en 2004, según KnowYourMeme, como Howard Dean Scream, solo que no se si es ver el pasado y ponerle otra etiqueta o algo real…]

Aún así, ya los incorporamos en nuestro lenguaje cotidiano y son un punto de referencia en conversaciones, desde “me gusta” hasta “true story”, forever alone y otras sandeces.  Internet logra proporcionar una vez más contenidos vacíos para pasar el tiempo; procrastinar, procrastinar… el último mandamiento.

Y pasa como en la TV, la sección educativa está bien para un segmento, pero el entretenimiento sigue siendo el componente fundamental de las parrillas, porque para eso es que sirven los medios de comunicación en realidad. ¿Acaso por qué Internet debía ser la excepción?, nunca lo ha sido, así, para alegría de las mentes más castas, los memes se presentan como un objeto de consumo más sano que la sobreoferta de porno que siempre ha caracterizado la web.

Ya sea por la necesidad de reírnos, o de buscarle un giro a lo obvio, los memes son la forma de ejercitar el comediante amateur que tantos amigos tienen dentro. Lo que lleva implícito, como píldora ideológica de nuestra generación, el decálogo de “haz lo que tu realmente quieras, porque puedes”, que es la versión micro de la proliferación de chefs y pole dancers.

Porque las herramientas están al alcance de cualquiera que sepa digitar lo que quiere en Google (¿se me escapa alguien?), son una muestra más de la democratización de los placeres. Tu vecino puede inventar un buen chiste sin ser Seinfeld, y vale resaltar que más de uno le ha pegado al perro y nos ha hecho reír. La necesidad de crear prevalece, aunque no necesariamente todos los resultados son buenos.

En la música ha sido igual. De la mano de los “estudios” de grabación caseros se genera una sobreoferta de material que  carece de industria. El lío no está en la vitrina al alcance de todos, lo que falta es un poco de edición para resaltar las joyas que nacen por epifanía o por error, así los insumos sean escasos.

Así, las frases de películas, o de series que nos gusta, imágenes ridículas o simples comentarios pendejos de cómo amarrarse los zapatos, llegan a manos del que los esté buscando para alimentar nuestra adicción a perder el tiempo; en fin, lo entiendo, los consumo. Un vicio inofensivo en pequeñas cantidades.

Solo una advertencia, si me permiten, de verdad está bien si te gustan… pero por favor, a nadie le importa tanto como para que los compartas con sobreactuado entusiasmo cada vez que te estrellas con otro chiste sobre Ublime.

(Astilla: Mi recomendación sería Cheezburger Network y sus 15 millones de memes; demasiados blogs para perder el tiempo, padres de Failblog.org para placeres morbosos tipo Jackass)